Caníbales

El viral o la vida

Whatsapps

Ya van nueve. Nueve grupos de whatsapp que me han escupido una alarma similar:

– Terrorismo

– Elecciones

– No es broma

– Es del cuñado/primo/marido de un amigo que es GEO

– Evitad centros comerciales, aeropuertos, estaciones, carreteras

 alerta máxima

Miedo.

Miedo.

Miedo.

“La habitación del pánico”, que era una peli de Fincher y también ese lugar claustrofóbico al que nos empujan el alarmismo, el terror y la inacción.

Entre el miedo y la calle, hay que elegir la vida. Así que, como los adolescentes con los chupitos, cada vez que recibo uno de esos mensajes me pongo el abrigo y salgo; o monto un plan en sitios públicos: teatros, salas de concierto, cines… Sale carísimo enfrentarse al miedo pero compensa.

Conferencias 

El otro día, encima, fue gratis: V. y yo asistimos una conferencia extraordinaria de Yogesh Shara, un tipo luminoso, que no iluminado. Nos enseñó sus herramientas y, sobre todo, nos hizo una pregunta:

– ¿Qué es lo que no podéis vivir sin hacer?

No dijo que es lo que “queréis” hacer, ni qué es lo que creéis que “tenéis” que hacer. Su pregunta era infinitamente más complicada:

– ¿Qué es lo que no podéis vivir sin hacer?

Nadie contestó.

“Yo no puedo vivir sin ser un puente, entre la gente, entre culturas, entre religiones. No puedo vivir sin intentar que las personas se entiendan”, nos contó. Y lo decía de verdad, desde el Puente del Bósforo que comunica Asia y Europa.

Nos lo dijo en inglés.

A bridge! Awesome!”, pensé yo que a veces no pienso y otras veces pienso en inglés.

Y luego me quedé atascada, pensando.

Pensé “No puedo vivir sin… (querer, comprometerme, escribir)”.

Y pensé que sonaba cursi.

Comidas y cenas

La pregunta del hombre luminoso se me quedó dentro mientras llegaban los virales e íbamos de una a otra comida/cena/copa de navidad porque ya acumulamos muchos años, muchos trabajos, muchos ex. Abotargados y resacosos más de campaña electoral que de alcohol.

Cuando se les acabaron a mis amigos los cálculos electorales, les pregunté:

– ¿Qué es lo que no podéis vivir sin hacer?

Contestó primero C., un científico sensacional: “sin curar”. Luego me tocó K., más bruto: “sin dar por saco”. E. fue más emocional: “sin vosotros”.

– Que no. No pienses en las personas, sino en algo que sólo puedas hacer tú.

Nos interrumpió K: “Esto es ridículo. ¡Bebed, coño!”.

E. no es ridícula, sino amor y sensibilidad, utopía y sensatez:

– Lo que no podemos vivir sin hacer es vivir. Es casi imposible vivir sin miedo, pero es inútil dejar de vivir.

Así que pillamos entradas para otro concierto y volvimos al debate, el fango, el tono, el cambio. Y el ciudadano, porque mis amigos nunca hablan de “ciudadanía”, sino de ciudadanos. Los ciudadanos son personas: individuales, necesarias, con derechos, con matices. La “ciudadanía” es una palabra polisílaba que algunos políticos utilizan como comodín del público.

“Es lo que quiere/exige/merece la ciudadanía”, y al otro lado de la frase te encuentras a cualquier candidato, naranja, morado, rojo, azul, fucsia. “Tenemos un encargo de la ciudadanía”, proclama el arco iris.

Mañana votan los ciudadanos, un voto lleno de tonalidades y exigencias personales que hay que escuchar, sin apelmazarlas en ese concepto tan manoseado e impersonal de la ciudadanía. Mañana se acaba la sobredosis de campaña electoral y entramos en la sobredosis de pactos, hipótesis, cálculos matemáticos.

Ha sido apasionante, pero ya toca pasar de las tres palabras “pro” (programa, promesas y propuestas) a un único tipo de hechos: las soluciones.

¿O en tu plasma o en el mío?

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