La guerra del petróleo y la de los troleros

¿De dónde vendrá esta gente, que lleva toda la vida viajando al centro y nunca llega?, se preguntaba Alfonso Guerra cuando era el azote verbal de la derecha española. No sé hasta dónde ha viajado él, pero sí su compañero de fatigas Felipe González, el antiguo icono que ahora deja caer que no votará en las próximas elecciones a su propio partido y aparece en un acto junto al presidente de la Junta de Andalucía, tras convocar este las elecciones autonómicas y, por lo tanto, para apoyarle sibilinamente en el inicio de su campaña. Podrán contarlo como quieran, pero es eso y lo es, además, en un momento delicado para el PSOE, que parece irremediablemente encaminado a volver a perder en un territorio donde lo fue todo y en el que ostentó un poder que parecía invulnerable. Sevilla no empieza en Madrid y el experimento de mandar ministras y ministros a encabezar las listas en otras regiones ha salido rana. ¿Obrará María Jesús Montero el milagro? Desde luego, si lo hace no será con la ayuda del antiguo Isidoro, que se parece a Aznar en ese no saber ser ex presidente que les caracteriza a los dos y que hay que decir que deja en buen lugar a José Luis Rodríguez Zapatero y a Mariano Rajoy, uno en segunda fila y otro en segundo plano, pero ninguno de ellos dando la impresión, como los otros dos, de querer mandar en la sombra, mover hilos o ser un oráculo ideológico que marque el rumbo a sus sucesores. ¿Tienen derecho a opinar? Sí, y nosotros también a hacerlo sobre ellos.

En España, los bombardeos se oyen a lo lejos, pero el griterío del Congreso se escucha muy bien

El disparate de Trump sigue adelante. El monstruo se ha quitado otra vez la careta y dice que no descarta quedarse también con el petróleo de Irán, como ha hecho con el de Venezuela, en este caso gracias a la colaboración de las y los vendedores de patrias que le han abierto las puertas del país. En España, los bombardeos se oyen a lo lejos, pero el griterío del Congreso se escucha muy bien. El Partido Popular empezó apoyando semejante locura, Feijóo habló del derecho internacional como de algo que va detrás de otros intereses, trató de alimentar el bulo de que lo que buscaba Estados Unidos era defender al pueblo iraní masacrado por el régimen criminal de los ayatolás y pensó que eso le dejaba en una posición de estadista, que es el perfil que siempre ha querido dar y cada vez se cree menos gente, incluida mucha de su propia formación. Esa es la verdad, aunque ahora la nieguen: su lema fue “sí a la guerra.”

Sin embargo, la realidad se impuso con contundencia, el apoyo a la postura firme de Pedro Sánchez vino de Alemania, Gran Bretaña, Italia o Francia y cuando en la calle Génova vieron que se quedaban, como siempre, solos y con la ultraderecha, cambiaron de dirección, se subieron al barco de Europa y ahí están, aunque no reman. Y, claro, el ala más extrema de la formación, Ayuso y compañía, se han quedado en tierra y ofrecen medallas y reconocimientos a los agresores, porque ser serviles con el poderoso y autoritarios con el débil se ve que está en su ADN político.

El mundo gira en el sentido que le va bien que lo haga a un genocida como Netanyahu, el verdadero beneficiario de esta nueva masacre. Trump quiere el combustible y el primer ministro de Israel quiere todo Oriente Medio. Es un pastel muy grande, pero casi todos los cuchillos los tienen él y su socio en esta empresa. ¿Es a esa gente a la que apoyan aquí algunos y le baila el agua Vox, sabiendo que cuanto mejor les vaya a los dos abusones peor nos irá a todos los demás, y que aquí de lo que estamos hablando es de petróleo y troleros, de negocios de muchos ceros a la derecha para los que se proclaman salvadores de los mismos a los que matan sus misiles? Afirmativo.

¿De dónde vendrá esta gente, que lleva toda la vida viajando al centro y nunca llega?, se preguntaba Alfonso Guerra cuando era el azote verbal de la derecha española. No sé hasta dónde ha viajado él, pero sí su compañero de fatigas Felipe González, el antiguo icono que ahora deja caer que no votará en las próximas elecciones a su propio partido y aparece en un acto junto al presidente de la Junta de Andalucía, tras convocar este las elecciones autonómicas y, por lo tanto, para apoyarle sibilinamente en el inicio de su campaña. Podrán contarlo como quieran, pero es eso y lo es, además, en un momento delicado para el PSOE, que parece irremediablemente encaminado a volver a perder en un territorio donde lo fue todo y en el que ostentó un poder que parecía invulnerable. Sevilla no empieza en Madrid y el experimento de mandar ministras y ministros a encabezar las listas en otras regiones ha salido rana. ¿Obrará María Jesús Montero el milagro? Desde luego, si lo hace no será con la ayuda del antiguo Isidoro, que se parece a Aznar en ese no saber ser ex presidente que les caracteriza a los dos y que hay que decir que deja en buen lugar a José Luis Rodríguez Zapatero y a Mariano Rajoy, uno en segunda fila y otro en segundo plano, pero ninguno de ellos dando la impresión, como los otros dos, de querer mandar en la sombra, mover hilos o ser un oráculo ideológico que marque el rumbo a sus sucesores. ¿Tienen derecho a opinar? Sí, y nosotros también a hacerlo sobre ellos.