Los adagios, en un país refranero como el nuestro, han aportado al pueblo sabiduría y bobadas a partes iguales. Y los apotegmas sobre un oficio tan poco reglado y tan contingente como el que desempeñamos nosotros, los impostores, han hecho más mal que bien. Todavía hay veteranos de lo nuestro que subrayan que “noticia no es que un perro muerda a un hombre, sino que un hombre muerda a un perro”. Pues no, no es noticia que un hombre muerda a un perro, solo es raro. Esta banalidad ha hecho muchísimo daño a nuestro desempeño porque tras ella subyace el elogio de lo estrambótico, como si el periodismo fuera una colección de reels de Instagram con gatos que hacen saltos mortales, cocineros que mantienen en equilibrio una olla exprés sobre una cucharilla y chinos que quitan un mantel sin tirar los candelabros. Y sin embargo, el periodismo está concernido por el deber de hacer un retrato fidedigno del mundo que nos envuelve. Por eso, no debe enamorarse de lo raro sin más.
Lo raro, lo excepcional, lo extraordinario, puede ser noticia o no serlo en absoluto y el baremo para distinguir una cosa y la otra ha de ser la jerarquía de su trascendencia. Por ejemplo, hoy en Europa Occidental es casi un imposible que te maten, salvo si eres mujer y tu marido tiene armas y se ha retirado de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado, en cuyo caso tus posibilidades suben incluso por encima de las que tiene de morir asesinada la amante cabaretera de un narcotraficante en una película de Brian de Palma. Por eso, siendo casi imposible, un asesinato es noticia siempre, porque en la modernidad una vida humana es el todo y la violación de este principio sagrado es una afrenta a la propia existencia de la civilización. Un hombre con seis dedos es igual de raro estadísticamente, pero no es noticia salvo para la revista de variedades mágicas conocida como la Nave del Misterio o para los programas de puro entretenimiento banal, que aunque son comunicación, como ya hemos explicado, no son periodismo. Salvo si eres Íñigo Montaya, claro, en cuyo caso el hombre de seis dedos debe tentarse la ropa.
Cuando algo que ocurre es un residuo estadístico, el lugar en que lo colocamos en la jerarquía de la comunicación lanza un discurso sobre el mundo. Por ejemplo, desde el punto de vista estadístico, no existe la ocupación. Y sabemos que, cuando se da, nunca se da en casas con habitantes —si así fuera, sería allanamiento, no ocupación, y la policía desalojaría de inmediato— sino en casas cerradas de promociones fracasadas. El hecho, además de raro, es completamente irrelevante, pues no causa otro daño que vulnerar el amor propio (ni siquiera la cuenta de resultados) de un banco o de un fondo de inversión. En la época más próspera y segura de la humanidad y la región más rica y segura del planeta (dos obviedades que no se recuerdan lo suficiente), ocupar un piso cerrado, mientras la especulación revienta el mercado inmobiliario, podría ser hasta un deber cívico. Un desahucio, en cambio, amén de que es mucho más común estadísticamente que una ocupación, es la vulneración de derechos de una persona o una familia y es un escándalo absoluto que ocurra en Europa Occidental –repito: porque esta es “la época más próspera y segura de la humanidad en la región más rica y segura del planeta” —, pero ocurre. Y debe ser noticia porque no puede ocurrir. No debe ocurrir, que no somos Yemen del Sur.
