El coste de suprimir, anular y derogar el 'sanchismo'

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Acabo de estampar mi firma en un manifiesto que intenta convencer a los ciudadanos de la importancia de su voto, esta vez, quizá mas que nunca. El 23 de julio todavía es posible frenar la ofensiva conservadora que recorre Europa. En esta ocasión no es un fantasma, sino una realidad perturbadora. No quiero engañar a nadie, así que vaya por delante mi convicción de que este Gobierno ha aprobado medidas eficaces a favor de los derechos de las mujeres, los trabajadores, los pensionistas, las clases sociales más vulnerables y el crecimiento económico. Los derechos se pierden fácil y rápidamente y recuperarlos requiere un largo y enorme esfuerzo.

Hay que reiterar una y otra vez los disparates que se han dicho y las políticas regresivas que se están aplicando en ayuntamientos y comunidades autónomas. Los cargos electos de Vox han emprendido una cruzada beligerante contra cualquier vestigio que ellos consideran progresista. En las ciudades donde gobiernan van a eliminar el carril bici, las calles peatonales y todo lo que suene a ecológico porque lo identifican con la izquierda. No es un asunto menor lo de suprimir las bicicletas para devolver el espacio a los coches, al hormigón y al asfalto. Con la movilidad sostenible disminuye la contaminación, los ciudadanos respiran aire limpio, hacen ejercicio, combaten la obesidad, las enfermedades cardiovasculares y respiratorias y, por tanto, ahorran dinero en gasto sanitario. Da gusto pasear por determinadas capitales europeas donde se han recuperado los paseos, las zonas verdes y el pequeño comercio. (Se nota que sigo a @hope_enpie en Twitter).

La salud de la gente o la lucha contra el calentamiento global no debería ser un asunto ideológico y, sin embargo, un fanatismo sectario y cerril lo han arrojado a la basura junto al feminismo, la agenda 2030, la bandera LGTBI y otros símbolos estimables, como se pudo comprobar en el cartel que apareció colgado en la fachada de la madrileña calle de Alcalá. Todo un ideario político en cuya parte izquierda, sobre fondo rojo, destacaban las palabras “imposición, inseguridad, división, pobreza, abandono e invasión”, frente a las de la parte derecha “libertad, seguridad, familia, industria, campo y fronteras”. Responden a un programa de rebelión contra inequívocos avances sociales desarrollados a lo largo de cuarenta y cinco años de democracia y que ahora pretenden desacreditar manipulando sus conceptos.

A nadie sorprende su ideario, porque nunca lo ocultaron. La novedad es que lo van a aplicar desde el poder al que están llegando de la mano de un partido democrático de derechas que no había sido negacionista. Aunque tolerase una minoría de residuos integristas, el PP, que yo sepa, en lo referente a la alta política, nunca quiso abandonar el espacio Schengen, acabar con la libre circulación de personas en la Unión Europea, salir del euro, del FMI, del Banco Mundial y de otros organismos internacionales. Y, sin embargo, no parecen advertir el riesgo que supone pactar con quienes se aprovechan del descontento para denigrar las instituciones democráticas.

No parecen advertir el riesgo que supone pactar con quienes se aprovechan del descontento para denigrar las instituciones democráticas

Los más centristas del PP sostienen que no hay tal peligro, que nunca permitirán mensajes racistas, machistas y homófobos. La confianza en la palabra dada, sin embargo, queda dinamitada con el escandaloso incidente de María Guardiola. De su rotunda declaración de principios: “Yo no puedo dejar entrar en el Gobierno a aquellos que niegan la violencia machista, a quienes deshumanizan a los inmigrantes, ni a los que tiran a una papelera la bandera LGTBI”, pasó en pocos días a admitir, al borde de la lágrima: “mi palabra no es tan importante como el futuro de los extremeños”. Para ser presidenta de Extremadura le obligaron a renegar públicamente de sus principios y aceptar las presiones de Vox, que logra entrar en el gobierno autonómico nada menos que para gestionar el patrimonio natural, la caza, la pesca y los toros.

El caso de Guardiola es sintomático, porque demuestra que prevalece el sector del partido que, en palabras de Esperanza Aguirre, no quiere estigmatizar a Vox, porque sus votantes son los mismos, porque coinciden en lo esencial, la unidad de España, la defensa de la libertad y la defensa de la propiedad y porque, lo más importante, mejor cualquier cosa antes de que gane Pedro Sánchez. Hasta tal punto PP y Vox comparten este último deseo que (el fin justifica los medios) emplearán cualquier método para lograrlo.

Me queda una última llamada de atención sobre la insensata pasividad frente al avance de los que se han marcado como objetivo prioritario derogar, suprimir y anular todo lo anterior. Entre sus aspiraciones demoledoras hay dos que son especialmente peligrosas porque afectan a puntos muy sensibles de todo el planeta: el negacionismo respecto al cambio climático y el cierre de fronteras frente a las migraciones. Miro un instante por el retrovisor para recordar a dos presidentes franceses y una primera ministra que adoptaron políticas populistas para agenciarse los votos del ultraderechista Le Pen. Primero fue el liberal Valéry Giscard d´Estaing quien firmó en Le Figaro un infame artículo ofreciendo fórmulas para combatir el problema de los inmigrantes, a los que se refería como “invasores” y pedía la recuperación del viejo “derecho de sangre” para que solo los nacidos en Francia, hijos y nietos de franceses, tuvieran derecho a la nacionalidad. Después fue otro 'gran liberal', Jacques Chirac, el que se refirió en más de una ocasión al "insoportable hedor" y "el ruido" de los inmigrantes.

Y por último Édith Cresson, la primera mujer que desempeñó el cargo de Primera Ministra de Francia, dio la orden de fletar chárters para "limpiar" París de extranjeros pobres. Giscard, Chirac, Cresson, fueron unos desvergonzados demócratas que, por oportunismo electoral, diseminaron los polvos que traen estos lodos o, para ser más precisa, echaron la primera leña al fuego que incendia Francia estos días. Ojalá los votos del 23 de julio impidan que se repita tan funesta experiencia.  

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Nativel Preciado es periodista, analista política y autora de más de veinte ensayos y novelas, galardonadas con algunos de los principales premios literarios.

Acabo de estampar mi firma en un manifiesto que intenta convencer a los ciudadanos de la importancia de su voto, esta vez, quizá mas que nunca. El 23 de julio todavía es posible frenar la ofensiva conservadora que recorre Europa. En esta ocasión no es un fantasma, sino una realidad perturbadora. No quiero engañar a nadie, así que vaya por delante mi convicción de que este Gobierno ha aprobado medidas eficaces a favor de los derechos de las mujeres, los trabajadores, los pensionistas, las clases sociales más vulnerables y el crecimiento económico. Los derechos se pierden fácil y rápidamente y recuperarlos requiere un largo y enorme esfuerzo.

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