Mi padre se está muriendo cada día un poquito. Como cualquiera, en principio, pero él tiene demencia con cuerpos de Lewy. La parte parkinsoniana de la enfermedad provoca que le tiemblen los brazos, las manos, la mandíbula y a veces hasta los músculos que hay debajo de los ojos cuyo nombre desconozco. La de la demencia, que se le olviden las cosas y que viva más que en un presente continuo, en un inmediato fugaz. Por suerte, si es que se puede utilizar esa palabra con este panorama, nos recuerda a quienes estamos más cerca y a mí me está sirviendo para mostrar cariño, algo nada fácil teniendo en cuenta mis recias ascendencias castellana y fang de Guinea Ecuatorial. En mi día a día no suelo tocar ni con un puntero láser a nadie y los dos besos al saludar los doy más al aire que en las mejillas. Sin embargo, a mi padre, de un tiempo a esta parte, le estoy plantando los de toda una vida. Es más, diría que, como le veo vulnerable, le quiero el triple. Mi momento favorito es cuando le despierto de la siesta y él se alegra tanto como si llevara años sin pasar por su casa, pese a que hemos comido juntos y yo misma le he metido en la cama. Lo que hago justo cuando, después de un rato llamándole, abre a medias los ojos –la forma en la que los abre ahora– es contarle las últimas noticias. Desde lo que está sucediendo en Venezuela hasta lo que me ha ido llegando de la Copa África de fútbol que está teniendo lugar en Marruecos. Con eso consigo espabilarle e incluso acompaña mi relato con un montón de “vaaaaayaaaas” cuya duración depende de cuánto le haya impresionado mi relato. Yo procuro currármelo como comentarista, sin rigor, seguro, sin objetividad, claro, pero con épica, para que viva ese momento con emoción.
A veces, ante tamaño aluvión de información, me aprieta la mano, como si quisiera protegerme. A mí, que con mis 50 y pocos kg peso más que él. Otros días, cuando le explicó lo mal que nos ha ido en el fútbol y la reacción de sus/nuestros paisanos, abre mucho la boca y emite carcajadas que solo oye él. Yo, en cambio, tengo que bucear en mi memoria para recordarlas puesto que ya no suenan.
Lo cierto es que una dolencia así no tiene casi nada bonito, un poco como el momento actual que entre la Doctrina Donroe, las amenazas, las invasiones, las persecuciones y desalojos de personas migrantes y los bombardeos, no hay por dónde cogerlo pero, a veces, eliges quedarte con el lince recién nacido en Doñana que han puesto como happy end del informativo para no hundirte y con esos "vaaaayaaaaas" eternos al despertar.
Sí, el mundo fuera explotando por los aires y no dejando títere con cabeza y mientras él y yo haciendo real la peli La vida es bella, conmigo en el rol de Roberto Begnini, sin llevarle la contraria cuando piensa que en lugar de en Alcorcón, nos encontramos en Niefang, Guinea.
El mundo fuera explotando por los aires y no dejando títere con cabeza y mientras él y yo haciendo real la peli 'La vida es bella', conmigo en el rol de Roberto Begnini, sin llevarle la contraria cuando piensa que en lugar de en Alcorcón, nos encontramos en Niefang, Guinea
La postsiesta, sin duda, es nuestro momento. También el de mi madre, que aprovecha mi visita para subir a ver a la vecina de arriba. Antes no se conocían tanto, porque ella y su marido se mudaron hace relativamente poco a un edificio que se construyó hace décadas; sin embargo, últimamente creo que se cuentan la vida y hasta las costuras de un alma llenita de remiendos. Ellas toman su café y se informan punto por punto de las nuevas pérdidas cognitivas en sus compañeros. El suyo empezó más tarde pero ha pegado sprint en los últimos tiempos. Y despotrican, lógico, porque quienes más se comen con patatas esta dolencia cruel son sobre todo ellas y porque sus parejas, tal y como las conocieron, se han ido y no van a regresar. Con todo, también tiran de humor autodestructivo que, en ese momento, les funciona, del “sujétame el cubata”, del “yo tengo una anécdota más fuerte, peor, más jodida” y se ríen dado que lo prefieren a llorar o porque puede que esa tarde ya hayan llorado. Le ponen al mal tiempo buena cara y en esos ratitos –puesto que son ratitos– achican las penas que las inundan por dentro aunque, por fuera, parezca como si nada. Puede que hablen también de Trump y a ellas, fíjate tú por dónde, les sirva para despejarse y salir un poco de las cuatro paredes de la enfermedad que no tienen pero arrastran.
