Cancelación, feminismo…y el tiempo que vivimos

Es difícil encontrar más palabras de las ya dichas acerca de los papeles de Epstein. Pocas veces he sentido tanto hartazgo y desesperación como en estas semanas. Los papeles de Epstein dejan al descubierto el sistema en su totalidad, cómo funcionan los dueños del mundo: sexismo, racismo, clasismo, crueldad, maldad. Y ya no hay casi nada que decir, muchas sentimos un estupor profundo, dolor, una cierta sensación de asfixia que nos impide incluso seguir comentando nada sobre el asunto. El presidente de EE.UU, financieros, ministros, actores, pensadores, autores, rectores de universidad, políticos, hombres de extrema derecha y también de izquierdas… ¿qué tienen en común? La mayoría son muy ricos, porque hay que serlo para estar cerca del poder, pero hay grandes diferencias de dinero entre ellos. Lo que tienen en común es que son hombres y su consideración de que las mujeres son un objeto a su servicio, su disposición a usarlas. Si alguien se preguntaba qué es el pacto patriarcal: es esto. Un hilo que une a los hombres por encima de cualquier otra consideración, por encima del dinero, de la política, de la inteligencia, del origen social: su consideración de las mujeres como cosas y nunca como seres humanos iguales a ellos.

Los papeles de Epstein son el patriarcado a lo grande, pero estos días hemos tenido patriarcado para hartarnos: desde Julio Iglesias al alcalde de Móstoles y las “pequeñas” noticias cotidianas: mujeres asesinadas por sus parejas, padres que violan a sus hijas, violaciones, niños que desnudan a sus compañeras de clase con herramientas de IA, porno en los móviles de todos los niños del planeta. Puede que acabar con el capitalismo parezca difícil, pero acabar con el patriarcado lo parece mucho más, su capacidad para reinventarse, reconfigurarse y para construir subjetividades parece ilimitada. Me pregunté cómo estamos reaccionando las feministas ante uno de los momentos más peligrosos de la historia de esta lucha. Me miré a mí misma, que es algo que siempre hago antes de mirar a otro lado, y lo cierto es que hace tiempo que todas asumimos que estamos sumidas en un momento muy oscuro.

Nos cancelamos masivamente, nos acallamos, nos despreciamos, nos deshumanizamos… unas a otras. Menos mal que existe el libro de Antonio Gómez VillarCancelar no es transformar”, porque si no existiera ese libro yo no me atrevería a decir que sí, que existe la cancelación y que es una estrategia nefasta y sin salida.

Todas tenemos miedo de decir una palabra no apropiada, de mencionar a una autora no apropiada, de perder a nuestro público al intentar abrir la mirada un poco más allá

Lo que no existe es la cancelación de la que habla con escándalo la derecha. Para cancelar de verdad hay que tener mucho poder. Es casi imposible cancelar del todo a los poderosos: Julio Iglesias, Plácido Domingo, Woody Allen…. y la miríada de agresores sexuales y pederastas que conocemos cada día. Todas las personas señaladas siguen con sus vidas y es incluso posible que si se les señala como violadores, misóginos o pederastas, la derecha les vote aún más y les ofrezca nuevas y poderosas tribunas para expresarse. Que se demuestra que Woody Allen es un pederasta, pues Ayuso le contrata; que un determinado libro es un tratado de misoginia o de racismo, pues lo presentará alguna personalidad de la derecha. No existe la posibilidad de que la izquierda o el feminismo cancelen al verdadero poder. Desde el no-poder se puede hacer, como mucho, un cierto daño reputacional, justo y necesario, pero que no hunde a nadie importante.

Pero sí que existe una cancelación más cercana y muy dañina, y es la que describe Gómez Villar, esa que utilizamos constantemente entre nosotros y nosotras como estrategia política. En el feminismo, mi ámbito de trabajo principal se hace muy evidente. Miré mis propias redes, ¿cuándo fue la última vez que compartí o señalé con entusiasmo un artículo, un libro, una opinión de una compañera feminista? Lo he hecho con amigas, nada más. Pasamos sobre las otras como si no existieran, habitamos trincheras cada vez más pequeñas, nuestro horizonte está cada vez más cerca hasta el punto de convertirse en un muro que nos ciega. Las pequeñas diferencias nos ahogan.

