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El trabajo sucio

La Europa del presente es la Europa de la ignominia. Lo que antes alimentaba esperanza ahora sólo provoca ira.

La Europa de hoy carece de una unidad en la que ya no cree casi nadie, y aquella vieja idea de apertura y solidaridad se está terminando de ahogar en el Mediterráneo turco y el barrizal griego.

De lo inútil de las palabras y lo inmoral de los actos, da buena cuenta el que tan sólo 18 de los 15.000 refugiados que íbamos a recibir en España están ya aquí. Dieciocho. Y alguno de ellos tiene todavía muchos problemas para poder traerse a la familia.

En el mundo de la interconexión y el progreso basado en el estímulo y la cercanía, Europa y los europeos tratamos la cuestión de los refugiados (migrantes dicen ahora los amigos de las etiquetas que buscan lo indoloro y lo insípido) como si fueran ropa de saldo o como mucho ganado de oferta. Hay niños, hay mujeres, hay hombres como cualquiera de nosotros o nuestras familias, tan desesperados y perdidos como para perderlo todo en una aventura que pone en riesgo la vida de sus propios hijos. Sólo eso debería darnos una idea de lo enloquecido e insoportable de su situación. Para nosotros son cuotas y porcentajes, y pretendemos que la solución al problema llegue metiéndolos en hojas de cálculo.

Porque eso hemos hecho con Turquía, ese país que cierra periódicos disidentes y criminaliza a mujeres que se salen de la norma islámica, un acuerdo de Excel: “ Tu acoges a los que no sean sirios, nosotros recibimos tantos de éstos como te quedes tú de los otros, y te damos 6.000 millones y pasaporte a tus nacionales y abrimos la mano en la negociación”.

Hace algunos meses Bruselas elevaba la voz ante la acción inhumana de países miembros como Hungría. Era una voz tibia, pero permitía pensar que en Europa quedaba algún resto de dignidad institucional. Un espejismo, porque hoy este acuerdo aún provisional con Erdogan se parece más a la idea húngara de trato al extranjero que a la Europa abierta y solidaria.

Con todo, va a ser un organismo internacional el que obligue a Europa a recortar la dimensión de la afrenta, porque Naciones Unidas ya ha dicho que el acuerdo se carga la Convención de Ginebra sobre refugiados –tienen que ser enviados a un país seguro y Turquía no lo parece– e incluso –le recuerda a Bruselas– la propia Carta Europea de Derechos Fundamentales que prohíbe las expulsiones colectivas.

Los grupos y las instituciones, como los seres humanos que los componen, se retratan en los momentos críticos. Y está por ver que la Europa que aspira a la unidad de algo más que mercado sea capaz de resolver alguna crisis importante sin poner por delante los intereses nacionales de cada cual y las miserias singulares y colectivas de quienes se ven obligados a tomar decisiones.

Todo es mentira, Europa es una farsa.

Nos engañamos a nosotros y nos creemos el engaño. Estamos enviando a miles de seres humanos a la destrucción que comenzaron los grupos terroristas a los que llamamos enemigos. Son hombres como nosotros, mujeres como nosotros, niños como los nuestros. Bastaría que pudiéramos mirar estas tierras poco más de medio siglo atrás para comprobar cuánto se parecen a nosotros, a nuestros padres y nuestros abuelos.

La Europa del euro es un mercado abierto que se reserva el derecho de admisión y pone a vigilarlo a un portero del que no se fía para entrar en el local, pero sabe que le hará el trabajo sucio.

Eso es cobardía, eso es ignominia. Eso es su final.

Pico de oro

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