Stop Rape Now

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Naciones Unidas ha lanzado una campaña internacional contra las violaciones de mujeres en zonas de conflicto. Se llama Stop Rape Now. El mapa que encabeza la página web oficial resulta demoledor. Lo sería aún más si la campaña incluyera cualquier tipo de violación, sea en tiempos de guerra o de paz.

India no es una zona de lucha, pero lo es de violencia machista. Los medios occidentales han recogido varios casos en los últimos meses, historias terribles de mujeres atacadas por un grupo de hombres, violadas y señaladas de por vida en sus comunidades. El estigma social es una segunda violación. Pese a la mala publicidad, India no es el peor país del mundo.

Por encima de leyes y campañas internacionales se mantiene incólume la tradición. Las tradiciones que se perpetúan durante siglos suelen ser machistas, defienden el statu quo, es decir, el ejercicio patriarcal del poder por parte del macho, sea un gobierno familiar, clánico, tribal, religioso o nacional. El problema está en el poder. La verdadera lucha debería centrarse en esas costumbres delictivas que pasan de padres a hijos varones sin discusión alguna.

Además de perseguir a los culpables y proteger las víctimas, es necesario educar a la población. No se educa masivamente con la exportación masiva de armas, el saqueo de las materias primas o los recortes del FMI. Se educa con mucha paciencia y, sobre todo, con medios humanos y económicos. La lucha contra la violación es una lucha que compete a toda la sociedad. Según la web Mother Jones vamos en dirección opuesta.

 

Este tipo de campañas están bien, nunca sobran; ayudan a lavar nuestra conciencia. Para ser efectivas deberían atacar la raíz. La educación también es necesaria aquí, en Occidente. Es fácil escandalizarse ante la barbarie televisada del tercer mundo y no verla entre nosotros. La nuestra es una barbarie de cuello blanco. Entre los cinco países con una mayor tasa de violaciones están Suecia y Nueva Zelanda.

Esta charla del activista Jackson Katz, en una de las conferencias de TED, se centra en una de las claves de esta batalla. No es un problema que afecta solo a feministas, es un asunto que compete a los hombres, los principales generadores de violencia machista, los que la deben parar.

El saqueo de pueblos y ciudades, el asesinato de civiles y la violación de mujeres es una práctica ancestral, quizá consustancial a la guerra misma. La guerra es, sobre todo, la suspensión de las leyes. El perpetrador se siente impune, inalcanzable, dios, puede dejar que su odio campe sin restricciones ni miedos. Todos llevamos a la bestia dentro.

Antes de la Gran Guerra, la que ahora conmemoramos, se pactaron unos protocolos de comportamiento (la Convención de La Haya). Sirvió de poco si tenemos en cuenta lo que vino después. Tampoco parece servir hoy el cuerpo legal creado tras la II Guerra Mundial, las llamadas Convenciones de Ginebra que se saltó EEUU en su guerra contra el terror y la persecución de los crímenes de guerra y los crímenes contra la Humanidad. Ambos incluyen la violación.

Más adelante se incluyó una convención específica para la tortura, incumplida también por la Administración Bush, como denuncia estos días el Senado de EEUU.

Pese a todas las leyes y convenciones, la violación sigue siendo un arma de guerra, una lacra doméstica. No serán las normas escritas las que la paren; es necesaria una revolución en la forma de educar, en los valores que se transmiten.

La República Democrática de Congo es uno de los países con mayor número de casos. Sus guerras continuas desde 1996 están unidas a la extracción de un mineral, el coltán, esencial para la telefonía móvil. Hay móviles de sangre, como hay diamantes de sangre. El negocio de nuestro mundo está en la ausencia de leyes en el tercero, donde están las fuentes de energía. La violación es parte de un juego en el que el delito no está en la forma en que se juega sino en el juego mismo.

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