Muros sin Fronteras

Bolivia, entre la Biblia y la tierra

La derecha sostiene que no ha habido golpe de Estado en Bolivia; la izquierda afirma que lo hubo. En la era de la posverdad, que es la de la posdemocracia, hasta las asonadas son raras. Este texto trata de ser periodístico. Mi trabajo no me obliga a tomar partido, solo a tratar de contar las cosas complejas de una manera honesta y algo menos compleja para que se entienda, no siempre con éxito. En este tiempo que nos ha tocado vivir, una mayoría solo se alimenta de titulares. Si reafirman sus prejuicios, los alaban en las redes sociales, pero casi nunca siguen leyendo; esperan otros titulares sobre los que dictar sentencia. Olvidamos que la libertad de expresión incluye escuchar lo que no nos gusta. Prima el pensamiento sectario, la tribu, sea cual sea su bandera. Se extraviaron los matices y las cronologías. En Bolivia son importantes.

Un spoiler urgente para los pre-ofendiditos u ofendiditos del todo con la esperanza de que no dejen de leer el texto: lo ocurrido en Bolivia se puede y se debe calificar de golpe. El debate más adecuado sería el del calificativo: ¿golpe de Estado, palaciego, policial, militar, de élites blancas que no soportan a Evo Morales, uno de los presidentes más importantes de la historia de Bolivia y con logros significativos en la reducción de la pobreza? Digamos que ha sido un golpe progresivo que ha ido sumando todos los golpes posibles: empezó siendo cívico-policial, así lo calificó Morales al principio, y ha terminado con militares en la calle disparando a los manifestantes. Hay decenas de muertos por herida de bala.

Antecedentes. Evo Morales fue el primer presidente indígena de Bolivia. El 60% de población del país es indígena. Fue un hito histórico en un país inestable con demasiados militares en el poder. Los indígenas han sido tradicionalmente los más castigados, condenados a una pobreza hereditaria y sin derechos. Morales empezó con excelentes datos macroeconómicos. El FMI y el Banco Mundial no escatimaron los elogios. El único “pero” es que esa gestión no se tradujo en una mejor redistribución de la riqueza. En 2009, Morales logró aprobar una Constitución que reconocía los derechos de los pueblos indígenas y refundaba Bolivia como un Estado plurinacional. En la Carta Magna se limitaban a dos los mandatos presidenciales. Esto se logró tras muchas disputas políticas y algaradas callejeras. Evo Morales tuvo que ceder y aceptar ese máximo legal.

Los primeros problemas. En 2013, Morales hizo malabarismos con la ayuda del Tribunal Constitucional para que el mandato anterior a la aprobación de la Constitución no contara como primer mandato. La razón es que pertenecía a otra Bolivia, no al Estado refundado como plurinacional. Así se aseguró un segundo y tercero. En 2016 quiso forzar un nuevo mandato –el tercero o cuarto, según las cuentas— fuera de lo que establece la Constitución. Convocó un referéndum para saltarse su norma (primer error grave).

La sorpresa fue que perdió: 51,3% contrarios al cuarto mandato frente a un 48,7% a favor. El resultado, alejado de sus grandes victorias con más del 60% de los votos, despertó a la oposición, que olió debilidad y comenzó a organizarse. El segundo error grave de Evo Morales fue desoír el mandato del referéndum, aduciendo interferencias extranjeras en el resultado. Su gobierno copó las instituciones del Estado para que actuaran a favor, lo que permitió a la oposición sumar más apoyos. Tercer error grave, permitir u ordenar la alteración de los resultados de la primera vuelta de las elecciones presidenciales, el pasado 20 de octubre. Evo Morales no quería una segunda vuelta por temor a salir derrotado. Necesitaba superar el 50% o sacar una ventaja del 10% al segundo, hecho que ocurrió tras un parón en el escrutinio.

Los observadores de la OEA confirmaron las irregularidades. Morales reaccionó de la manera más democrática posible: destituir a los miembros del Tribunal Supremo Electoral, señalados por la OEA, y anunciar unas nuevas elecciones. La oposición, que había detectado debilidad en 2016, dejó a una lado el fin de las urnas y se dio a la violencia y a los saqueos que derivaron en varios motines policiales y en diversos pronunciamientos contra el presidente. El Ejército que ahora no tiene problemas en reprimir, se negó a hacerlo cuando se lo pidió Morales. Los militares le aconsejaron la renuncia, pero no sacaron los carros de combate a la calle ni tomaron emisoras de radio y televisión. La ausencia de la estética golpista clásica es la que ha confundido a muchos y creado un debate sobre si fue o (no) un golpe de Estado. Morales renunció para evitar un baño de sangre y tuvo que exiliarse en México para salvar la vida.

Además de los errores descritos, el principal fue no tener un sustituto en 2016 que hubiera podido seguir su obra. Los líderes carismáticos, y Evo Morales lo es, no tienen un recambio fácil porque tienden a evitar que surjan rivales potenciales alrededor.

La salida democrática hubiese sido repetir las elecciones con un candidato apadrinado por Morales, y no el despropósito de la autoproclamada presidenta sin quórumquórum, Jeanine Áñez, que firma decretos ilegales que amparan la orden de disparar a matar sobre los manifestantes. Lo que está pasando en las calles de Bolivia son crímenes de Estado que deberán ser perseguidos por los tribunales. ¿Qué dice la OEA?

Se habla mucho del litio –Bolivia tiene las mayores reservas del mundo–, elevándolo a la razón última de una gran conspiración. Si fuera tan decisivo, ¿cómo han permitido un gobierno de Morales durante casi tres lustros si el litio ya estaba ahí? El litio es un factor importante, sin duda, como lo son los hidrocarburos y las multinacionales que se frotan las manos ante el pelotazo que se avecina. El motor que mejor explica lo ocurrido es el odio impulsado por un racismo primario, de piel, que se siente bendecido por dios, sea católico o evangélico. La autoproclamada presidenta Áñez destila racismo. En su gobierno provisional no hay un solo indígena.

Que Áñez y el líder de Santa Cruz, Fernando Camacho, blandieran ejemplares de la Biblia como fuente de legitimidad ahonda la tesis del racismo. Escribió Eduardo Galeano sobre la conquista española: “Vinieron. Ellos tenían la Biblia y nosotros teníamos la tierra. Y nos dijeron: ‘cierren los ojos y recen’. Y cuando abrimos los ojos, ellos tenían la tierra y nosotros la Biblia”. Pues ahora quieren las dos: la tierra y la Biblia.

FIN

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