El Sáhara Occidental como metáfora

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Veintidós años después de los acontecimientos que aquí cuento, doy por hecho que si tuviera alguna obligación de confidencialidad, ésta ya habrá caducado, o que nadie me reprenderá por revelar secreto alguno.

En 1998, patrocinado por una empresa con intereses en una posible República Árabe Saharaui Democrática independiente, hice durante casi dos años trabajos para los líderes del Frente Polisario. La tarea, que compartía con otros colegas europeos, consistía en influir en los políticos y líderes de opinión de países relevantes, por los medios habituales (relaciones directas con decisores, promoción de actividades divulgativas, relaciones con los medios de comunicación…), para que no se aplazara más la celebración del referéndum de autodeterminación del Sáhara Occidental, en línea con las exigencias de las Naciones Unidas, que habían iniciado una misión para ello, la MINURSO, en 1991.

Según lo establecido por la ONU, el paso inicial consistía en generar un censo con los llamados a votar. Como es natural, Marruecos y los saharauis mantenían posiciones diametralmente opuestas sobre quiénes deberían constituir el listado de electores: si solo aquellos que nacieron y vivieron en la colonia española antes de su ocupación y sus descendientes, o también quienes la ocuparon a partir de la Marcha Verde que la tomó mientras Franco agonizaba en la cama.

La confección del censo era la excusa perfecta para dilatar durante años los tiempos y evitar así la votación. Mientras ese quimérico momento de la autodeterminación se retrasa sin solución, y ya nadie cree que vaya a celebrarse, unos 150.000 hombres, mujeres y niños (muchos niños) malviven con conmovedora dignidad en pleno desierto en los campamentos de la provincia argelina de Tinduf. Allí han sido capaces los refugiados saharauis de levantar granjas de pollos, cultivar algunas frutas y verduras y cereales y educar a los niños cada día. A la semana llegan alimentos y enseres proporcionados por la cooperación internacional. España siempre ha sido un donante muy generoso, quizá por sentir la culpabilidad de haber dejado que los soldados marroquíes entraran en la zona sin mayor contemplación hace medio siglo. España también coopera con los saharauis acogiendo en familias en verano a los niños de los campamentos o educando a algunos jóvenes en las universidades españolas. Aun con todas las penurias de la vida cotidiana, en los campamentos se respira un fuerte sentimiento de resistencia y de identidad nacional.

En unos modestísimos edificios de la minúscula “capital” de la República en el exilio, llamada Rabuni, me encontré con el entonces presidente de su Gobierno, el mítico líder del Frente Polisario Mohamed Abdelaziz. Me dejó claro que no tenían mucha prisa, ni tampoco mucho interés en recibir consejos de una multinacional de las relaciones públicas como la que yo representaba, haciéndome esperar un día y medio para verle. Por si no había quedado clara su opinión sobre el valor del tiempo, me dijo luego que su pueblo no se rendiría jamás, y que si llevaba 25 años en el desierto esperando, podría aguantar otros 25. A pesar de la displicencia con que fuimos recibidos (como la de quien acepta un regalo sin haberlo pedido ni apreciarlo), lo cierto es que nuestro grupo (formado también por un sociólogo y un activista sindical), se ganó la confianza de los saharauis y luego visitamos Washington, Nueva York y París, acompañando a Brahim Gali, el entonces delegado de la República Árabe Saharaui Democrática en España y hoy sucesor de Abdelaziz, tras su muerte en 2016.

Tras aquel año y medio largo de trabajos, quedaron claras para mí tres cosas: que si los saharauis estaban dispuestos a esperar, las autoridades marroquíes tenían menos prisa aún; y que cualquier asunto relativo a los planes de Naciones Unidas sería tratado con una parsimonia exasperante. En esa larga espera, los saharauis hacían un esfuerzo diario por sobrevivir en el exilio argelino, y también por reproducirse al mayor ritmo posible, para generar en un futuro una población abundante. Los marroquíes, por su parte, podían seguir colonizando con nuevas generaciones de marroquíes la costa atlántica de la antigua colonia española, e ir mientras dejando que aquella causa de los años 70 fuera perdiendo progresivamente romanticismo. A fin de cuentas, nuestros abuelos vivieron el Sáhara Occidental como una provincia española, pero nuestros hijos no saben ni que existe.                                                                

Para mí fue aleccionador constatar también la enorme brecha que existe entre las políticas de cooperación internacional y las decisiones geoestratégicas. Una lección que estoy recordando ahora a propósito de Ucrania. Sí: el apoyo de España y del mundo a los habitantes de Tinduf era claro y generosísimo. La causa de los refugiados saharauis despertaba toda la simpatía y la solidaridad, tal como hoy la suscita la causa ucrania. Pero la política más pragmática y más temerosa se impone cuando se trata de tomar decisiones de estrategia internacional. Traer a niños para sus vacaciones en España, enviar latas de comida, becar a futuros científicos o enviar médicos a los campamentos está muy bien. Pero tocar las narices al Gobierno de Marruecos son palabras mayores, porque nuestro país vecino ocupa un lugar estratégico en el Norte de Africa, ejerce un papel fundamental en la moderación del Islam y es un aliado tradicional y leal de Estados Unidos y de Francia. Cuenta además, y aquí lo sabemos bien, con la válvula de contención de los flujos de migrantes que llegan de África.

Hace bien Pedro Sánchez en adoptar una posición más realista y menos hipócrita, que termine por solucionar el conflicto saharahui de manera práctica y pacífica

Y tercero, comprobé por primera vez en mi vida profesional la enorme frialdad con que Estados Unidos se manejaba en el mundo. El delegado de Naciones Unidas para la MINURSO era entonces el estadounidense James Baker, ex secretario de Estado con Ronald Reagan. Como resulta que el vicepresidente de la empresa americana en la que yo trabajaba, Michael Deaver, había sido jefe de Gabinete de Reagan, le pedimos a Deaver que preguntara a Baker de manera extraoficial y personal qué impresión tenía sobre el futuro del Sáhara: “150.000 personas en mitad del desierto no serán nunca un país independiente”, escribió Baker en un escueto correo electrónico. Sospecho que esa frase vale hoy tanto como entonces, y que es ella la que marca las prioridades de Estados Unidos, que le ha hablado a España y a la Unión Europea para pedir que asuman las propuestas de Marruecos para generar un territorio autónomo en el Sáhara, que de autónomo solo tendrá el nombre, por cierto. 

Quedaba ahí reflejada la arrogancia estadounidense, pero también la idea predominante en el mundo: la Misión de Naciones Unidas para el referéndum fue demasiado voluntariosa e ingenua y es evidente que dos décadas después está a años luz de dar los resultados esperados. Es evidente también que ni Estados Unidos, ni por supuesto Francia, están dispuestos a enfrentarse a su aliado magrebí. Hace bien Pedro Sánchez en adoptar una posición más realista y menos hipócrita, que termine por solucionar el conflicto saharahui de manera práctica y pacífica.

Veintidós años después de los acontecimientos que aquí cuento, doy por hecho que si tuviera alguna obligación de confidencialidad, ésta ya habrá caducado, o que nadie me reprenderá por revelar secreto alguno.

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