“No es tan difícil”. Hablaba en la tele un usuario del servicio ferroviario, desde la Estació de França, en Barcelona. Lo que “no es tan difícil”, según el joven, es organizar el servicio y avisar en tiempo y forma a los viajeros de los horarios de salida y llegada, de los retrasos previstos y de los trenes suspendidos, en mitad del colapso del sistema de Rodalies y con los AVE circulando precavidamente despacio en la línea Barcelona-Madrid, mientras los taludes de carreteras y vías férreas se vencen borrachos de lluvia. La frase, que se ha repetido estos días en distintas variantes pronunciada por viajeros de toda condición, ilustrando informativos de todas las cadenas de televisión, causa estupefacción porque es justo lo opuesto a la realidad: gestionar la complejidad de una red de transportes en un área urbana de Europa Occidental es difícil. Muy difícil. El enfado ciudadano no es novedad y, al menos en cuanto a la red de Cercanías del área metropolitana de Barcelona, abandonada durante décadas, está justificado, pero lo preocupante no es que se le dé altavoz a la simplificación sino la ausencia de respuesta del periodismo. Nadie, en ninguna mesa, en ningún plató, respondió que el primer mundo es un modelo de complejidad, que la característica de lo contemporáneo es la gestión de la complejidad.
Cuando este oficio nuestro da voz al enojo sin explicar la complejidad, no está acercándose a la gente, está rebajando el mundo hasta hacerlo compatible con una expectativa infantil. El devastador mensaje implícito es que la gestión del transporte público debería ser fácil, y si no lo es, alguien ha metido la pata. Pero la realidad técnica —trenes, liberalización, protocolos de seguridad, sistemas interconectados, movimiento continuo, decisiones prudenciales tras accidentes— es cualquier cosa excepto fácil. Y no tiene por qué serlo porque la dificultad no es un defecto, es la condición natural de los sistemas complejos. Es decir, de cualquier sociedad avanzada. Amplificando al usuario indignado sin contraste solo se legitima la fantasía de que el mundo debería funcionar como una App. El prestigio del enojo, elevado a opinión solvente y estado de ánimo de autoridad, convierte la frustración en criterio de veracidad y supone tratar al lector como a un niño al que no se le puede decir la verdad, a saber, que el mundo es complicado y que hay razones para que lo sea. Eximir al ciudadano adulto de tolerar la complejidad y confundir su impaciencia con lucidez es una infantilización de las sociedades que estamos pagando con las vidas que se está cobrando la pérdida de autoestima de la democracia.
Este enfado amplificado —convertido en humor de época, expresado por doquier por ganaderos, comerciantes, rentistas, hosteleros, cazadores, escritores …— está sin excepción protagonizado por ciudadanos del primer mundo acostumbrados a que los sistemas funcionen sin fricción y a vivir cualquier disfunción como una ofensa personal. Y rara vez alguien se detiene a explicar qué es lo que ha cambiado realmente en unas semanas para el colapso del sistema ferroviario —más preciso sería decir, “la impresión de colapso”—, que tras accidentes graves se extreman las precauciones, que multiplicar el número de los servicios y compañías disponibles tiene consecuencias, que los sistemas complejos no funcionan como el mecanismo de un sacacorchos, que la mengua del Estado del Bienestar deja huella en las infraestructuras o que la seguridad tiene costes en tiempo, comodidad y eficiencia. Entonces, la complejidad es invisibilizada y es sustituida por una emoción primaria de altísima rentabilidad política, la ira. Que es vehiculada electoralmente contra la democracia, como está ocurriendo en todos los países occidentales.
Lo vimos también con el accidente de Angrois, en que las decisiones de seguridad provisionales durante la expansión de la alta velocidad unidas a un desgraciado error de un maquinista causaron una tragedia aún mayor que la de Adamuz. Entonces, el error político grave fue la gestión de la crisis, el trato denigrante que se procuró a las víctimas y sus familias. No el accidente. El accidente fue una desgracia y, como todos los accidentes, una concatenación de errores, torpezas, azares y descuidos.
Pero este mismo sarpullido infantil ante la complejidad lo vimos durante el extraordinario apagón de abril de 2025, resuelto por los técnicos en 24 horas, y, antes, a propósito de la contención y respuesta europea a la pandemia de 2020, dos casos de gestión de crisis exitosos y modélicos en cualquier tabla geográfica o histórica que tomemos como referencia.
En este gesto, aparentemente democrático —“dar voz a la gente”— hay un patente sesgo paternalista porque trata al ciudadano no como a un adulto capaz de comprender un mundo difícil sino como a un niño al que se le concede que su frustración es legítima y suficiente. No se le exige entender, se le invita a enfadarse, se le aplaude por ello, y así el periodismo no media entre el mundo y el lector o espectador sino que lo licúa y endulza hasta hacerlo bebible, compatible con una mirada pueril de simplicidad permanente.
