Mi hija Yondelis

“¿Estás contento?”. El economista y periodista Manolo Portela (1944-2022), en vez del convencional “qué tal estás”, siempre saludaba con esta pregunta lanzada en tono pizpireto: “¿Estás contento?”. Portela fue director comercial de Ariel-Seix Barral, Alfaguara y Grijalbo Crítica, trabajó en la Bolsa, luego fue analista bursátil para el suplemento Dinero de El País, editorialista y columnista de los diarios del grupo Vocento y responsable del Consenso Económico de Price Waterhouse Coopers, seguramente el documento de coyuntura más relevante y elocuente de cuantos se publican en España. Madrileño de apellido gallego, Manolo era el más gallego de los gallegos que no lo eran, de humor esquinado y retador, siempre dispuesto a descomponerte con una pregunta inesperada y desafiante que lanzaba con tono inocente y una sonrisa pícara cortando la respiración y las conversaciones de cualquier reunión. En 2006 dijo a una audiencia atónita de jóvenes comensales: “Pronto vendrá una crisis financiera y será feroz”. 

“¿Estoy contento?”. Manolo obligaba a contestar sin rutina, a pensarlo y, al cabo, a consagrar los días en el empeño de poder responder afirmativamente a la pregunta. Así que, además de la mitad de la persona que uno es, también está el adeudo de haber aprendido a estar siempre contento, salvo causa de fuerza mayor. Asumió ser mentor de uno con entusiasmo y, en los años que construirían al periodista y al adulto que aquí firma, fue mucho más allá de las larguísimas conversaciones diarias con las que elaborábamos una sección de economía al alimón, proporcionando las lecturas que configuraron este cántaro en el que él vertía saberes y humores. Poseía el extraño talento, no de ver quién era cada cual, para regalarle las lecturas que deseaba, sino quién podría llegar a ser, para proporcionar los libros que lo harían posible. La versión prosaica es que tenía un piso grande junto al Bernabéu de alquiler prohibitivo y tenía que mudarse, para lo cual necesitaba deshacerse de su biblioteca. Las mejores obras humanas a menudo responden a motivos prosaicos. 

Uno dejó de leer los diarios como relato del mundo y empezó a verlos como la acción sobre el mundo que en el fondo todo periodista y editor pretenden

De aquella limpieza previa a la mudanza uno aprendió de la desnudez de los dogmas económicos con El triunfo de la política, de David Stockman, jefe de la oficina presupuestaria de Ronald Reagan (Grijalbo, 1986); una posología de la política, con un viejo volumen de El discurso filosófico de la modernidad (Taurus, 1989), del recién desaparecido Jurgen Habermas; la esquiva ética del periodismo con Diarios (Espasa, 2002) de Arcadi Espada; pero también que la vida se teje con la historia en Las asombrosas aventuras de Kavalier y Clay (Literatura Random House, 2000), de Michael Chabon; de los pormenores y tentaciones de la relación de la prensa y el poder y de la futilidad de buscar respuestas últimas a los asuntos en la inmensa La guerra de Galio (Alfaguara, 1994), de Héctor Aguilar Camín; de la necesidad de alzarse en guionista de lo propio para que la vida tenga un sentido funcional en Saga (Lengua de Trapo, 2000), de Tonino Benacquista, y del discurso profundo de la historia humana en El tercer chimpancé (Debate, 1991), en ¿Por qué es divertido el sexo? (Debate, 1997) y en Armas, gérmenes y acero (Debate, 1998), de Jared Diamond. Y finalmente, a tener una relación amable con la vida y la gente con El periodista deportivo (Anagrama, 1990), de Richard Ford, génesis del personaje literario que ha construido este adulto: Frank Bascombe. Lecturas todas fundacionales.

Pero al caso que nos ocupa, a Portela debe el arribafirmante haber aprendido a leer periódicos económicos. Bajo su mentoría, uno dejó de leer los diarios como relato del mundo y empezó a verlos como la acción sobre el mundo que en el fondo todo periodista y editor pretenden; no como espejo, sino como herramienta. Y ahí, sostenía Portela, la prensa económica —la llamada “prensa salmón”— es un laboratorio químico donde la condición instrumental se vuelve visible sin disimulo. La prensa económica no informa sobre la economía, sino que participa en ella; no es un notario, es un agente. Solemos pensar que es un agente político, como desnudaba el libro de Yago Álvarez Barba Pescar el salmón (Capitan Swing, 2023), pero es sobre todo un agente económico. Una forma de hacer perras. 

