Maldito idioma

Después de la descalificación del idioma español que ha hecho Donald Trump, conviene llamar la atención sobre algunas cosas.

En primer lugar, me parece importante valorar la lengua inglesa, su importancia internacional y la calidad literaria que nos ha regalado a los lectores. Los admiradores de Shakespeare hemos encontrado en sus palabras una manera decisiva de preguntarnos, de sentir el amor, la injusticia, el miedo a la muerte y la realidad de los matices humanos a la hora de convivir con los héroes y con nosotros mismos, con la perfección y con las carencias. La historia es una suma, un sigue, que no puede olvidarse de las restas y las divisiones. ¿Qué ángel llevas oculto en la mejilla? ¿Qué voz perfecta dirá las verdades del trigo? Eso se preguntó García Lorca en su Oda a Walt Whitman, cuando buscaba un modo poético de denunciar en Poeta en Nueva York las consecuencias económicas y políticas del capitalismo norteamericano. Fue un maestro para Federico el poeta que había paseado y escrito en inglés por las calles de Brooklyn, como Eliot y Auden fueron maestros imprescindibles para la mejor poesía española de posguerra. La literatura inglesa es una maravilla, aunque se olviden de ella los que sólo aprenden inglés para situar negocios multinacionales y poco humanos en las ambiciones de la speculation.

En segundo lugar, las críticas al idioma español de Donald Trump no son un ataque a España, o a México, o a Colombia, porque el español es un idioma propio de los EEUU. Según los informes del Instituto Cervantes, hay más de 60 millones de ciudadanos americanos de origen hispánico, de los cuales más de 40 millones mantienen el español como lengua materna. Así que cuando Trump desprecia el español, el idioma "maldito", y lo borra de la página web de la Casa Blanca, y promueve políticas de desprestigio en las escuelas, ataca sobre todo la diversidad de su ciudadanía en nombre de una identidad cerrada. El ataque al español en EEUU es el ejemplo más claro de la deriva neoliberal hacia el autoritarismo ideológico, confundiendo la libertad con la ley del más fuerte.

Cuando Trump desprecia el español, el idioma "maldito" (...), ataca sobre todo la diversidad de su ciudadanía en nombre de una identidad cerrada

En tercer lugar, llama la atención que muchos hablantes hispanos, que aprendieron a amar a su familia y pedir pan en su idioma materno, muestren simpatías y apoyos a quien desprestigia el español. Coinciden en esa traición íntima representantes de la derecha española del PP y Vox, personajes como Milei y Bukele, cubanos identificados con Miami y protagonistas hispanos del capitalismo internacional. Traicionar a Castilla, al castellano, al español, a La Rioja, a Silos, a sus orígenes, a los puertos andaluces que miraron hacia América, a los procesos justos de independencia defendidos en español, no es ningún problema para los tradicionalistas, como tampoco parece problema bombardear hospitales, romper la justicia internacional, matar personas y violar los derechos humanos. El derecho a la propia lengua es uno de esos derechos.

En cuarto lugar, es necesario recordar que Donald Trump sabe lo que hace cuando desprecia el español. Si en su propio país se trata de una identidad importante, que se opone al deseo homogeneizador de su autoritarismo, en el mundo exterior el español es el segundo idioma del mundo junto al hindi, después del chino mandarín. Y cumple un papel decisivo de puente entre Europa y Latinoamérica. Reconocer y respetar el español supone respetar el multiculturalismo y pensar en un mundo que busque en la diversidad de una ilusión común el camino para la paz y la convivencia. El valor del español implica al mismo tiempo que Latinoamérica no debe ser un patio trasero de EEUU y que Europa tiene un valor decisivo a la hora de defender las ilusiones de una democracia social que no confunda el progreso con la avaricia tecnológica de las élites.

En quinto lugar, es bueno no olvidar el calado reaccionario, agresivo, dictatorial, beligerante y genocida que tienen las declaraciones despreciativas contra un idioma, aunque las diga alguien disfrazado de payaso populista. Y en sexto lugar, considero un orgullo que sea España quien le haya plantado cara, con voz en español, al peligro totalitario y bélico que hoy representan los invasores norteamericanos, sus redes sociales y sus armas de destrucción masiva. 

Después de la descalificación del idioma español que ha hecho Donald Trump, conviene llamar la atención sobre algunas cosas.

Más sobre este tema