El escudo de la política

Cuando los procesos de la historia pretenden borrar las justificaciones de un escudo social, conviene que nos tomemos en serio la necesidad de un escudo político, la política como forma de defender los derechos cívicos que dan sentido a las palabras maltratadas: libertad, igualdad, fraternidad…

El aire que respiramos nos dice que vivimos un tiempo en el que Europa está fuera de lugar o está de sobra. Después de la Segunda Guerra Mundial, superada la violencia totalitaria que se alimentaba con los discursos de odio, las identidades cerradas y los desequilibrios económicos, se formó un proyecto de vida en el que la democracia social comprendió que la defensa de la libertad política era inseparable de la preocupación por facilitar estrategias que buscasen una mayor igualdad. Europa buscó una forma de ser que se correspondiese con su manera de estar en los derechos sociales, la sanidad pública, la educación y la dignidad laboral. Siempre, claro está, hubo desigualdades e imperfecciones, pero la veleta del viento en los tejados de Europa identificaba el progreso con la preocupación por un bienestar compartido.

Decir Europa en la España de la dictadura franquista suponía el deseo de salir de un subdesarrollo económico doloroso y de unas imperantes desigualdades caciquiles. La conquista de la democracia fue inseparable de la entrada en Europa. Las maletas de los migrantes se sustituyeron por los acuerdos, una idea activa de comunidad, la participación en instituciones que formaron parte de nuestras costumbres políticas en la palabra nosotros.

A la hora de discutir sobre la derecha y la extrema derecha, sobre los debates políticos que marcan las actuaciones nacionales e internacionales, conviene tener en cuenta que el proyecto europeo se ha convertido en una molestia. El mundo de hoy mide el poder de los viejos autoritarismos con la nueva dictadura de los millonarios, la deriva del capitalismo neoliberal hacia formas económicas radicales que se fundan en la ley del más fuerte y en prepotencias identitarias que rompen el multiculturalismo, la justicia internacional, el respeto a los derechos humanos y los deseos de igualdad en el interior de los proyectos políticos.

Los problemas políticos en el interior de la extrema derecha suponen la necesidad de sustituir las viejas mitologías identitarias por las exigencias de la nueva dictadura de los millonarios

Se trata de una mezcla fácil de entender, aunque se base en la confusión y el descrédito de la política como escudo social. Los grandes oligarcas de la economía, que hoy cuentan con el envenenamiento del aire que respiramos a través de las redes sociales, consideran como enemigo a cualquier Estado que pueda fijar normas, establecer impuestos y regular una convivencia fundada en el derecho a la igualdad. La libertad entendida como la ley del más fuerte respeta poco la diversidad, cualquier mandamiento social que intente someter las avaricias individuales a una idea de justicia social. La democracia social y los compromisos políticos quedan así trasnochados, obsoletos, fuera de lugar, en una inercia que oculta las discusiones sobre la realidad y saca partido a los escándalos. Parece que hablar de política es hablar de corrupción, deshonestidad, un teatro que nada tiene que ver con la vida de la gente.

Conviene, pues, mirar al mismo tiempo hacia la vida de la gente y hacia las discusiones políticas. El protagonismo de la extrema derecha depende hoy de su fuerza de conexión con los nuevos oligarcas en la dictadura de los millonarios que no tiene escrúpulos religiosos ni políticos a la hora de apoyar un genocidio, bombardear un país o infectar las convivencias nacionales. Los problemas políticos en el interior de la extrema derecha suponen la necesidad de sustituir las viejas mitologías identitarias por las exigencias de la nueva dictadura de los millonarios. Los patriotas españoles se ponen ahora al servicio de lo que representa Donald Trump. Y los problemas de la vieja derecha democrática tienen que ver con la necesidad de abandonar sus principios conservadores europeos y asumir una actitud antidemocrática para no quedarse fuera de juego en la nueva dinámica.

Tomarse en serio la política supone comprender que la democracia social puede quedarse fuera de juego, y eso afecta tanto a la izquierda como a la derecha democrática. Intentemos no olvidar que un escudo político democrático y riguroso es lo único que puede salvarnos de la ruptura del escudo social que quiere imponer el activismo dictatorial de los millonarios a la hora de impedir políticas sociales en asuntos como el derecho a la vivienda, la sanidad, la educación y la dignidad laboral. 

Y esos son nuestros asuntos.

Cuando los procesos de la historia pretenden borrar las justificaciones de un escudo social, conviene que nos tomemos en serio la necesidad de un escudo político, la política como forma de defender los derechos cívicos que dan sentido a las palabras maltratadas: libertad, igualdad, fraternidad…

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