El periodismo cultural ha sido durante muchas décadas un remanso de paz. Rara vez una controversia alteraba las aguas calmas del día a día y cuando lo hacía, ese pequeño oleaje se convertía en noticia en sí mismo. Salvo la crítica, ese púlpito que frunce el ceño de quien lo ejerce y que muchos de sus actuantes entienden —equivocadamente— que se prestigia en administrar desdén y oprobio, la especialidad se ha desempeñado mayormente sin conflicto. Porque trabajaba desde el entendido de que se traía a las páginas de la sección (o al espacio de emisión, en su caso) aquello que era digno de difusión, las creaciones o productos —son la misma cosa, el uso de uno u otro solo delata la postura del meñique del que escribe— que podían enriquecer al público o proporcionarle solaz y esparcimiento. Pero esa paz lleva tiempo perturbada.
Esta semana, el periodista Álex Grijelmo señalaba un inequívoco fenómeno del presente, la hibridación de los géneros en un formato informe y ambiguo llamado “pieza”, un proceso que puede ser leído como una degradación del oficio o como un simple proceso de maduración, acelerado por el hecho de que nunca se había hecho tanto periodismo. Ni tanto periodismo bueno. Ni tanto periodismo malo. A priori, es discutible si es un fenómeno decadente y exige un análisis de cada “pieza” saber si asistimos a una depauperación o a un simple efecto de la mayoría de edad, pues esta disolución de las categorías, esta contaminación, es algo que apreciamos también en otras formas de expresión que se van haciendo mayores y ganando sofisticación, como ocurre en la narrativa. En la literatura o el cine, el desbordamiento y la promiscuidad de los géneros es cosa sabida y se considera un efecto medular de la mayoría de edad. La prueba son las 16 candidaturas al Oscar que tenía este año Los pecadores (2025), de Ryan Coogler, una crónica de la segregación racial mechada de vampirismo. Historicismo fantástico, si tal cosa existiera. Pero si no existía, ahora existe. Así que seguramente sea las dos cosas al tiempo: degradación y madurez.
No es casual que construir muros sea la actividad preferida de todas las ultraderechas, en la frontera mexicana, en la húngara, en los territorios ocupados por Israel o en el Mediterráneo todo él
La hibridación y la disolución de categorías es pues inequívoca de todo proceso de consolidación y crecimiento, de todo viaje a la complejidad, y de hecho la reacción contra la modernidad se caracteriza precisamente por reclamar un retorno de las categorías netas, como vemos en fenómenos diversos, desde el segregacionismo social inherente a toda melancolía neofascista hasta el feminismo nostálgico de la gente mayor, que repudia el género como algo distinto del sexo. Como subrayaba el reaccionario y belicoso soldado Patrick Zevo (LL Cool J.), hijo del teniente general Leland Zevo (Michael Gambon), cuando reivindica las bandejas metálicas del comedor del cuartel, en las que los guisantes de la guarnición estaban acuartelados y no se mezclaban con la carne ni el flan, en la fecunda Toys (Fabricando ilusiones) (1991), de Barry Levinson, todo hombre de orden quiere compartimentos estancos y empalizadas. No es casual que construir muros sea la actividad preferida de todas las ultraderechas, en la frontera mexicana, en la húngara, en los territorios ocupados por Israel o en el Mediterráneo todo él. El muro es el fetiche del pensamiento antimoderno porque es la única garantía de mantenimiento de las categorías comprensibles y cinceladas por la tradición. Supongo que no hace falta explicar por qué, en este escenario, todo el reaccionarismo, de izquierdas y de derechas, masculino y femenino, odia al unísono las definiciones de género no binarias o al colectivo trans en su conjunto, no digamos ya el “género fluido”. Lo queer, en su festiva disolución de fronteras, es pues el gran enemigo de los añorantes de un mundo estabulado. La modernidad es mestiza, está llena de advenedizos, los sangre sucia, en terminología de J. K. Rowling, quien, paradójicamente, ha acabado convertida en uno de los arietes de ese mundo rancio y de las categorías cerradas que le enseñó su abuela.
