Que la guerra me pille haciendo Pilates

Cada semana tomo clases de Pilates, aquí lo digo. Que usted, querido lector o lectora de mis entretelas, quizás esté pensando en este momento: “pues muy bien, maja. ¿Y a mí esto, qué me importa?”. La verdad es que poco, con una guerra enseñando las orejas y una pandemia que no nos deja en paz, que yo haga Pilates importa muy poco, tirando a una mierda.  

Pero con la misma confianza con la que me planto aquí cada sábado a contarles lo que me pasa por la cabeza o por el corazón, hoy he decidido relatarles lo que me pasa por el cuerpo y usarlo como punto de apoyo para la reflexión. 

He de decir que el Pilates es la única disciplina física con la que mantengo una relación sólida y duradera. Qué tendrá “él” que no tengan otras… El yoga, por ejemplo, me gustó, sí, pero no logró atraparme más de tres años. Y la natación, que me enamoró desde muy niña y que, largo a largo, me ayudaba a ordenar ideas, tiene un inconveniente: el tiempo que me roba secar la melena en invierno, así que la relegué a la categoría de amor de verano… 

Hay pocas cosas tan apasionantes para mí como jugar a encontrar el sentido de la vida, que en tantos aspectos parece un sinsentido. ¿Guerra?

Quince años llevamos juntos Pilates y yo, y mientras mi cuerpo aguante no se me pasa por la cabeza abandonarlo. En los últimos tres lustros no lo he dejado, ni siquiera cuando transito algún camino doloroso. Al contrario, en esas situaciones difíciles he sentido que lo necesitaba más, aunque me costara la vida tirar del cuerpo y del ánimo para ir a cada clase, aunque se me escaparan las lágrimas a bordo del reformer si, en algún momento, mi cerebro traidor me robaba la concentración y me llevaba, sin yo querer, a pensar en aquello que desgarraba por dentro…

Quizás lo de fortalecer el “corsé muscular” para poder soportar el peso de mi columna sea también un modo fortalecer mi “corsé emocional” para poder soportar el peso a veces insoportable de la vida.  

El pasado jueves, durante una clase, nos explicaba Santiago, nuestro instructor, que un ejercicio que estábamos haciendo con la ayuda de una goma elástica podíamos hacerlo también sin ella y con idéntico resultado. Así que repetimos el ejercicio –yo un poco incrédula, reconozco– esta vez sin “la presunta ayuda elástica” y comprobamos que tenía toda la razón.  

Efectivamente, el esfuerzo lo hacíamos cada una de nosotras con su propio cuerpo, la goma era solo un apoyo mental para conseguir la postura correcta, ‘ella’ solo nos acompañaba para darnos esa confianza en nuestras posibilidades que a veces flaquea…  

Fue maravilloso comprobarlo, pero he de decir que a mí, personalmente, con la goma me mola más.

Esto también me pasa en la vida. Hay muchas cosas que podría hacer sola, sí, pero algunas son menos duras y, sobre todo, más disfrutadas cuando las comparto. Cuando alguien ejerce de compañía elástica a mi lado, dejándome hacer y dándome fuerza, todo esfuerzo parece menor y toda gratificación mayor.   

En Pilates encuentro, con gran facilidad, metáforas vitales que me ayudan a reflexionar sobre algunas de las cuestiones que me han sucedido a lo largo de la vida o que suceden en el mundo, y eso me apasiona.  

Y busco esas metáforas también en el cine, en la música, en la literatura. Las busco incluso en un rato de juegos con mi perra. Hay pocas cosas tan apasionantes para mí como jugar a encontrar el sentido de la vida, que en tantos aspectos parece un sinsentido. ¿Guerra?  

NOTA DE LA AUTORA: Gracias a mi instructor de Pilates, Santiago Lautz. Las personas que aportan luz a tu vida merecen el agradecimiento eterno.  

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