Es hora de instaurar la semana laboral de cuatro días

8

En el futuro trabajaremos quince horas”. El conocido vaticinio del economista más importante del siglo XX, John Maynard Keynes, acertaba en el diagnóstico, pero erraba en las correlaciones de poder que lo tendrían que hacer posible. Si casi cien años después la productividad por hora aumenta regularmente, mientras que los salarios reales se estancan y, desde hace años, las horas trabajadas no se reducen, ¿dónde acaba ese remanente? En el bolsillo del empresario, naturalmente.

Hoy trabajamos 40 horas a la semana, las mismas que en 1983. Desde entonces, seguimos casi tan lejos de ese horizonte que dibujaba Keynes en 1930. Sin embargo, hace unos días avanzamos —aunque fueran tan solo unos milímetros— en esa dirección cuando, bajo el Real Utopias for a Social Europe: Working Time Reduction and the Four-Day Week, la Comisión Europea organizaba su primer workshop sobre la idoneidad y la implementación del 4 Day Week (semana laboral de 32 horas en cuatro días) en la UE. Entre la miríada de argumentos presentados por algunos de los expertos y expertas en la cuestión, podemos quedarnos con tres: el de salud, el ecológico y, más importante, el de justicia social.

Hazte la pregunta: ¿cuándo fue la última vez que de verdad tuviste tiempo para ti? Ahora imagina qué harías si trabajaras de lunes a jueves, y tuvieras siempre un fin de semana de tres días

En primer lugar, hemos de tener en cuenta la preocupante degradación de la salud física y, sobre todo, mental que han vivido nuestras sociedades. En el caso de nuestro país —como consecuencia entre otros factores del sedentarismo—, la obesidad no ha dejado de crecer a un ritmo alarmante, así como somos el segundo país de Europa con más trastornos mentales. Como desveló el macro-estudio How the reduction of working hours could influence health outcomes: a systematic review of published studies, la reducción de horas en la jornada laboral aumentaba significativamente el bienestar físico y mental de los trabajadores. Hazte la pregunta: ¿cuándo fue la última vez que de verdad tuviste tiempo para ti? Ahora imagina qué harías si trabajaras de lunes a jueves, y tuvieras siempre un fin de semana de tres días. La semana de cuatro días significa más tiempo para ti, para pasar con tu familia y amigos tiempo de calidad, para hacer deporte, para dedicar tiempo a tus hobbies.

En segundo lugar, la semana laboral de cuatro días contribuiría a reducir las emisiones de carbono. Para ser exactos, en torno a un 20%, según un estudio realizado con datos del Reino Unido. Esta disminución se derivaría de reducir el gasto energético (en particular en sectores electro-intensivos) y en reducir los desplazamientos al trabajo (una de las principales fuentes de emisión de CO2), pero también de los efectos indirectos de una mejor salud y, sobre todo, de tener un día libre más (que, como se demostró en Francia con la reducción de la semana laboral a 32 horas, se asocia con actividades menos contaminantes).

En tercer lugar, pero más importante: es necesario adoptar la semana de cuatro días por una cuestión de justicia. Se viene dando una traslación de los beneficios del aumento de la productividad por parte de los empresarios de la reducción de la jornada laboral (i.e., si los trabajadores producen más por hora, deberían trabajar menos horas) al beneficio corporativo (i.e., si los trabajadores producen más por hora, manteniendo el total de horas trabajadas sin subir salarios aumentas los beneficios corporativos). Este proceso no sólo ha aumentado las desigualdades de renta desde los años ochenta; también se ha traducido en que la gente sigue trabajando tanto como hace décadas. La única manera de revertir esta tendencia es a través de una intervención pública, puesto que, como señaló Juliet Shor—una de las mayores expertas en esta cuestión— en el seminario de la Comisión Europea: “sin intervenciones públicas, hay presiones estructurales por parte de la economía de mercado para convertir aumentos de la productividad en aumentos de beneficio en lugar de en reducciones de jornada”. Algo que solo podemos lograr a través de las urnas.

Hace unas décadas, el fin de semana de dos días era una utopía. Trabajemos para que la jornada de cuatro días se convierta también un derecho. 

En el futuro trabajaremos quince horas”. El conocido vaticinio del economista más importante del siglo XX, John Maynard Keynes, acertaba en el diagnóstico, pero erraba en las correlaciones de poder que lo tendrían que hacer posible. Si casi cien años después la productividad por hora aumenta regularmente, mientras que los salarios reales se estancan y, desde hace años, las horas trabajadas no se reducen, ¿dónde acaba ese remanente? En el bolsillo del empresario, naturalmente.

>