Qué estoy haciendo aquí

Escribir supone una responsabilidad en relación con la propia conciencia y con el diálogo que se merecen los lectores. Leo las memorias que acaba de publicar Benjamín Prado, Qué estoy haciendo aquí (Alfaguara, 2026) y me emociona recordar, volver a vivir algunos episodios compartidos a lo largo de una amistad que dura ya 45 años. Carcajadas, risas, sonrisas, lágrimas, llantos, aparecen y desaparecen en las escaleras que suben y bajan por la vida. Nos conocimos por azar en una cafetería de Granada. Benjamín dice que a sus mejores amigos los ha conocidos en los bares, lo cual habla mucho de nuestras costumbres, y la verdad es que esas han sido nuestras costumbres. Pero aquel día, en realidad, yo estaba hablando de trabajo con otro escritor en una cafetería de Granada y tomaba un café con leche a media mañana, no una copa a altas horas de la noche, esa noche en cuerpo y alma que tantas veces hemos compartido con Joaquín Sabina, Ángel González, Chus Visor o Almudena. Para decir la verdad, nuestra verdad verdadera, a veces las anécdotas deben acercarse a la ficción y representarnos en un sentido amplio de la existencia, sin someterse a un hecho concreto.

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Más allá de los recuerdos, la lectura me interesa por los buenos procedimientos literarios con los que Benjamín cuida la elaboración de sus memorias. Los libros son lo contrario del miedo y de la soledad, escribió en un poema. Salir a escena supone un acto de valentía que necesita cuidados. Escribir recuerdos supone asumir la necesidad de conocerte y de saber quién eres, porque no bastan las respuestas fáciles o simplificadoras. Supone también escribir a cuatro manos, porque el yo se desdobla en sus sombras para que la conciencia vigile y controle las palabras. Supone pedir tiempo, huir de la prisa que nos rodea, comprender que la vida no es una mercancía de usar y tirar y que la cultura representa el valor de un pasado que camina hacia nosotros. Día a día necesitamos un esfuerzo para regresar al futuro, a la ilusión de un futuro. Escribir memorias, además, supone comprender lo que nos enseñó Gertrude Stein: “Ya no existe un aquí-aquí”. Pasan los años, desaparecen muchas personas, muchas situaciones que conformaban nuestro presente, y debemos asumir que nos envuelve el vacío y que, a falta de la palabra siempre, podemos aspirar a resistir, pero no a ser lo mismo que fuimos. Es algo que se agrava cuando una enfermedad nos amenaza. Sentimos la necesidad de salvar los recuerdos.

Escribir recuerdos supone asumir la necesidad de conocerte y de saber quién eres

Benjamín va recordando cosas y comprendemos que la vida es un azar, una sucesión de sorpresas y posibilidades abiertas, así que necesitamos encontrar las claves que ordenen las curvas de la existencia, el argumento que nos ayude a encajarnos en el relato de nuestra memoria. Detrás del regreso al futuro que implica el amor por sus hijos, detrás de los sentidos del presente que definen sus poderosos sentimientos de amistad, la clave que ordena la memoria de Benjamín es la vocación literaria. Su labor como escritor y sus trabajos en periódicos, radios, revistas e instituciones, como un militante y protagonista cultural, le han llevado a establecer con mucha gente relaciones que pasaron de lo profesional a la amistad. Las escenas compartidas con García Márquez, Cela, Vargas Llosa, Ana María Matute, Paul Auster, Javier Marías, Patti Smilth, Felipe Benítez Reyes… cubren unas páginas cargadas de recuerdos notables.

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Pero esos recuerdos cobran sentido en el niño que se aficionó a la literatura mientras su madre veía en la televisión las series basadas en novelas famosas o las obras de Estudio 1. Y se cargan de significación cuando dos profesores, en un colegio y un instituto, consiguen contagiarle el amor por los libros, todo lo que cabe en las palabras, el compromiso de la literatura con la vida, que es inseparable de un compromiso con cualquier debate que afecte a la sociedad. En las novelas protagonizadas por Juan Urbano, que envuelven sus tramas con acontecimientos históricos muy conocidos, Benjamín procura asumir las necesidades de la ficción sin caer en las falacias y en las falsificaciones de los hechos. Ese es también el reto que asume en sus propias memorias.

Como lector, como amigo, como compañero de naufragios y orillas, me pregunto con Benjamín ¿qué estoy haciendo aquí? Y me respondo a mí mismo que no lo sé del todo, porque eso nunca se sabe, pero que mi vida encuentra sus mejores significados en el amor por mis hijos, en la vocación literaria y en la suerte de contar con personas que me han acompañado siempre, a lo largo de los años difíciles, sin que mis propios errores hayan supuesto una barrera. 

Escribir supone una responsabilidad en relación con la propia conciencia y con el diálogo que se merecen los lectores. Leo las memorias que acaba de publicar Benjamín Prado, Qué estoy haciendo aquí (Alfaguara, 2026) y me emociona recordar, volver a vivir algunos episodios compartidos a lo largo de una amistad que dura ya 45 años. Carcajadas, risas, sonrisas, lágrimas, llantos, aparecen y desaparecen en las escaleras que suben y bajan por la vida. Nos conocimos por azar en una cafetería de Granada. Benjamín dice que a sus mejores amigos los ha conocidos en los bares, lo cual habla mucho de nuestras costumbres, y la verdad es que esas han sido nuestras costumbres. Pero aquel día, en realidad, yo estaba hablando de trabajo con otro escritor en una cafetería de Granada y tomaba un café con leche a media mañana, no una copa a altas horas de la noche, esa noche en cuerpo y alma que tantas veces hemos compartido con Joaquín Sabina, Ángel González, Chus Visor o Almudena. Para decir la verdad, nuestra verdad verdadera, a veces las anécdotas deben acercarse a la ficción y representarnos en un sentido amplio de la existencia, sin someterse a un hecho concreto.

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