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El rey Arturo y la señorita de Valladolid

Esta semana un ministro ha puesto cara de no creerse el optimismo de un banquero que siempre ha visto más allá del horizonte, y una multidirigente partidaria ha tropezado a la salida del juzgado con amago de darse contra un árbol. Ambas bien pudieran ser la imagen de la semana: duda y tropiezo en política. Pero la escena pública nos ha regalado estos días otro suceso intrascendente bastante más brioso en tanto ayuda a definir escenarios, personajes y dramas políticos presentes: ausencia más sonora y visible que la propia presencia. Un acto que apenas habría trascendido su propio tiempo fugaz se convierte gracias al ausente presente en un escenario de desafecto político.

El president Mas plantó a última hora a los empresarios catalanes en un acto que estaba destinado a presidir pero que finalmente presidió y clausuró la vicepresidenta Saenz de Santamaria. No quería, explicó Mas, sentar un precedente cuando siempre ha sido el president de la Generalitat quien presidía los actos en ausencia del presidente del Gobierno. Y en política, las formas pesan, el orden de los factores si parece que altera el producto.

Pero uno tiene la impresión de que en esta ocasión lo que se altera son los efectos deseados y la decisión, sea personal o fruto de la ocurrencia de un asesor ni mejora la imagen de Más ni, desde luego contribuye al tan necesario como complicado diálogo político en estos tiempos de desafecto.

¿Qué ha conseguido Artur Mas con su gesto de rey ofendido? En primer lugar, afear y quizá irritar a los empresarios catalanes, un colectivo que, salvo alguna excepción, guarda de momento un expectante silencio ante el llamado "proceso soberanista". No se si cuenta o quiere contar con ellos, pero probablemente el empresariado catalán sea importante en cualquier proceso político o social en Cataluña. En segundo lugar, está su desconsideración hacia el Gobierno español; políticamente es comprensible y hasta cabe esperarlo, más en un escenario de crisis política como la presente, pero aunque uno discrepe o hasta le desagrade un gobierno como el de Rajoy, merece el respeto institucional como gobierno democrático que es. Tampoco ahí el President ha obrado con tino político: no puedes exigir que cumplan a quienes tu demuestras que no lo haces. Cabe también preguntarse si con el gesto Mas ha regalado energía a sus partidarios por la vía de mostrarse firme ante el gobierno de la "nación española". Me malicio que no mucho: plantar a "tus" empresarios por una cuestión de protocolo, autosilenciarte en un foro importante y ante el mismísimo gobierno al que pides cuentas no parece que estimule el respeto a un líder de quien sus seguidores esperan (siempre se espera de ellos) inteligencia y voluntad.

Pero hay más: el gesto va más allá de este tipo de consideraciones más o menos racionales, supera la frontera del debate público y se eleva, como tantos otros en este tiempo, por encima de su propio escenario político y geográfico. Refuerza la impresión de que cuanto más alto gestiona el regidor más lejos está de la sabiduría de la calle, de que no es que haya distancia entre representantes y representados, sino que viven y piensan en mundos distintos, y alimenta con razones que el corazón si entiende, la idea de frivolidad y egoísmo de una clase política que se trabaja a diario la peor de las imágenes posibles.

La dignidad de un líder político no se defiende con un plantón protocolario que roza lo infantil: la dignidad se pelea plantándose ante lo indigno, ante el dolor, la pobreza, el sufrimiento y los abusos. Para mi la dignidad de un gobernante, como la de un periodista o cualquier profesional, es hacer bien tu trabajo, con criterio, generosidad y valentía; escuchar y compartir, hablar y entender. Y si no puedes ni sabes, marchate.

El plantón no es dignidad, es otra cosa, y bien haría el President, como tantos otros políticos, en atender mejor lo que llega de la calle, de una ciudadanía cansada de juegos de salón, que hoy contempla el episodio como uno más que abunda en su convicción de que a esta clase política le preocupa poco más que ella misma y su circunstancia.

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