En la prensa generalista pervive la ficción ilustrada (y cierto convencimiento) de que el periodismo describe hechos; en la económica, en cambio, esa ficción se rompe porque el lector avezado sabe —y Manolo era el más sagaz lector de prensa que uno haya conocido— que cada titular puede tener efectos inmediatos. Hoy, ahora. Efectos sobre cotizaciones, decisiones regulatorias o expectativas de inversión. La información económica tiene un valor cognitivo obvio, pero sobre todo tiene un valor performativo. Y se cobra. 

Durante años, algunos de los más famosos columnistas de prensa salmón no solo cobraban por su pieza a la cabecera que la publicaba sino también — aparte y en sobre de billetes no numerados o con cheque al portador— a agentes económicos con los que existía un convenio de palabra. Portela sostenía, con información de primera mano, que algunas de las más ilustres firmas liberales que frecuentaban los diarios salmón ponían sus piezas en almoneda a precios de varios miles de euros para agentes tales como miembros de los patronatos de las Cajas de Ahorro, interesados en la presión política y en la económica. Por ejemplo, un arzobispado. Miles de euros de hace veinte años por cada columna. En la prensa económica, hoy en franca decadencia, las empresas señalaban movimientos, los gobiernos testaban políticas, los reguladores dejaban caer globos sonda y los mercados reaccionaban en tiempo real.

Si la información política se nutre de dichos y no de hechos, en la salmón lo relevante nunca es el hecho, que aún no existe, sino el dicho, que alumbra una expectativa, una promesa, una intención o un temor. Finanzas. A diferencia de lo que ocurre en la política, donde lo dicho puede ser vacío y espectacular a la vez, aquí el dicho tiene efectos materiales inmediatos. Aprender a leer prensa —para hacer buen periodismo—, enseñaba Manolo, consiste en aprender a leer intenciones. No en clave conspirativa, sino estructural —cui prodest—, una lectura casi detectivesca, pero no moral sino funcional. En tal sentido, explicaba el maestro, la prensa económica, que es la más abiertamente instrumental, es también la más honesta en su funcionamiento porque deja ver con claridad algo que en el resto del periodismo permanece semioculto, a saber, que toda información es en alguna medida una intervención. En la política o la cultura esa intervención se disfraza de relato; en economía, en cambio, sus efectos son tan rápidos y medibles en las cotizaciones que el disfraz se vuelve transparente. El buen periodismo, maliciaba Manolo, no consiste solo en verificar hechos —que también— sino en desactivar intenciones ajenas.

Durante años, el que suscribe y su maestro siguieron juntos la evolución de la voluntariosa investigación y consecución de licencias de un fármaco para un raro sarcoma de tejidos blandos que siempre aparecía en la prensa económica pero, caramba, rara vez en las publicaciones médicas. Aquellas notas no describían un producto real, sino fases preliminares —ensayos iniciales, resultados parciales, líneas de investigación…—. Por supuesto, estas piezas de apenas un par de párrafos movían el valor bursátil de la compañía cotizada que desarrollaba ese tratamiento. Redactadas en clave de inminencia, la función de estas noticias no era informar al paciente, sino activar expectativas en inversores. El verdadero destinatario nunca era el lector común, sino el mercado: fondos, analistas, competidores. 

Nuestra broma llegó tan lejos y fue tan duradera que Manolo hizo prometer al aprendiz que, si un día tenía una hija, la bautizaría con el nombre comercial de esa medicina. Por fortuna, el pupilo no dejará descendencia. 

“¿Estás contento?”. El economista y periodista Manolo Portela (1944-2022), en vez del convencional “qué tal estás”, siempre saludaba con esta pregunta lanzada en tono pizpireto: “¿Estás contento?”. Portela fue director comercial de Ariel-Seix Barral, Alfaguara y Grijalbo Crítica, trabajó en la Bolsa, luego fue analista bursátil para el suplemento Dinero de El País, editorialista y columnista de los diarios del grupo Vocento y responsable del Consenso Económico de Price Waterhouse Coopers, seguramente el documento de coyuntura más relevante y elocuente de cuantos se publican en España. Madrileño de apellido gallego, Manolo era el más gallego de los gallegos que no lo eran, de humor esquinado y retador, siempre dispuesto a descomponerte con una pregunta inesperada y desafiante que lanzaba con tono inocente y una sonrisa pícara cortando la respiración y las conversaciones de cualquier reunión. En 2006 dijo a una audiencia atónita de jóvenes comensales: “Pronto vendrá una crisis financiera y será feroz”.