Buenos actos por malos motivos es el enfoque más compasivo que se puede encontrar en la prensa estupefacta de la Villa y Corte respecto a la nueva posición del presidente del país como indiscutible comandante en jefe de la ética mundial en el tiempo de los bárbaros. En la prensa belicista las cosas están aún peor, pero nada hay que decir al respecto porque jalear una masacre tras otra no convoca análisis alguno, solo amerita reproche. Prestando pues atención solo a los melindres, esos atildados equidistantes del vacío, vemos que habitan en el pensamiento adversativo — “sí, pero”—, esa impertinente forma de periodismo y de habitar el mundo obstinada en encontrar una vez y otra la aguja insidiosa en el pajar de lo mullido. El compromiso y la audacia políticas podrán ser evidentes pero no son sinceros, nos dicen, pues el propósito final es táctico y no tiene que ver con la ética ni las reglas del mundo sino con una maniobra de distracción. Nadie explica cómo lo saben por un motivo trivial: hasta el momento, nadie ha podido entrar en la cabeza de los demás.
El periodismo tiene una materia prima inequívoca que no es ambigua ni discutible: los hechos observables. Profundizar en ellos para leer corrientes de fondo e inscribirlos correctamente en este work in progress humano que es la historia de la civilización permite al oficio trascender la dinámica del diario de avisos y el tablón de anuncios —que también son periodismo, cumpliendo con su función de servicio resumible en una socarronería de viejo reportero asturiano: “Lo más importante que escribirás nunca son los sueltos sobre el programa de festejos y sobre los precios del ganado”—. La paradoja con la que aquí jugamos cada semana es la certeza de que profundizar en lo que ocurre exige generalizar, emanciparse del detalle de los hechos y adoptar una mirada somera. Profundizar no consiste en acercarse, en descender a lo oscuro, sino que requiere elevarse, alejarse. El sentido profundo de los hechos no demanda de lupa sino de gafas de sol.
El límite más allá del cual cualquier interpretación es especulativa es pues el mencionado, lo observable. Y los pensamientos, los propósitos, las intenciones no son material perceptible salvo que concurran sincronizados con los hechos. Cuando el análisis se desplaza hacia las motivaciones internas de un actor político, el periodista entra en un terreno en el que no existe verificación posible, nadie puede saber —salvo el propio sujeto y no siempre— si una decisión se tomó por convicción moral, cálculo estratégico, oportunismo o por, más probable, una mezcla de todo ello. De hecho, la política real suele ser precisamente eso, una mezcla de razones nobles y utilitarias. Nuestros procesos, como los del progreso humano, son chapuceros y desordenados, y con frecuencia operamos desde una nebulosa de sinceridad, autosugestión e indulgencia, así que ni siquiera es probable que si pudiéramos leer el pensamiento de un político halláramos respuestas inequívocas a estas cuestiones.
El juicio de intenciones adolece del obstáculo fundamental de no ser falsable. Un periodista puede demostrar si algo ocurrió, pero no puede demostrar lo que alguien quería si no lo verbaliza, con lo que maliciarlo es un ejercicio de psicología especulativa que transparenta el propósito final, que es la sanción moral. Es, entonces, una práctica humana prosaica y amena para las tardes de sillas en la acera y las noches de codos en las barras, pero no es, o no debería ser materia del periodismo digno.
En realidad es aún peor, porque el juicio de intenciones funciona demasiado a menudo como una pose de sofisticación en la que el periodista se presenta como alguien que no se deja engañar por los discursos y que sabe ver detrás de ellos. Porque el cinismo es una estética de la perspicacia que sustituye el análisis por una retórica de la desconfianza. La paradoja condenatoria es que cuanto más descree y malicia, menos información aporta. Explicar una decisión política ética diciendo que todo responde al cálculo electoral es, en realidad, no explicar nada porque toda política democrática tiene dimensión electoral. Señalarlo nada revela, solo introduce un tono de sospecha sobre un hecho que en realidad es esencialmente virtuoso, pues el electoralismo es el predicado del mandato soberano, el test de adecuación de lo que un representante hace a lo que los representados pretenden de él.