Más allá de lo que viven entre ellas, de esa amistad sueltapenas reciente, está el resto del portal o portales, en plural, de mi calle. Cada vez que me cruzo con alguna de las personas que me conoce desde peque me preguntan cómo anda él y, como a mí se me dibuja un puchero, por mucho que trate de disimularlo, cambian de tema o se sacan de la chistera algún recuerdo de cuando él era él. Tremendo truco que no sana pero es útil para que el dolor se tome un descanso. Sé que lo sienten y que se acuerdan de él tal y como era: despistado, correctísimo y con un acento ecuatoguineano que jamás perdió. Se nota en cada anécdota que me comparten y que me sirve para sumar a mis recuerdos los suyos, para conocerle un poco más, no solo como padre sino como vecino. Por lo que me trasladan, creo que en ese rol también fue guay.
Lo hermoso, en cualquier caso, es que no se quedan en él. Siempre preguntan por mi madre e insisten en que avisemos cuando necesitemos algo. Por desgracia, lo hemos necesitado y en cada ocasión nos han demostrado que su ofrecimiento nunca fue solo una frase hecha. Ahí se han plantado, en el salón de casa, apoyando a mi madre y haciendo barrio a través de los cuidados.
Cuando fuera todo se desmorona, que diría el gran Achebe, fortín de cuidados comunitarios. Como en los momentos humanos de la pandemia, que los hubo, pese a que después… en fin, ya lo están viendo.
Mi padre se está muriendo cada día un poquito. Como cualquiera, en principio, pero él tiene demencia con cuerpos de Lewy. La parte parkinsoniana de la enfermedad provoca que le tiemblen los brazos, las manos, la mandíbula y a veces hasta los músculos que hay debajo de los ojos cuyo nombre desconozco. La de la demencia, que se le olviden las cosas y que viva más que en un presente continuo, en un inmediato fugaz. Por suerte, si es que se puede utilizar esa palabra con este panorama, nos recuerda a quienes estamos más cerca y a mí me está sirviendo para mostrar cariño, algo nada fácil teniendo en cuenta mis recias ascendencias castellana y fang de Guinea Ecuatorial. En mi día a día no suelo tocar ni con un puntero láser a nadie y los dos besos al saludar los doy más al aire que en las mejillas. Sin embargo, a mi padre, de un tiempo a esta parte, le estoy plantando los de toda una vida. Es más, diría que, como le veo vulnerable, le quiero el triple. Mi momento favorito es cuando le despierto de la siesta y él se alegra tanto como si llevara años sin pasar por su casa, pese a que hemos comido juntos y yo misma le he metido en la cama. Lo que hago justo cuando, después de un rato llamándole, abre a medias los ojos –la forma en la que los abre ahora– es contarle las últimas noticias. Desde lo que está sucediendo en Venezuela hasta lo que me ha ido llegando de la Copa África de fútbol que está teniendo lugar en Marruecos. Con eso consigo espabilarle e incluso acompaña mi relato con un montón de “vaaaaayaaaas” cuya duración depende de cuánto le haya impresionado mi relato. Yo procuro currármelo como comentarista, sin rigor, seguro, sin objetividad, claro, pero con épica, para que viva ese momento con emoción.