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Desde la tramoya

El Partido Popular al desnudo

La impresión que ha dado el Partido Popular con su campaña de primarias ha sido muy poco inspiradora. Hemos constatado la última de sus exageraciones, la penúltima de sus mentiras, que afirmaba que con más de 800.000 militantes era el partido más grande de España. Apenas han votado 60.000 personas. Teniendo en cuenta que el PP tiene aproximadamente 24.000 cargos electos (alcaldesas y alcaldes, diputados y concejalas), la elección no puede considerarse resultado de una auténtica movilización de base. La argucia de exigir el pago de una cuota de 20 euros para votar ha servido para seguir ocultando el verdadero tamaño de la afiliación, para blanquear los impagos de las cuotas exigidas y para justificar de algún modo la raquítica participación.

“#JuntosHacemosHistoria”, se decía a sí mismo el autodenominado “principal partido político de España”. Pero lo cierto es que lo único histórico que ha sucedido el jueves es que por primera vez un partido conservador español ha dejado votar a sus afiliados para elegir a su líder.

Es probable que el PP tampoco tuviera intención de generar una amplia votación aunque hubiera podido. De haber tenido, como proclamaba, el listado de casi un millón de personas y de haber deseado de verdad su movilización, les habría permitido votar gratis, durante un par de días, por internet y en festivo. No previo pago, en persona y en jueves. La anacrónica fórmula de tener que escribir el nombre de la candidata o candidato elegido en la papeleta añadía otra dificultad pintoresca.

El PP sigue siendo básicamente un partido de cuadros, muy jerarquizado y con una fuerte homogeneidad interna, al modo de los partidos conservadores europeos, que hacen bien sus congresos y convenciones con despliegue de banderas, globos y luces, pero no casan tanto con los procesos participativos populares.

El resultado de la elección en esta primera vuelta, con Soraya Sáenz de Santamaría como ganadora, genera dudas sobre el resultado final, tras la llamada “segunda vuelta”, es decir, el voto de los 3.184 compromisarios en el Congreso de los días 20 y 21 próximos. Porque con tan ajustada y precaria ventaja de Sáenz, Casado estará tentado de hacerse con el apoyo de los compromisarios “de Cospedal”, que a su vez pueden pensar en arrebatarle el poder a su adversaria.

La victoria de Casado habría dado un respiro al PP, porque habiendo perdido la primera vuelta, quizá Soraya habría renunciado sabiendo que la segunda estaría aún más perdida.

Pablo Casado, por el contrario, solo unas horas antes de la votación, advirtió de que era necesario respetar las dos fases de la elección.

Sea quien sea el elegido, el PP –el partido con mayor representación parlamentaria, conviene recordarlo– tiene una dura travesía del desierto por delante.

Casado es un líder joven y relativamente nuevo, sí. Quizá no esté mal su elección en ese sentido. De hecho, es a Casado a quien más teme Albert Rivera, y sus motivos tendrá. Pero también es él el líder más conservador. Casado ha sido marcado por la ultraconservadora organización Hazteoir como el más adecuado, por su posición contraria a la libre maternidad y por su defensa “de la unidad de España” y “de la familia”. Su apariencia macroniana esconde la realidad de un político muy conservador, del gusto de quien fue su jefe, José María Aznar (que sin embargo no le ha apoyado explícitamente), y de una de sus más destacadas promotoras, Esperanza Aguirre (que sí lo hizo). El estigma del máster, por otro lado, le perseguiría.

Si Casado es el líder temido por Rivera, Soraya es la que más teme el PSOE, que también tendrá motivos para inquietarse con ella. La debilidad de Sáenz de Santamaría está en que representa nítidamente la continuidad del gobierno de Rajoy; un posicionamiento letal e insoslayable para buena parte del electorado, pero positivo para otra.

El PP iniciará una nueva época este verano. Es una buena oportunidad para la reconstrucción del partido. Pero la nueva presidenta, o el nuevo presidente, cuando se confirme el 21 de julio, tiene ante sí una difícil travesía del desierto. Dirigiendo un partido deprimido por la repentina pérdida del poder central. Con una escuálida organización, que ha mostrado su delgadez cuando ha tenido que desnudarse. Y con una pavorosa ausencia de autocrítica que los deprimidos votantes populares de otro tiempo están sin duda reclamando. No lo tienen fácil ni ella, ni él.

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