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Del 15M a Cataluña: la varita mágica de los "procesos constituyentes"

La casualidad ha querido que coincidan en la misma semana dos eventos cargados de simbolismo político: la segunda vuelta del pleno de investidura del aspirante a president, y el séptimo aniversario del 15M.

Precisamente el pasado viernes, en un acto en la Fàbrica Lehmann de Barcelona, acompañada por Antoni Gutiérrez Rubí y Núria Parlon, tuvimos ocasión de continuar la conversación para intentar entender qué fue el 15M y qué supuso en nuestras vidas. Entre el público, uno de los asistentes realizó una intervención donde relacionaba el movimiento de los indignados con la movilización soberanista por un elemento que tienen en común: la muestra del malestar, de la indignación, y, en cierto modo, de la desconexión. Hace días que me hago la misma pregunta, ¿tienen algo en común esas movilizaciones? ¿Qué? ¿Hasta dónde?

La llamada al "proceso constituyente" que hizo el presidenciable Quim Torra en su discurso de investidura me conectó inmediatamente a las llamadas a un proceso constituyente que se hicieron también en el post-15M por parte de algunos grupos que firmaron el manifiesto Constituyentes, donde se dice: "Un proceso constituyente es el origen de la democracia y tiene como fin una nueva constitución adaptada a las necesidades actuales de la población. Es la única forma pacífica de hacer una verdadera revolución democrática y llevar a la práctica todas las reformas que el 15M viene planteando hoy en la calle y trasladarlas a un texto legal válido y legítimo. Es el poder ciudadano sobre el poder de los mercados."

Lo cierto es que la expresión "proceso constituyente" es tan sugerente como ambigua, además de que encierra el peligro de actuar como una varita mágica y evocarnos inmediatamente la tierra prometida. Esa que ya sabemos que no existe. ¿Son lo mismo los procesos constituyentes de los que hablaban algunos protagonistas del 15M y del que habla Quim Torra? Mucho me temo que no.

Merecería la pena dedicar horas, neuronas y debates a consensuar de qué hablamos exactamente cuando hablamos de "procesos constituyentes". Y como eso no parece fácil, o al menos no puede encerrarse en esta columna, me atreveré a lanzar algunas consideraciones sobre lo que no debe ser un proceso constituyente.

En primer lugar, un proceso constituyente no puede hacerse sólo para una parte de la población. Debe incluir forzosamente al conjunto: a los que querían mantener una democracia liberal un poco más saneada, a quienes optaban por una democracia participativa y a quienes defendían visiones de naturaleza ácrata; a los catalanes y catalanas que quieren mantener el estatus actual, a los que quieren más autogobierno y a los que quieren una república independiente. El proceso constituyente debe incluir a todos y a todas.

Por otro lado, un proceso constituyente no puede ignorar la historia ni hacer gala de adanismo. Antes que él hubo otros, que dejaron vencedores y vencidos, que configuraron estructuras que perviven en la sociedad: hubo partidos que gestionaron la Transición y salieron ganando, y otros que también la gestionaron y saliendo perdiendo; hubo quienes gobernaron en Cataluña y se sintieron ninguneados y maltratados por los actos y actitudes de otros españoles, y hubo quienes provocaron el enfrentamiento siempre que tuvieron ocasión.

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Un proceso constituyente no puede confundir los fines y los medios. Es fundamental consensuar los puntos comunes de dónde quiere llegar, y dejar para el devenir la concreción de otros muchos asuntos. Identificar los objetivos de esa nueva democracia que pedía el 15M y dejar a la innovación política margen para definir los "cómo"; saber en qué Cataluña, en qué España, y en qué marco de relación queremos vivir, y negociar los caminos para llegar a ella.

Finalmente, aventuraré un elemento que creo que sí debe tener un proceso constituyente: poner en primera fila a aquellos y aquellas que demuestren más capacidad y voluntad de diálogo y negociación. Es decir, aquellos que gozan de mayor inteligencia política.

Mucho me temo que tendremos mucho tiempo para debatir sobre los procesos constituyentes antes de que comiencen.

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