Explicar una decisión política ética diciendo que todo responde al cálculo electoral es, en realidad, no explicar nada porque toda política democrática tiene dimensión electoral
Esto nos aterriza en una cuestión de pedagogía democrática elemental, porque en una democracia representativa no elegimos almas sino decisiones. El sistema no está diseñado para evaluar ni premiar la pureza moral de los gobernantes o su sinceridad, porque ellos no encarnan, solo representan. No es el santo que paseamos en las patronales, es el emisario que mandatamos a la política. Su papel no es ejemplar, es consular. Su cometido no es ser sino hacer. Ese es el principio de desconfianza liberal, de ahí que cualquiera sea elegible, pues no ha de ser un repositorio de virtudes, solo desplegar las políticas que lo han llevado al puesto. Lo evaluable de los jerarcas democráticos son las consecuencias tangibles de sus actos políticos. Dicho en términos de filosofía del derecho, cuando un gobernante adopta una política justa por motivos mezquinos, la política sigue siendo justa. Y a la inversa, si adopta una política injusta guiado por las mejores intenciones, el resultado sigue siendo injusto.
La democracia es un sistema de responsabilidad sobre acciones, no sobre propósitos ocultos. Incluso antes de la modernidad ilustrada, este laicismo de la política ya fue postulado por Maquiavelo, en cuya obra aparece la idea de que el gobernante debe ser juzgado por los resultados de sus actos antes que por su virtud interior. Y eso conduce al principio pesimista del liberalismo democrático, explicado a menudo en sus libros por el exsecretario de Estado de Cultura y Agenda Digital, José María Lassalle: las instituciones democráticas existen precisamente porque no podemos encomendarnos a la virtud personal de los gobernantes. El juicio de intenciones es pues irrelevante para la república —y para sus institutos, ya sean el periódico o el senado— porque pertenece al ámbito del templo. Desplaza el debate político real porque en lugar de discutir si una decisión –como la que ha convertido al presidente del Gobierno en un icono mundial del pacifismo responsable– es correcta y apropiada, si beneficia a la población o si es coherente con la política exterior declarada, levantamos una discusión psicológica sobre las supuestas motivaciones, abandonando la política para zambullirnos en una retórica a medio camino entre la novela de intriga y el auto de fe. Es decir, entre la ficción y la magia.
Ese es el contrasentido del periodismo de la sospecha, que presume de pretender el desenmascaramiento de la política pero solo abunda en el empobrecimiento del análisis y en su deslizamiento hacia la fantasía moralizante. Si todo se explica por cálculo, ambición o manipulación, la política deja de ser un espacio de decisiones públicas y se convierte en un teatro de conspiraciones personales. El resultado es un tipo de discurso público que contiene la semilla retórica de todas las teorías conspirativas. Todo es estrategia oculta, nada es lo que parece. Todos mienten, Ockham se revuelve en su tumba y los ciudadanos renuncian a la política.
La tarea del periodismo político es más modesta que todo eso. No consiste en adivinar la santidad de los gobernantes, sino en describir lo que hacen, explicar sus consecuencias y confrontar esas acciones con los principios que dicen defender. Si existe contradicción entre discurso y hechos, el periodismo debe señalarla, pero no necesita inventar una psicología de la especulación para hacerlo. Las intenciones pertenecen al territorio de la interpretación. Las decisiones pertenecen al territorio de los hechos. Y el periodismo —si quiere conservar su estatuto— debería permanecer lo más cerca posible de ese territorio.
Porque la república no es un templo ni la política una liturgia de santidad. La república es una máquina imperfecta diseñada para que hombres imperfectos se gobiernen mediante decisiones verificables. Por eso el periodismo que le corresponde no es el que escruta conciencias sino el que examina actos. Cuando olvida ese límite y se entrega a la especulación de las almas, abandona el terreno de la razón pública y entra en el territorio turbio de la suspicacia conventual. Este oficio menesteroso no administra sacramentos ni expide indulgencias, no absuelve ni condena almas, tarea del confesionario, el patio o el café, donde todo es posible y nada es demostrable. Y cuando nada puede demostrarse, lo que desaparece no es solo el periodismo, también la política.
Buenos actos por malos motivos es el enfoque más compasivo que se puede encontrar en la prensa estupefacta de la Villa y Corte respecto a la nueva posición del presidente del país como indiscutible comandante en jefe de la ética mundial en el tiempo de los bárbaros. En la prensa belicista las cosas están aún peor, pero nada hay que decir al respecto porque jalear una masacre tras otra no convoca análisis alguno, solo amerita reproche. Prestando pues atención solo a los melindres, esos atildados equidistantes del vacío, vemos que habitan en el pensamiento adversativo — “sí, pero”—, esa impertinente forma de periodismo y de habitar el mundo obstinada en encontrar una vez y otra la aguja insidiosa en el pajar de lo mullido. El compromiso y la audacia políticas podrán ser evidentes pero no son sinceros, nos dicen, pues el propósito final es táctico y no tiene que ver con la ética ni las reglas del mundo sino con una maniobra de distracción. Nadie explica cómo lo saben por un motivo trivial: hasta el momento, nadie ha podido entrar en la cabeza de los demás.