En el feminismo siempre ha habido divisiones importantes, siempre ha habido rupturas dolorosas, trincheras, pero siempre ha habido, también, cuestiones comunes, como la de la violencia machista, y también solidaridad entre nosotras ante las agresiones y los ataques machistas. Y también una cierta conciencia común de estar del mismo lado que nos impedía despedazarnos. También han existido siempre debates fructíferos, conversaciones inacabables, escuchas atentas, amistades que estaban por encima de las diferencias. Todo eso se ha terminado y las consecuencias son devastadoras. Todo es ya una trinchera insalvable y cuando digo “todo” es, literalmente, todo. No compartimos un artículo que nos gusta porque se utiliza una palabra que se ha convertido en un tabú, no compartimos una opinión con la que estamos de acuerdo porque la autora dijo una vez algo que fue censurado por otras. No hablamos de un libro que nos parece excelente porque la autora es de otra corriente, de otro partido, de otra opinión, incluso en cuestiones que nada tienen que ver con el libro. Dejamos sola a cualquier víctima que no sea estrictamente de las nuestras. 

La cancelación funciona cuando se busca acallar a quien mantiene una opinión diferente, pero también disciplina a quienes no quieren cancelar pero tienen miedo de ser ellas mismas canceladas si citan o si se relacionan con quien no deben. Finalmente ocurre que a veces no citamos a otras autoras por no hacerles daño. A mí me ha pasado que he compartido o citado opiniones, artículos o libros con los que estaba de acuerdo, que me gustaban o me parecían importantes, y las propias autoras me han pedido por privado que no lo haga porque cada una de nosotras se ha convertido en algo potencialmente contaminante para otras. Todas tenemos miedo de decir una palabra no apropiada, de mencionar a una autora no apropiada, de perder a nuestro público al intentar abrir la mirada un poco más allá. Se castiga cualquier disenso, cualquier matización, cualquier opinión original. Tenemos miedo de lo que dijimos un día en una charla sin pensar en que podían estar grabando, tenemos miedo de lo que dijimos un día en que no estuvimos finas, cuando nos llamaron para hacernos una entrevista e íbamos en el coche, cuando dimos una opinión sin haberla pensado lo suficiente, cuando alabamos a una persona que después resultó marcada o que resultó ser de este u otro partido…

Pero va más allá del feminismo, por supuesto. No compartimos artículos de periodistas señalados por los nuestros, aunque nos parezcan excelentes. Tenemos miedo incluso de dar un “like” inconveniente. Compartir un artículo, o un libro,  de un escritor vetado entre los tuyos, sean quienes sean los tuyos o las tuyas, tendrá como consecuencia que, en poco tiempo, desaparecerá el grupo más cercano de adscripción y si eres escritora, comunicadora… eso se paga. Y en el más pequeño ámbito del feminismo, se paga aún más. En el mejor de los casos se pierden lectoras, pero, en el peor, se pierden carreras profesionales. En realidad, lo que se pierde es la posibilidad de pensar en común y de hacer el feminismo más grande, lo empequeñecemos y lo empobrecemos. 

No veo qué política, qué sujeto político, qué pensamiento o qué emancipación puede surgir de prácticas antidemocráticas y fascistas

La mayor victoria del fascismo es haber conseguido imponer un clima social irrespirable, repleto de suspicacias, sospechas, silencios, y, en definitiva, odio. Pero un odio que no se dirige hacia los auténticos merecedores de ese odio, sino hacia las semejantes, hacia aquellos que están más cerca sin ser lo mismo. Es más sencillo odiar a una compañera que sostiene una opinión diferente de la mía en alguna cuestión que a Trump, que está a mil galaxias de donde me encuentro y a quien nunca alcanzará nada de lo que yo haga o diga. En cambio, a mi compañera, a mi colega, con seguridad le va a alcanzar mi silencio, mi desprecio, mi opinión y eso –no vamos a engañarnos– nos produce una sensación de potencia que, en realidad, es completamente estéril, además de cruel. Utilizando prácticas de crueldad hemos asumido el marco del fascismo y estoy convencida de que por ahí no podemos ganar.