Frente al tiempo circular del pasado premoderno, donde uno nacía y moría en un mismo mundo y estamento exactos e inmóviles, condenado a ser lo que fue su padre y lo que tendrían que ser sus hijos, el desarrollo de la modernidad, impulsado por la idea de progreso —el paso del mundo circular al mundo lineal—, introdujo cambio, hibridación y mestizaje. Concluyamos pues que, hoy, para evitar el reaccionarismo, conocer las categorías es mucho más importante que construir diques entre ellas, labor que, en sociedades avanzadas, es tan conducente a la melancolía como tratar de contener agua en un cesto.
Eso no significa que las categorías sean inútiles o que toda promiscuidad entre ellas sea virtuosa o conveniente, de ahí la alarma de Grijelmo, pero lo que sí resulta obvio es que la mescolanza es legítima. Como en todo aprendizaje, también en este oficio el ideal es subvertir las normas porque se conocen y se dominan. Violar los géneros porque han sido aprendidos. En el caso del periodismo cultural, la crítica, situada —inmerecidamente— en las almenas del prestigio de los géneros periodísticos, ha empapado de su arbitrariedad la totalidad de disciplinas por una sola razón: es una montura que cabalga hacia la libertad suprema del subjetivismo más caprichoso. Es elocuente de este fenómeno la frecuente renuncia de los reporteros culturales a preguntar en las ruedas de prensa, en pos de transmitir a los asistentes su juicio sobre la cosa en cuestión. “Yo, más que una pregunta, tengo una reflexión” es la bandera con la que quien debe recibir la rueda de prensa la da, para interés de nadie.
La antigua condición de la sección de cultura de mar Adriático de la prensa —un plato inmóvil, soleado, sin olas ni mareas— ha sido sustituida por las mares arboladas del Océano Ártico. Grijelmo disecciona los géneros como una gradación de subjetividades, en los que la información, dice, es el grado cero, y la opinión, el grado diez. La crítica, en lugar de constituirse en una categoría técnica, que exige el dominio de determinadas mañas y conocimientos de la especialidad y su historia —sea literatura, teatro, música, videojuegos o cine— para inscribir correctamente en una tradición una obra, se eleva como un imperio de la subjetividad más ensimismada, en la que una película es tachada de tediosa porque su pase coincide con la emisión de un partido de Champions, y tamaño ejercicio de autoindulgencia es publicado sin que conduzca al despido disciplinario inmediato. Lo cual, por cierto, no es una hipérbole sino un caso ocurrido —repetidamente— en el mismo periódico desde el que Grijelmo clama por la clarificación de los géneros.
El periodismo cultural está, efectivamente, todo él empapado hoy del subjetivismo arbitrario y a menudo iracundo del crítico, bañado en el malestar del que solo atiende a las obras y el juicio y conversación que merecen, como si fuera una revista de la OCU dedicada a evaluar detergentes y hacer con ellos un ranking de calidades y desatendiendo toda la política, la sociedad y la historia inherentes al sector. A nadie parece costarle mucho señalar si tal novela, álbum o película es progresista, feminista o capitalista, pero no parece haber un solo periodista cultural dispuesto a hablar de lo que tienen antes sus narices: saber si la gente del sector cobra según convenio y se respetan sus horarios. Averiguar si la industria audiovisual sigue siendo una estructura de abuso sexual donde creadores entrados en años, carnes y calvas escogen a jovencitas y jovencitos hermosos en obscuros castings en paños menores, en pos de la gloria cultural o para satisfacer la más mundana hambre del voyeur. Nadie del sector se hizo ninguna pregunta incómoda ante la evidencia de que un sesentón Bernardo Bertolucci dirigiera algo como Soñadores (2003), con los veinteañeros Michael Pitt, Eva Green y Louis Garrel desnudos en buena parte del rodaje. Una circunstancia que no es excepcional sino más bien una constante del cine desde su misma invención.
El periodismo cultural está, efectivamente, todo él empapado hoy del subjetivismo arbitrario y a menudo iracundo del crítico
En resumen, si la contaminación de los géneros existe, como denuncia con buen tino Grijelmo, en el periodismo cultural ha hecho que la autoestima del crítico, atada a su subjetividad y desentendida de cualquier otra función periodística, tome la totalidad de los desempeños de la sección. Y eso explica que las entrevistas se hayan ido acercando a las que en política se hacen a los representantes públicos, presididas por la desconfianza y la confrontación, toda vez el político es empleado del lector, y es el periodista el que media para evitar la mentira o el abuso.