Lo raro, lo excepcional, lo extraordinario, puede ser noticia o no serlo en absoluto
[Hagamos un excursus sobre este asunto: ¿Por qué los medios prestan cobertura a casos reales o supuestos de ocupación si son, a efectos estadísticos, irrelevantes y, a efectos sociales, banales? La ultraderecha sabemos por qué lo hace, porque vive del miedo y de la satanización del vulnerable. Pero, ¿y los medios? Pues por la publicidad de las empresas de seguridad. Fíjense en que hoy los seguros de hogar incluyen una cobertura antiocupación. Ofrecer un servicio contra una eventualidad imposible es el gran negocio de un sector, el de los seguros, que vive solo y siempre de la sensación de inseguridad. Es cobrar por nada, y eso, sabemos por Adam Smith, es el mejor negocio del mundo. Repasemos: el sector de los seguros (pagar por miedo) tiene que salir adelante en… (exacto) “la época más próspera y segura de la humanidad en la región más rica y segura del planeta”. Es decir, es un negocio cuyo beneficio depende exclusivamente de que usted tenga la sensación de que todo en su vida es precario, frágil y está amenazado, pero se desempeña en una época y en un territorio donde todo es seguro y próspero, luego tiene que inducir la impresión de que no es así o entrará en bancarrota. ¿Por qué? Porque, queridos, su verdadero seguro es el Estado, lo que hace que ustedes puedan volver tarde a casa o dejarse las llaves puestas es la civilización (la policía, la iluminación de las calles, la cultura woke…), no los seguros. Es tan simple que casi da pudor decirlo: los seguros de salud requieren un desmantelamiento previo de la sanidad pública, porque usted no pagará si no se siente desasistido y vulnerable. Si tu negocio es la incertidumbre en la época de mayor certidumbre, necesitas inventarte miedos o fabricarlos].
Tomar el residuo estadístico y publicitarlo de forma alarmista no es más que hacer el caldo gordo al negocio de terceros. Pero es inmoral. Alguien podría haber recopilado casos de familias humildes desahuciadas por prestamistas judíos en el Berlín de los años treinta, porque no cabe duda de que esos casos existirían, dada la actividad financiera y a veces usurera de los financieros hebreos. Seguro que las grandes ciudades europeas estaban llenas de Ebenezer Scrooge en la primera mitad del siglo, pero el villano de Dickens no era miembro de una minoría étnica sobre la que verter odio, así que señalarlo no sería operativo. Sin embargo, publicar ese catálogo de desahucios, por más escasos que fueran, en esos años, entre guetos y pogromos contra los judíos, tiene concretísimas y deliberadas intenciones morales y políticas. Intenciones nazis, por ser más concreto. ¿Y serían mentira esos casos? Seguro que no. Por eso el periodismo no acaba ni empieza en que algo sea cierto o falso, o raro y llamativo como un hombre mordiendo a un perro, sino en la jerarquía y el contexto de los sucedidos.
Pueden aplicar el caso a los migrantes que delinquen, otro hecho estadísticamente despreciable, o a lo que se les antoje, porque el modelo de convertir al hombre mordedor de perros en noticia siempre es útil y siempre es elocuente.
Uno puede publicar un libro sobre mujeres en proceso de divorcio que aprovechan la cobertura de las leyes contra la violencia machista para negociar desde una mejor posición las condiciones de la separación. Son un residuo estadístico, pero eso no convierte esos casos en falsos. Pero si lo hace en mitad de una masacre constante de mujeres asesinadas por plantar cara a la dominación milenaria de sus maridos, lo que está haciendo no es defender al vulnerable sino coger la anomalía estadística, lo irrelevante e improbable —como una empresa de seguros en un mundo seguro— y usarla para potenciar un negocio y una agenda políticos muy concretos. Y muy transparentes.
Así que lo raro no siempre es noticia. La sinvergonzonería, sí.
Los adagios, en un país refranero como el nuestro, han aportado al pueblo sabiduría y bobadas a partes iguales. Y los apotegmas sobre un oficio tan poco reglado y tan contingente como el que desempeñamos nosotros, los impostores, han hecho más mal que bien. Todavía hay veteranos de lo nuestro que subrayan que “noticia no es que un perro muerda a un hombre, sino que un hombre muerda a un perro”. Pues no, no es noticia que un hombre muerda a un perro, solo es raro. Esta banalidad ha hecho muchísimo daño a nuestro desempeño porque tras ella subyace el elogio de lo estrambótico, como si el periodismo fuera una colección de reels de Instagram con gatos que hacen saltos mortales, cocineros que mantienen en equilibrio una olla exprés sobre una cucharilla y chinos que quitan un mantel sin tirar los candelabros. Y sin embargo, el periodismo está concernido por el deber de hacer un retrato fidedigno del mundo que nos envuelve. Por eso, no debe enamorarse de lo raro sin más.