Si te preocupa la inflación, es hora de invertir en la transición ecológica

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Hace veinte años, fue el Aserejé de Las Ketchup. Hace un lustro, Despacito. Este 2022, parece que la canción del verano será la vuelta de la inflación. Esta semana el INE confirmaba el peor dato de inflación en casi cuarenta años tras una subida de los carburantes del 40%. La inflación es, de alguna manera, como el estrés para nosotros: algo de inflación en momentos de crecimiento no tiene por qué ser mal síntoma, pero si se descontrolan sus efectos pueden ser extremadamente nocivos. En el caso de la inflación, el riesgo de que siga creciendo es el de entrar en una espiral de aumento de precios-salarios y del desempleo que den lugar a la estanflación, una situación que se dio en los años setenta. Pero ¿hemos llegado hasta ese punto?

El diagnóstico es complicado. En este momento, el aumento de la inflación se debe más a la resaca económica del covid-19, producida por el desajuste entre oferta y demanda entre 2020 y 2022, y por la ruptura de las cadenas de suministro, extremadamente frágiles en una economía hiperglobalizada. Asimismo, la guerra en Ucrania ha empeorado la ya precaria situación de las cadenas de suministro globales, encareciendo (como consecuencia de las sanciones y de la propia guerra) el precio de la energía y los combustibles, y, por tanto, el precio del transporte de alimentos. Es por ello por lo que muchos analistas insisten en que esta es una situación diferente a la inflación al uso. Jorge Tamames, investigador en el Real Instituto Elcano y fellow de Future Policy Lab, señala que “sería más correcto hablar de shock de precios que de inflación, puesto que se da fundamentalmente en el precio de la energía y luego se traslada a todos los precios”.

Pese a ello, el miedo a una situación similar a la de la década de los setenta ya ha llevado a la Reserva Federal y al Banco Central Europeo a subir los tipos de interés (es decir, el crédito disponible) para enfriar la economía. Pese a que esto parece acertado en el corto plazo, resulta esencial ampliar el abanico de medidas para hacer frente a la inflación, sobre todo cuando hoy podemos invertir la máxima de Milton Friedman para afirmar que la inflación nunca es un fenómeno exclusivamente monetario. Afrontar la inflación requiere intervenirla desde la perspectiva de la demanda (subiendo los tipos de interés), pero hoy también la oferta. Y la mejor manera de hacerlo es invirtiendo en políticas de la transición ecológica.

Hoy tenemos el desafío de superar viejos dogmas económicos para dar una respuesta diferente: una agenda democrática, industrial y verde para hacer frente a la preocupante inflación

Este proyecto tendría diferentes caras. En el corto plazo esto requeriría introducir impuestos a los beneficios caídos del cielo (“windfall tax”) sobre los elevados beneficios actuales del petróleo y el gas natural para destinar esos ingresos a la aceleración de la transición energética. En el medio plazo, las más evidentes serían aumentar la inversión en energías renovables para reducir el apalancamiento energético de nuestra industria (reduciendo así los costes de producción), electrificar vehículos a nivel europeo para reducir nuestra dependencia del precio de los combustibles, y aislar viviendas y oficinas. Además de matar dos pájaros de un tiro —el de la inflación y el de la crisis climática—, esto sería viable económicamente, puesto que podrían invertirse los fondos de recuperación provistos por la Unión Europea. Además, esta estrategia permitiría hacer frente a la inflación mientras se invierte en infraestructura, se desarrolla un sector constructor nacional que ya es competitivo en todo el mundo y se estimula la creación de nuevos empleos. Como señala Jorge Tamames, una inversión pública fuerte en este tipo de infraestructura “permitiría utilizar los fondos NextGEN para desarrollar un know-how que haría a nuestra industria más competente a nivel internacional”. En suma, un dique contra la inflación que al mismo tiempo permita luchar contra el cambio climático y desarrollar el músculo industrial de nuestro país.

Movilizar una agenda verde para hacer frente a la inflación no es solo acertado en términos de eficiencia económica, también representa una manera de aprovechar una tendencia inflacionaria para profundizar en reformas que beneficien a la mayor parte de los ciudadanos. Como decíamos, hablar de inflación suele evocar aquellas colas de vehículos de los años setenta, una década que terminó con la autonomización de los bancos centrales del poder político, puesto que se consideraba que solo así serían capaces de introducir políticas necesarias pero impopulares. Sin embargo, como explica Adam Tooze, “los bancos centrales independientes no estaban realmente por encima de la política”; sino que se convirtieron en “la extensión de la política conservadora por medios tecnocráticos y no democráticos”. Hoy tenemos el desafío de superar viejos dogmas económicos para dar una respuesta diferente: una agenda democrática, industrial y verde para hacer frente a la preocupante inflación.

Hace veinte años, fue el Aserejé de Las Ketchup. Hace un lustro, Despacito. Este 2022, parece que la canción del verano será la vuelta de la inflación. Esta semana el INE confirmaba el peor dato de inflación en casi cuarenta años tras una subida de los carburantes del 40%. La inflación es, de alguna manera, como el estrés para nosotros: algo de inflación en momentos de crecimiento no tiene por qué ser mal síntoma, pero si se descontrolan sus efectos pueden ser extremadamente nocivos. En el caso de la inflación, el riesgo de que siga creciendo es el de entrar en una espiral de aumento de precios-salarios y del desempleo que den lugar a la estanflación, una situación que se dio en los años setenta. Pero ¿hemos llegado hasta ese punto?

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