Muros sin Fronteras

¿Somos mucho mejores que Trump?

Lo confieso: estoy agotado. ¡Y solo han pasado dos semanas! Si los cálculos no me fallan quedan 1.370 días hasta el 3 de noviembre de 2020, fecha de las siguientes elecciones presidenciales en EEUU. Si las ganara Donald Trump, entonces serían 2.833. ¿Sobreviviremos hasta enero de 2024? No a una III Guerra Mundial o al holocausto zombi, me refiero al estrés emocional.

El (pen)último acto ha sido el despido fulminante de Sally Yates, la fiscal general en funciones. Es un mensaje nítido de cómo tratará a los disidentes. Trump no hace prisioneros. Escuchen en el siguiente vídeo al todavía senador Jeff Sessions cuando preguntó a Yates si sería capaz de decir “no” al presidente. Sessions, un ultraconservador antiinmigrante, es el elegido por el presidente para el cargo de fiscal general que ocupará en cuanto supere el examen del Senado.

Ni siquiera nos queda la esperanza –enunciada en este espacio el 9 de noviembre, al final de "Solo son cuatro años"–, de que Trump sea un buen político; es decir, que se olvide de sus promesas electorales. Las está cumpliendo todas y a la vez. Es una ametralladora.

El decreto que suspende indefinidamente la acogida de refugiados sirios y prohíbe la entrada en EEUU durante 90 días de personas nacidas en Irak, Irán, Libia, Somalia, Sudán y Yemen, ha generado un enorme escándalo internacional y numerosas manifestaciones. Es un decreto anti islámico que afecta solo a personas que profesan la religión musulmana. No parece el mejor instrumento para la lucha antiterrorista.

El decreto racista de Trump ha incomodado incluso a los líderes de la Unión Europea, los mismos que firmaron un acuerdo con Turquía que permite expulsar a decenas de miles de refugiados sirios. ¿Cuál es el diferencia? ¿El tono? ¿La manera matona de castigar a inocentes que son víctimas de guerras en las que participamos directa o indirectamente? No somos mejores que Trump, asumámoslo.

También afecta a España, cuyo Gobierno marianista ya ha sacado pecho llevado de la misma amnesia que le borró la corrupción. Tenemos vallas fijas en Ceuta y Melilla y participamos en una valla móvil e invisible en un mar Mediterráneo reducido a fosa común. Tampoco somos mucho mejores que Trump. La última vergüenza ha sido la ocultación de la muerte del niño Samuel en Barbate. Era nuestro Aylán, pero sin publicidad. Sin bombo ni platillo.

Es hora de luchar, pero no solo contra lo evidente, sino contra el clima ideológico del ellos y nosotros. Es lo que nos propone Pro Causa. Ayudémosles.

Preocupa el decreto anti islámico firmado el viernes por Trump. Supone una ruptura de la legalidad internacional, y tal vez de la constitucional en EEUU. Forma parte de la misma mancha antidemocrática que contamina a Hungría y Polonia, y a partidos políticos como el Frente Nacional de Marine Le Pen, con serias opciones electorales en la primera vuelta de las presidenciales francesas de abril. Y a algunos líderes del Brexit, como Nigel Farage, un xenófobo de libro.

Es un runrún tóxico que cuenta con millones de votos. Solo en EEUU, 62,7 a favor de Trump. No seamos ingenuos, los que se manifiestan estos días son los votantes de Hillary o los de Bernie Sanders, no los de Trump; estos están felices.

Lo alarmante es que una decisión de esa envergadura, con tantos recovecos legales y emocionales, se tomara tan a la ligera. De una campaña caótica hemos entrado en el caos de una presidencia que se mueve a impulsos emocionales y que vive en la mentira.

Graydon Carter, director de la revista Vanity Fair, el primer periodista que se fijó en que Trump tenía las manos pequeñas, escribe un largo texto en que recuerda una constante en el carácter del nuevo presidente: no sabe perder, le saca de quicio no ganar (por ejemplo en el número de personas en su inauguración). Y descubre una nueva: tampoco sabe ganar.

Es posible que Trump esté acostumbrado al orden y mando en sus empresas y a que nadie le lleve la contraria, pero gobernar un país, sobre todo EEUU, no es gobernar una cadena de hoteles o unas empresas dedicadas a la especulación inmobiliaria.

Sorprende que nadie le advirtiera de las consecuencias de su decreto, que tal y como estaba redactado afectaría a 500.000 personas con residencia legal en EEUU, que ya habían pasado todo tipo de controles sobre su idoneidad. Que afectaría también a ciudadanos con doble nacionalidad, o con posibilidad de tenerla. Afecta a artistas, cineastas, políticos, ingenieros informáticos y a personas comunes. Es una violación de la Quinta enmienda. No se puede privar a nadie de un juicio justo.

Habrá guerra judicial, por eso es tan importante el noveno juez del Tribunal Supremo que rompería el empate actual. Los republicanos bloquearon los intentos de Obama de sustituir al fallecido Scalia por un moderado. Ahora, Trump propone a Neil Gorsuch, un ultraconservador. Los demócratas prometen guerra, pero tienen poco que hacer. (Recuerden que los aplausos que se oyen en el vídeo anterior son de la claque que acompaña a Trump, no de los periodistas).

El poder en democracia no es discrecional ni debería ser arbitrario. EEUU no es el país de Borat, tiene una tradición de contrapesos y de separación de poderes. La novedad de Trump es que discute a la élite el poder sobre la narrativa de los hechos. Por eso es tan importante pleitear por cada coma. Si tienen el poder del relato, la verdad resulta intranscendente.

La clave de la presidencia será Steve Bannon, un supremacista blanco, que dirige los movimientos del presidente. Es el autor de la idea, ya repetida por Trump, de que los medios de comunicación son “el partido de la oposición”. Estamos ante un grupo de elefantes en una cacharrería que dejarán a los halcones de George W. Bush en un juego de niños. El problema es que los líderes mundiales que podrían oponerse a este desmoronamiento ético están afectados del mismo mal. Trump es un tipo carismático, dará titulares. Que solo sea eso.

'La la Trump'

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