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Un niña sonriente canta un villancico mirando a cámara. Podría ser un vídeo más, uno de los muchos, de los muchísimos que aparecen publicados a diario en alguna cuenta de alguna red social, pero no lo es. La niña que canta acaba de fallecer, tenía cuatro años.

Vivimos en la era de la viralización. Navegamos en un mar plagado de imágenes que circulan de móvil a móvil, en forma de video, de gif, de sticker, de meme oTikTok… Y, cada día, nuestra mirada puede cruzarse con cientos de criaturas de varias ganaderías audiovisuales, que atraviesan las redes a toda velocidad, buscando la atención ajena en forma de click.

Claro, de tanto ver y ver pasar, ya pasas, ya ni te fijas. Pero alguna vez ocurre algo extraordinario, una imagen te hace detenerte en seco, pararte a mirar, pero a mirar de verdad. Y hace unos días lo consiguió ella, Vera, la niña que cantaba el villancico.

El pasado 6 de enero, el día de Reyes, Vera saltaba junto a otros niños en castillo hinchable, hasta que un golpe de viento volcó la atracción y con ella la vida de varias familias

Una niña murió en el acto y otros niños resultaron heridos, entre ellos, Vera. Ingresó en el hospital con pronóstico reservado y falleció cuatro días después. Al día siguiente de su muerte, el padre de Vera decidió publicar un vídeo. Un vídeo en el que su hija sonríe y canta. Lo acompaña de un texto conmovedor: 

Hay sonrisas que provocan más lágrimas que un llanto y la de Vera es de esas, una de esas sonrisas que te dejan rota. Y te rompes, aunque ella no sea tu hija, ni tu sobrina, ni tu vecina, porque Vera es tuya también, ella es todas las niñas de cuatro años.

La primera reacción es de impotencia y se produce un vacío lleno de silencio y oscuridad, como si el mundo, de repente, se hubiera quedado desierto, mudo, a oscuras…

Pero hay personas que, incluso en los momentos de máxima negritud, son capaces de encender la luz a tientas. Esos padres, esa familia, ellos lo han hecho, nos han regalado la sonrisa de su hija como icono, como símbolo de lo que significa “trascender” como ser humano, tratando de darle algún sentido al sinsentido de que ella ya no esté, Vera dándole vida a otros niños. Un paso breve por el mundo que se prolonga en la historia de otras vidas.

Hay personas que, incluso en los momentos de máxima negritud, son capaces de encender la luz a tientas

El dolor puede transformarse en rabia, en rencor, en desolación, en venganza. El dolor tiene fuerza de sobra para destruirlo todo, pero hay quien consigue utilizarlo para construir y cuando eso sucede, el mundo recupera la luminosidad y el sonido y el sentido.

Desde aquí el abrazo a los padres, a los tetes de Vera, el abrazo a todos los que la quieren y una inmensa admiración y el agradecimiento por ese esfuerzo tan luminoso: tratar de convertir el inmenso dolor en inmensa generosidad.   

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