No se debería perder de vista que, en la lucha contra el fascismo, que es la batalla de este tiempo, marcharemos al lado de muchas de quienes ahora, llevadas por el odio pequeño estamos intentando silenciar. Y antes de que se me acuse… no, no hablo de equidistancia, ni de considerar que se puedan debatir todas las ideas. Tampoco estoy hablando aquí de la unidad de la izquierda, eso ya para otro artículo. Sin embargo, estoy convencida de que todo el mundo sabe de lo que estoy hablando porque la mayoría nos estamos ahogando y porque vemos cómo nuestro mundo se empequeñece y empobrece día a día.

La práctica canceladora da cuenta de una tremenda impotencia política porque ante las dificultades para encontrar una salida auténtica a la opresión; ante las dificultades para erosionar o señalar siquiera lo verdaderamente estructural, para hacer frente a la inmensa violencia que sufrimos, buscamos culpables que estén más a nuestro alcance, buscamos hacer daño a modo de victoria pírrica. Quien cancela, quien silencia, quien insulta o desprecia públicamente, quien utiliza bulos para ganar un debate, puede creer que ha ganado una batalla política, pero yo no veo más que impotencia y rédito para las derechas. No veo qué política, qué sujeto político, qué pensamiento o qué emancipación puede surgir de prácticas antidemocráticas y fascistas. Chapotear en el fango, tratar de borrar todo aquello que no nos da la razón, negarnos a considerar o a escuchar, incluso a leer, no libera ni política ni personalmente, produce angustia vital, una sensación de no salida que ahoga. Y en ningún caso va a producir avances concretos, materiales. En todos los años de militancias activas que he vivido no he conocido una oscuridad semejante a la de ahora y no es porque no hayamos vivido momentos oscuros, es porque ahora el aire que respiramos quienes luchamos cada día (y somos muchísimos) contra el neofascismo que ya está aquí, está vacío de esperanza, está contaminado. Para ganar hay que comenzar abriendo las ventanas, que corra el aire.

No creo que nada de esto tenga remedio sin una potente acción colectiva, sin una catarsis política. No se trata de negar las diferencias ni pensar que es posible destruir las falsas trincheras con las propias manos. Yo también tengo mis heridas, mis resentimientos, mis odios… pero los reconozco, los pienso y trato de limpiarme. No se puede hacer mucho, pero se puede resistir, al menos en la conciencia.

_____________

 Beatriz Gimeno es exdirectora del Instituto de las Mujeres.

Es difícil encontrar más palabras de las ya dichas acerca de los papeles de Epstein. Pocas veces he sentido tanto hartazgo y desesperación como en estas semanas. Los papeles de Epstein dejan al descubierto el sistema en su totalidad, cómo funcionan los dueños del mundo: sexismo, racismo, clasismo, crueldad, maldad. Y ya no hay casi nada que decir, muchas sentimos un estupor profundo, dolor, una cierta sensación de asfixia que nos impide incluso seguir comentando nada sobre el asunto. El presidente de EE.UU, financieros, ministros, actores, pensadores, autores, rectores de universidad, políticos, hombres de extrema derecha y también de izquierdas… ¿qué tienen en común? La mayoría son muy ricos, porque hay que serlo para estar cerca del poder, pero hay grandes diferencias de dinero entre ellos. Lo que tienen en común es que son hombres y su consideración de que las mujeres son un objeto a su servicio, su disposición a usarlas. Si alguien se preguntaba qué es el pacto patriarcal: es esto. Un hilo que une a los hombres por encima de cualquier otra consideración, por encima del dinero, de la política, de la inteligencia, del origen social: su consideración de las mujeres como cosas y nunca como seres humanos iguales a ellos.

Más sobre este tema