Una información correcta no es una multiplicación, es una división. No es suma sino resta. El periodismo no se construye añadiendo sino descartando, merced a una jerarquía de relevancias que exige discriminar, contextualizar y explicar
La objetividad periodística —la ecuanimidad, si prefieren— no es el resultado de sumar subjetividades, como hablamos semanas atrás a propósito del bienintencionado y nefasto periodismo ruralista, que da altavoz y no respuesta experta a las supersticiones, los atavismos, las creencias erróneas y los intereses espurios de ganaderos y cazadores. Como si colocar en un plano de igualdad la queja de un pasajero, la opinión de un técnico y la decisión de un responsable de seguridad produjera, por acumulación, una verdad equilibrada. Pero la objetividad no es un promedio emocional y, si queremos expresarlo en términos matemáticos, una información cierta no es el mínimo común múltiplo de las opiniones sino el mucho más modesto máximo común denominador. Más claro: una información correcta no es una multiplicación, es una división. No es suma sino resta. El periodismo no se construye añadiendo sino descartando, merced a una jerarquía de relevancias que exige discriminar, contextualizar y explicar.
El filme de Sidney Lumet Network, un mundo implacable (1976), escrito por el dramaturgo Sidney Aaron "Paddy" Chayefsky (que le supuso su tercer Oscar a mejor guion), suele citarse como una sátira capitalista sobre el poder corporativo y la manipulación mediática. De algún modo, Howard Beale (Peter Finch), el presentador que pierde la cabeza y hace que miles de ciudadanos abran las ventanas y griten a la noche “¡Estoy más que harto y no quiero seguir soportándolo!”, ha sido interpretado como un héroe trágico, un agitador de conciencias, la voz de alienación ciudadana, la respuesta a la avidez capitalista y al consumismo, pero no es eso lo que Lumet y Chayefsky cuentan en su película, sino lo que el niño caprichoso que habita en nosotros quiere ver, dada la simpatía precivil que sentimos por la irritación, la autoridad que le regalamos a la gente enfadada.
Beale es, en realidad, un hombre que enloquece y cuya locura resulta extraordinariamente rentable para la cadena de televisión. Su célebre grito, expresión perfecta del humor actual de las sociedades occidentales, no articula ningún análisis del mundo, no propone soluciones, no identifica causas, no distingue responsabilidades y sus discursos encendidos, una vez convertido en predicador de las ondas, son un mero sumatorio de supuestas indignidades e incomodidades inherentes a estar vivo en la modernidad. Beale es pura descarga emocional y precisamente por eso funciona. La televisión, incluso en tiempos tempranos, descubre algo tremendo que el periodismo en general no ha dejado de explotar desde entonces: que el cabreo no necesita comprensión para generar adhesión. Basta con que sea compartido. Beale es seguido por millones de espectadores, no porque tenga razón, sino porque ofrece una comunidad emocional basada en la ira, una liturgia del berrinche. Network muestra cómo la televisión se convierte en una fábrica de enojo infantil, donde la complejidad del mundo es sustituida por sermones simples y emocionalmente satisfactorios. La paradoja es que la película se estrenó en la que todo el mundo considera la Edad de Oro del periodismo estadounidense, la época del Watergarte. Conviene recordarlo hoy, cuando Jeff Bezos –el rey Midas del repartir paquetes– ha asestado una puñalada letal a The Washington Post.
La película anticipa pues la ira genuina e irreflexiva como atajo hacia fórmulas autoritarias y de ultraderecha, como tobogán a la prepolítica. No hay programa sino catarsis y los ciudadanos se transforman en feligreses. El enfado no se canaliza hacia la comprensión del sistema, sino hacia su negación porque resulta intolerable que el mundo sea difícil. Y si es intolerable, alguien tiene que hacerlo desaparecer o someterlo. Cuando hoy el periodismo amplifica el “no es tan difícil” del usuario indignado sin desmontarlo, sin contextualizarlo, sin contradecirlo siquiera, está reproduciendo exactamente esa lógica. Confunde crítica con enfado y lucidez con volumen emocional; y al hacerlo, contribuye a formar votantes incapaces de aceptar que la perfectibilidad de la democracia, que la técnica y la seguridad son lentas, imperfectas y complejas. El progreso humano, como repite nuestro filósofo de cabecera, es el fruto de una virtuosa y constante concatenación de chapuzas. Y nunca ha sido de otro modo.
Los clientes peor educados y clasistas —como sabe todo el que se haya desempeñado detrás de una barra o de un mostrador— son los que piden el libro de reclamaciones, repositorio habitual de las pataletas de un presente que se ha cansado de ser adulto y ahora aspira a volver a berrear y retorcerse en el suelo del pasillo de las chuches.
“No es tan difícil”. Hablaba en la tele un usuario del servicio ferroviario, desde la Estació de França, en Barcelona. Lo que “no es tan difícil”, según el joven, es organizar el servicio y avisar en tiempo y forma a los viajeros de los horarios de salida y llegada, de los retrasos previstos y de los trenes suspendidos, en mitad del colapso del sistema de Rodalies y con los AVE circulando precavidamente despacio en la línea Barcelona-Madrid, mientras los taludes de carreteras y vías férreas se vencen borrachos de lluvia. La frase, que se ha repetido estos días en distintas variantes pronunciada por viajeros de toda condición, ilustrando informativos de todas las cadenas de televisión, causa estupefacción porque es justo lo opuesto a la realidad: gestionar la complejidad de una red de transportes en un área urbana de Europa Occidental es difícil. Muy difícil. El enfado ciudadano no es novedad y, al menos en cuanto a la red de Cercanías del área metropolitana de Barcelona, abandonada durante décadas, está justificado, pero lo preocupante no es que se le dé altavoz a la simplificación sino la ausencia de respuesta del periodismo. Nadie, en ninguna mesa, en ningún plató, respondió que el primer mundo es un modelo de complejidad, que la característica de lo contemporáneo es la gestión de la complejidad.