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Las lágrimas de Reem Sahwil

Los destinos de los seres humanos no deberían estar en manos de otros seres humanos incapaces de ponerse en el lugar de sus semejantes. Si la política es, desde la Grecia clásica, el arte de procurar el bien común, es una atrocidad que quien la gestione esté tan alejado de los problemas de sus semejantes como parece estarlo en este vídeo la jefa de facto de la Unión Europea. ¿Qué bien y cómo de común puede administrar una señora que aparenta no haberse puesto jamás en la piel de ese colectivo no menor de personas que están bajo su administración? Porque los refugiados, aunque sean extranjeros, hablen árabe y tengan la piel oscura, también son el objeto de su compromiso de bien común en tanto siguen permaneciendo en la Alemania que gobierna.

Reem Sahwil, que así se llama la joven adolescente, pregunta esperando ingenuamente una respuesta que alivie su angustia, pero se encuentra con un puñetazo en la boca del estómago para su ánimo maltrecho y rompe a llorar. La canciller se acerca y parece querer consolarla, pero incluso a través de la imagen televisada se percibe la frialdad del supuesto consuelo.

Se puede argumentar que ha hecho bien Merkel, que no tiene por qué consolar a nadie y que su obligación de gobernante responsable es decir siempre la verdad, en cualquier circunstancia. De hecho, eso es lo que ha dicho la propia niña defendiendo a la canciller. Y es un argumento válido. Pero también es responsabilidad del gobernante, obligación más bien, y argumento perfectamente defendible en sentido contario, ser capaz de ponerse en el lugar del otro, especialmente si no se trata de un oponente político o incluso un ciudadano corriente, sino una niña que además está viviendo la incertidumbre cotidiana y el miedo de regresar al horror de los campos de refugiados. La respuesta de Merkel sería adecuada en un parlamento, no en un colegio ante niños que no van a digerirlo de la misma forma.

Si tuviera empatía, talla humana, por tanto, para gobernar a toda una nación, habría entendido que no podía golpearse con tal violencia sobre la herida abierta de una niña refugiada que empieza a encontrar consuelo a su dolor en una sociedad más justa y tolerante aunque no sea la suya. Se habría dado cuenta de que la única esperanza que tiene ella, como los cientos de miles de refugiados que consiguen llegar a suelo europeo, es poder quedarse aquí y sirviéndose de sus brazos, su energía y sus capacidades, como cualquier ser humano, comenzar una nueva vida y contribuir a la mejora y la riqueza del país de acogida. Y habría, en ese caso, respondido con afecto en las formas y reconociendo el valiosísimo papel de los inmigrantes en el relanzamiento de potencias como Alemania. ¿O estarían donde están los países occidentales sin esa mano de obra inmigrante que en tiempos gratos hace lo que no quiere hacer nadie y en los duros recibe los palos que no le corresponden? O podía haberle invitado a seguir luchando por su sueño. Tantas otras respuestas empáticas, cercanas, eran posibles… sin herir de esa forma, y también sin mentir.

Pero Merkel optó por no dejar la botella ni medio llena ni medio vacía, sino directamente romperla, y dirigirse a la joven con consideraciones absolutamente desprovistas de generosidad, encaminadas, sin duda, a lanzar un aviso a navegantes de patera sobre la necesidad de poner límites a la masiva llegada de personas de los muchos infiernos del mundo. Aviso que considera necesario aunque tenga que pasar por la sonora bofetada al ánimo de una niña.

Me parece escandaloso. Y de una crueldad que refleja muy bien el talante y el talento de quienes gestionan lo público y universal en estos tiempos difíciles. Talante y talento que ponen los principios, las ideas, la necesidad de imponer la verdad propia, por encima de las personas, de los sentimientos, de la realidad cotidiana de la gente.

Vale que gobernar no es contentar a todos, pero al político cabe exigirle además de criterio, saber entender los problemas ajenos y las necesidades colectivas.

Con todo, lo grave del incidente no es sólo la dimensión del desapego que desnuda de la señora canciller o cancillera, sino lo que expresa de distancia del mundo occidental de los problemas, las angustias, el dolor y los sufrimientos de quienes huyendo de la guerra y los tiranos se encuentran en la Europa abierta y democrática con un muro infranqueable de incomprensión e insolidaridad.

Mucho más difícil de derribar que aquel de Berlín cuya caída, dicho sea de paso, propició que la señora Merkel pasara a la política europea desde las cenizas de aquella Alemania tan mal llamada democrática.

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