Sostiene Grijelmo que la entrevista es un género que, en la escala de subjetividad, puede graduarse hacia la información o hacia la interpretación, según sea una leal suma de declaraciones o una entrevista que tiende a dibujar un perfil. Pero en todo caso, el perfil que se transparente ha de ser el del entrevistado, no el del entrevistador. En ningún lugar está contemplado para ella el juicio encubierto, que se está volviendo demasiado común en las secciones de Cultura. Ocurre que al desaparecer el marco normativo del género, desaparece la función, el rol, y el periodista deja de serlo para esforzarse en ser protagonista. Es decir, la libertad para reescribir el formato solo parece interesante si se usa para desembridar la subjetividad del periodista y lanzarla a competir con el entrevistado.
Desde una célebre y tensa entrevista al youtuber El Rubius en el diario El Mundo, en la que el periodista presumía, en la propia redacción final, de ignorarlo todo sobre su entrevistado —una obscenidad tan innecesaria como la del crítico que quería ver el fútbol y mandar al carajo la película coreana y así lo confesaba en la crítica—, estos duelos al amanecer entre dos subjetividades en tensión se han convertido en materia de interés morboso para los lectores sin que ningún jefe de redacción parezca dispuesto a poner fin al hambre de reality y a la terapia de autoestima del periodista que confunde ser incisivo con ser descortés.
Nick Hornby nos enseñó que lo importante “no es lo que te gustaría ser, lo importante es lo que te gusta”, una sentencia fundamental para entender la diferencia entre el funcionalismo neoliberal (“lo que te gustaría ser”) y el solaz liberal (“lo que te gusta”), entre la imperiosa e imperial identidad (“lo que te gustaría ser”) y el empeño en la felicidad y el gozo (“lo que te gusta”). Entre ser productivo (“lo que te gustaría ser”) y ser feliz (“lo que te gusta”). Por lo que vemos, el mito de que muchos periodistas culturales están del lado del solaz solo por la imposibilidad de estar del lado de la producción arroja monstruos que se enfrentan a los creadores con el rencor de no haber podido cruzar al otro lado. Solo así se explica que algunas entrevistas hayan dejado de ser un dispositivo de comprensión para convertirse en un interrogatorio encubierto, una puesta a prueba moral o incluso una forma de ajuste simbólico de cuentas, como si se hubieran celebrado en una habitación sin ventanas, ante una mesa, una silla y un flexo. Eso parecen muchas de las que está padeciendo el joven novelista David Uclés, que ha cometido el pecado de alcanzar el éxito con solo el concurso de lectores satisfechos y libreros entusiastas. Es decir, sin deber nada a los prescriptores periodísticos. Lo que nos lleva a que quizá la crisis de los géneros periodísticos sea también una crisis de la identidad profesional.
Lo ocurrido con Uclés hace poco en una entrevista para El Diari de Girona es un caso de hibridación, pero habría que recordar al autor del impertinente interrogatorio que, entre los géneros periodísticos, no están el escarnio ni el bullying. Y que si envidia el lugar del joven de la boina, escriba una buena novela y cruce los dedos.
El periodismo cultural ha sido durante muchas décadas un remanso de paz. Rara vez una controversia alteraba las aguas calmas del día a día y cuando lo hacía, ese pequeño oleaje se convertía en noticia en sí mismo. Salvo la crítica, ese púlpito que frunce el ceño de quien lo ejerce y que muchos de sus actuantes entienden —equivocadamente— que se prestigia en administrar desdén y oprobio, la especialidad se ha desempeñado mayormente sin conflicto. Porque trabajaba desde el entendido de que se traía a las páginas de la sección (o al espacio de emisión, en su caso) aquello que era digno de difusión, las creaciones o productos —son la misma cosa, el uso de uno u otro solo delata la postura del meñique del que escribe— que podían enriquecer al público o proporcionarle solaz y esparcimiento. Pero esa paz lleva tiempo perturbada.