Buzón de Voz

Despertando a Rajoy

Es abundante la literatura política sobre la acusada tendencia de la izquierda española a la autodestrucción. Falta (creo) una detallada investigación sobre la habilidad de las fuerzas conservadoras para utilizar en provecho propio y de intereses espurios esa histórica debilidad del progresismo. Y no hace falta retrotraerse a situaciones infinitamente más convulsas que la actual (ahora que se cumplen ochenta años del golpe de Estado del 36). Basta con observar la calma chicha y el desparpajo con el que Mariano Rajoy está manejando su victoria del 26J. Después de seis meses y dos semanas de gobierno en funciones, el presidente del PP y candidato a repetir en la Moncloa se dispone a atender la visita-relámpago de Obama y a ver tranquilamente la final de la Eurocopa mientras todos los focos se concentran en un tenso Comité Federal del PSOE y en un intenso Consejo Ciudadano de Podemos. Como si fueran otros los obligados por las urnas a resolver la interinidad de la que el propio Rajoy se queja.

Unos cuantos ejemplos sirven para visibilizar la desfachatez con la que, una vez más, se pretende que los ciudadanos miremos a cualquier parte excepto donde el trilero oculta la bolita.

Denuncia Rajoy que “no es de recibo pasar el verano perdiendo el tiempo”, proclama que “la rapidez es capital”, reclama a los demás “la mayor celeridad” para formar gobierno y defiende además que ese gobierno debe tener “la mayor estabilidad posible”. Todo esto lo dice el mismo que ganó las elecciones con una diferencia de 52 escaños sobre la segunda fuerza, el PSOE, y que sumaría 169 (a siete escaños de la mayoría absoluta) si lograra un acuerdo con Ciudadanos. Lo dice el mismo presidente y candidato a renovar el puesto que en quince días ha mantenido sólo tres contactos: Coalición Canaria, PNV y ERC. Todos, por cierto, en el Palacio de la Moncloa, como si quien recibiera fuera el jefe (permanente) del Gobierno y no el candidato a volver a serlo.

Parecería “sensato”, de “sentido común”, hasta obligado, que hubiera empezado Rajoy sus reuniones sentándose con el líder de Ciudadanos, y explorando qué prioridades o contenidos políticos serían factibles para un acuerdo de gobierno entre dos fuerzas ideológicamente muy cercanas. Sería políticamente razonable que además en ese encuentro buscara Rajoy elementos capaces de captar el apoyo o al menos la abstención posterior del PNV, que sumaría cinco escaños y que, junto al voto de Coalición Canaria, ya supondría exactamente la mitad de la Cámara.

Mientras reclamaba toda esa “rapidez” a los demás, como si no fuera él mismo máximo responsable de los tiempos de negociación para la investidura, Rajoy convocaba este próximo martes a Albert Rivera por la mañana y a Pablo Iglesias por la tarde. Ambos le han planteado la obvia necesidad de que los encuentros se produzcan en el Congreso y no en Moncloa. Rajoy ha enfocado esta ronda de contactos como si fuera el rey, como simples sondeos más bien protocolarios, alejados de lo que sería una negociación seria y sustanciosa en búsqueda de acuerdos políticos. De otro modo no se entiende la convocatoria a ERC o a Pablo Iglesias, con quienes es evidente la imposibilidad del más mínimo consenso con el PP.

Rajoy ha pretendido desde la misma noche del 26J lo mismo que ya intentó tras el 20D: seguir siendo presidente por una especie de gracia divina con el sacrificio consiguiente del PSOE, a quien carga la exclusiva responsabilidad de que se repitan o no las elecciones, de modo que debe abstenerse (total o parcialmente) y cerrar los ojos a la pestilencia de la corrupción, al engaño sobre el déficit, al escandaloso comportamiento del incompetente ministro Fernández Díaz, a una reforma laboral que instala la precariedad indefinida, al agotamiento de la hucha de las pensiones, etcétera, etcétera.

– El Comité Federal del PSOE celebrado este sábado ha expresado un contundente ‘no’ a Rajoy. Hacía mucha falta, después de quince días de un silencio de Pedro Sánchez ocupado por el ruido de los mensajes de barones y jarrones chinos y otras especies (desde Fernández Vara a Felipe González pasando por Juan Luis Cebrián), todos reclamando con urgencia una abstención socialista que permita seguir gobernando a Rajoy. Un ‘no’ unánime compatible con la crítica interna de quienes, como Eduardo Madina o Susana Díaz, exigen responsabilidades por el pésimo resultado electoral o aspiran a sustituir a Sánchez al frente del partido. O las dos cosas.

Esa firme negativa a Rajoy deja abierto el debate de qué hacer en la hipótesis de que el candidato del PP no logre votos suficientes para gobernar. Las baronías socialistas están divididas ante la disyuntiva de si Pedro Sánchez debería entonces intentar un gobierno acordado con Podemos y los independentistas, que situaría toda la presión en la abstención de Ciudadanos. Lo pide el ala izquierda socialista y desconfían no sólo quienes consideran muy pantanoso ese terreno sino también quienes piensan que Sánchez puede optar por esa vía no por convicción ideológica sino simplemente por estirar su liderazgo interno pese a las sucesivas derrotas electorales. La presión final para una posible (y autodestructiva) "abstención mínima" del PSOE no será la misma, en cualquier caso, si Rajoy llega a la investidura con 169 votos que si consigue 175.

El Consejo Ciudadano de Podemos ha procurado este sábado administrar la frustración de las expectativas de sorpasso generadas antes del 26J poniendo en valor la suma de los 71 escaños que mantiene y corriendo un tupido velo sobre las diferencias internas hasta que pasen no sólo la investidura sino también las citas electorales previstas en Euskadi y Galicia para otoño. Ante el enigma de ese millón de votos que se quedó en casa en lugar de apoyar a Unidos Podemos, Pablo Iglesias ha venido a decir que importa poco si la culpa es de la alianza con IU o de una campaña errónea. Tirando de su vis más pragmática, el líder de Podemos ha situado por delante el objetivo de mantener la unidad interna y amarrar a un electorado transversal, sin aclarar muy bien cómo convencer a un tiempo a “jacobinos” y “plurinacionales”, por ejemplo. El dato más interesante (y útil para la autocrítica) es el que señala el informe de Carolina Bescansa, que apunta que la principal caída del apoyo a Podemos se produjo entre enero y abril, mientras se desarrollaba el intento frustrado de investidura de Pedro Sánchez.

Rajoy está instalado en su propio mundo, el que le dibujaron a cuatro manos entre Pedro Arriola y la agencia Messina, asesora de Obama, aparentemente convencido de que 137 escaños son una visa para gobernar con el visto bueno de quienes democráticamente están obligados a oponerse. Confía el PP en lo que siempre han confiado las fuerzas conservadoras en España: mientras la izquierda se ocupe en divergencias de discurso o de liderazgo, la bolita del poder sigue estando donde casi siempre estuvo. El tardío 'no' del PSOE y la posibilidad de una opción alternativa (compleja pero factible) quizás sirvan al menos para despertar a Rajoy y obligarle a salir de su fructífero letargo. 

Un desprecio olímpico

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