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Si eres progresista no digas “alivio fiscal”

Esta es la breve historia de dos palabras que han tardado en llegar a España nada menos que 22 años. Esas cinco sílabas, así juntas, “alivio fiscal”, nacieron en la mente de un consultor ultraconservador estadounidense llamado Frank Luntz, que ha trabajado décadas con los republicanos buscando las “palabras que funcionan” (ese es el título en inglés de su libro, Words That Work, traducido al español en 2011 con el título La palabra es poder). 

Luntz es también el “inventor” de los conceptos “guerra contra el terror”, “eje del mal”, “contrato con América”, “ley del aire limpio”, la ley más permisiva con la contaminación en Estados Unidos y decenas de otras exitosas combinaciones promovidas por los think tanks y los medios de la derecha americana. Luntz está representado muy fielmente en la película Vice, el biopic sobre el maléfico Dick Cheney, vicepresidente de Bush hijo durante los desastres de Irak.

Pues bien, Luntz juntó esas dos palabras a principios de siglo para enmarcar de una manera más adecuada la comunicación de los conservadores, a propósito de la política fiscal. “Alivio” presupone dolor. Uno resulta aliviado si antes hay un daño. Ergo, los impuestos son necesariamente dolorosos. Quien alivia un dolor se convierte en un héroe. Y quien impide el alivio de un dolor, es un villano. Pagar impuestos es penoso y doloroso. Subirlos es propio de desalmados; bajarlos, propio de gente bondadosa.

Esta argumentación no es posterior a la elección de las palabras, sino previa. Y eso es lo que hace interesante al concepto. A través de la lengua no describimos la realidad, sino que la construimos. Por eso, cuanto más se identifique la semántica de los impuestos con el dolor, la carga, la presión, la penalización, mejor para quienes quieren sugerir que los impuestos son malos. Y el alivio, la exención, la bonificación, se convierten en atributos positivos. En la propia palabra “impuesto” hay un sesgo negativo. Es algo que se impone, que no es voluntario.

Por supuesto, hay una narrativa mucho más amable y favorable. Gracias a los impuestos, o mejor, a las “obligaciones fiscales”, podemos circular por carreteras, contar con la protección de la Policía y los militares, garantizar la educación de nuestros hijos o tener una jubilación o una protección cuando caemos enfermos. Gracias al cumplimiento de nuestras obligaciones fiscales podemos contar con médicos, maestros, científicos y jueces. Con quien limpia la basura y cuida nuestros parques y bosques. Con ayudas a los jóvenes para su vivienda, a los mayores para que puedan viajar, a los científicos para que investiguen. Cumplir con las obligaciones fiscales es netamente patriótico. Es un orgullo y nadie debería buscar alivio en ello.

Cuando vamos a un restaurante el dueño puede invitar al vino, pero no habla de “alivio en la cuenta”. Pagar el importe no es percibido como un impuesto, como no se percibe como obligatorio pagar la tarifa del gimnasio o el recibo del gas o de la electricidad de nuestra casa. Telefónica no te ofrece un “alivio” en la factura del teléfono, sino que más bien te anima a pagar más a cambio del acceso a más series de televisión o partidos de fútbol.

No, amigos: no es necesario aliviar lo que es bueno. Sí es necesario dar a los ciudadanos los mejores servicios públicos por lo que pagan

Pues bien, desde que el concepto salió de la libreta de Luntz, han pasado dos décadas. En Estados Unidos, hace ya tiempo que los progresistas han sido víctimas de la infiltración semántica, y hablan, también ellos, de “alivio fiscal”, para referirse a las reducciones de impuestos. Yo estaba invitado, hace unos dos años, a una tertulia nocturna de 13TV, el canal televisivo ultraconservador de los obispos españoles, cuando escuché al presentador, Antonio Jiménez, leer el teleprompter diciendo “alivio fiscal” y casi me da un parraque. El concepto había llegado a España al fin, quizá a través de un avezado becario de la redacción.

Aún más llamativo para mí ha sido escuchar esta semana a los mismísimos socialistas españoles hablar en esos mismos términos: “alivio fiscal”, durante el repentino frenesí regional paleto que nos ha entrado a todos para ver quién en más generoso reduciendo impuestos. No, amigos: no es necesario aliviar lo que es bueno. Sí es necesario dar a los ciudadanos los mejores servicios públicos por lo que pagan. “Alivio fiscal” puede ser un eslogan positivo a corto plazo, como en una campaña de rebajas de otoño, pero a medio y largo plazo será fatal. Cumplir con las obligaciones fiscales es positivo, patriótico y motivo de orgullo. No necesita alivio.

Si descuidamos el lenguaje y lo dejamos en manos de los ultraconservadores, con sus influyentes escuelas de negocios, sus academias y fundaciones, entonces hablaremos dentro de poco de un “impuesto a la muerte”, que es el título que, también gracias a Luntz, los ultraconservadores, y también algunos torpes progresistas, utilizan en América para despreciar el impuesto de patrimonio. Al tiempo.

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