Experiencia y aprendizaje, o por qué vuelve la ultraderecha

Una de las cuestiones sobre la que no nos detenemos lo suficiente es por qué aprendemos de algunas experiencias y por qué no lo hacemos de otras, sobre todo cuando el resultado objetivo es claramente negativo para no repetir, o positivo para intentar volver a hacerlo.

Y en esto de no aprender de la experiencia dice mucho el regreso de la ultraderecha, cuando tenemos una doble referencia crítica como elemento objetivo que debería llevar a evitar el error de la repetición. Por un lado, está su llegada en momentos pasados con las mismas promesas populistas que luego no solucionaron nada, sino que generaron más problemas sociales. Y por otro, la deriva de sus ideas sobre esas circunstancias para generar más conflictos en la sociedad, más violencia e, incluso, una guerra mundial de la que aún seguimos sin recuperarnos.

La pregunta a la reciente victoria de José Antonio Kast en Chile, pero antes de Javier Milei en Argentina, de DJ Trump en EE.UU., de Viktor Orban en Hungría, de Giorgia Meloni en Italia, de Jahir Bolsonaro en Brasil… y el aumento general de la ultraderecha en todo el planeta, incluyendo en España a Vox y a otros satélites, es por qué si en cada uno de esos países las posiciones ideológicas a las que representan cumplen con la doble referencia de no haber resuelto los problemas sociales que un día los llevaron al poder, y de haber generado más conflictos sociales, más desigualdad, más discriminación y más violencia, vuelven a ganar ahora.

El análisis podría hacerse de otro modo bajo una pregunta diferente. Por qué los países donde se han desarrollado políticas de izquierda para romper con toda la injusticia social que definía su normalidad, por ejemplo en cuestiones relacionadas con la desigualdad, la exclusión, la violencia contra las mujeres y grupos vulnerables, la promoción de derechos como el matrimonio entre personas del mismo sexo, la interrupción voluntaria del embarazo, la corrección de la brecha salarial… no se genera ese apego o identificación con todo lo alcanzado con sus gobiernos y políticas, y porqué la justicia social y el bienestar logrado no actúa como refuerzo para continuar por esa senda y apoyar el proceso y que este pueda culminar. 

El resultado es objetivo, una doble referencia negativa en la ultraderecha (no resuelve los problemas que iba a solucionar, y genera más conflictos y violencia), no impide su regreso; y una doble referencia positiva en las políticas progresistas (resuelven muchos de los problemas existentes y generan más bienestar social), no facilita el apoyo para que continúen su desarrollo.

El análisis es más complejo de lo que un artículo permite, pero creo que, en las circunstancias actuales, con la posibilidad clara de que quienes defienden la dictadura franquista puedan entrar de nuevo en las instituciones estatales, pues ya lo han hecho en las autonómicas, merece una reflexión.

Si se repite el modelo bajo los esquemas de siempre, antes o después, de una forma u otra, se volverán a producir las mismas consecuencias

Y son cuatro los elementos clave:

  1. Mientras que las políticas de izquierda se presentan como dirigidas a determinados grupos de la sociedad que se benefician de manera directa de las mismas, por ejemplo, los trabajos precarizados del aumento del SMI, las personas jubiladas de la subida de las pensiones, las mujeres de las medidas contra la violencia de género, las personas LGTBIQ+ de las políticas de diversidad… las conservadoras se presentan como dirigidas a “toda la sociedad”.
  2. En ese mismo sentido, mientras que las políticas progresistas hablan de lo público y de la convivencia, los valores que se potencian a nivel general van en dirección contraria y destacan el individualismo, el materialismo, la inmediatez, el hedonismo… dificultando ser partícipe de un proyecto común.
  3. La “identidad por contraste”, que es el esquema identitario esencial en la cultura androcéntrica, y que funciona de manera simple y directa para considerar al diferente como “diferente e inferior”, se ha potenciado con la polarización y la posibilidad de identificarse con quien mejor le viene a cada persona a través de las redes sociales. El resultado es muy sencillo, pues la persona no necesita saber qué es o quien es, solo lo que no es desde una posición de superioridad. De manera que lo que históricamente se ha dicho que significa ser hombre, ser español, ser patriota… actúa como referencia para ser, y todo lo que suponga ser de manera diferente desde el punto de vista práctico se traduce en “no ser”. Así, por ejemplo, ser hombre es “no ser mujer”, y las mujeres son “diferentes e inferiores”; ser español es no ser extranjero, y los extranjeros son “diferentes e inferiores”… y así con todo.
  4. Y el elemento que da sentido a todo lo anterior es el “factor cultural”, es decir, situar la validación de todas las referencias, no en lo que diga la mayoría o el partido del gobierno, sino en lo que la cultura ha establecido históricamente. Y no olvidemos que la cultura es androcéntrica y conservadora por definición para defender lo que la define.

Por eso no se aprende de la experiencia, o mejor dicho, sí se aprende, pero no se cambia porque es ese conocimiento el que pide volver a las referencias pasadas con la promesa de no repetir los errores ni los resultados negativos. Lo dijo muy gráficamente Nicolas Sarkozy tras la crisis económica capitalista de 2008, “hay que refundar el capitalismo”. No planteó acabar con él por todo el daño causado, sino refundarlo para seguir utilizándolo como un instrumento de poder.

Pero es una trampa, porque si se repite el modelo bajo los esquemas de siempre, antes o después, de una forma u otra, se volverán a producir las mismas consecuencias.

Está claro que en estas circunstancias no basta una política de izquierdas que mejore los problemas sociales y que contribuya a la convivencia y el bienestar, pues al final esas iniciativas lo que hacen es gestionar el machismo que define el marco conservador. La izquierda necesita un modelo cultural en el que podamos sentirnos identificados como personas y como sociedad, y eso significa ponerse de acuerdo en muchas cosas para ir avanzando sobre ellas poco a poco, no que cada posición progresista haga su propuesta lo más distante posible para encontrar alrededor de ellas un espacio propio que, al final, desde el punto de vista práctico, será de nadie.

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Miguel Lorente Acosta es médico y profesor en la Universidad de Granada y fue Delegado del Gobierno para la Violencia de Género.

Una de las cuestiones sobre la que no nos detenemos lo suficiente es por qué aprendemos de algunas experiencias y por qué no lo hacemos de otras, sobre todo cuando el resultado objetivo es claramente negativo para no repetir, o positivo para intentar volver a hacerlo.

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