'Opus vs DEI revisited'

Me gustaría poder afirmar con rotundidad que corren malos tiempos para una oscura organización multinacional de origen español a la que solo cabe limitar su poder, disolverla de ser posible y exigir la reparación a las víctimas de sus acciones. Lo afirmo sin rotundidad aún porque algo parece estar moviéndose, afortunadamente. Sigo el asunto de lejos, con distancia emocional. No me obsesiona ni me sorprende a estas alturas todo lo gore e indigno que durante décadas fueron rumores y ya no. 

El actual CEO de esta organización transfronteriza, fundada en 1928, se llama Fernando Ocáriz. Heredó el cargo en 2017 del que fue su antecesor desde 1994, Javier Echevarría, que a su vez lo heredó del beato desde 2014 Álvaro del Portillo, heredero directo en 1975, tras la muerte del fundador de la empresa que fue proclamado Santo en 2002 por la vía rápida –transcurridos solo 27 años– por quien también adquirió esa condición apenas nueve años después de su muerte en 2014. 

Este último, el Papa Juan Pablo II, decidió en 1982 otorgar a esa organización –el Opus Dei–, por procedimiento de concesión directa sin concurrencia competitiva, un privilegio, el upgrade premium, nunca antes concedido desde su incorporación como figura jurídica por el modernizador Concilio Vaticano II: la condición de Prelatura personal. Un estatus especial, único, superior al de cualquier otra congregación, que le concede a su CEO una jurisdicción propia sobre todos los miembros de la organización, sean sacerdotes o laicos, sobre todo en lo relativo a los “fines” de la Obra. 

Tanto poder, lógicamente, debía acompañarse de un Reglamento de Organización y Funcionamiento (Estatutos) cuyo contenido debía ser autorizado por el órgano concedente (Vaticano), por si acaso. 

Cuarenta años después de ese singular reconocimiento que dio alas a la expansión internacional y la colonización de instituciones, el por entonces papa Francisco I emitió motu proprio una carta apostólica, “Ad Charisma Tuendum” (original en inglés), que decretaba una serie de instrucciones de las que destacan, por sus tremendas implicaciones, las siguientes: una, la degradación de estatus de prelado al de “moderador”, con la retirada de las potestades jurisdiccionales (tribunales de justicia) que venía ejerciendo sobre los cientos de miles miembros laicos; dos, el cambio de instancia de supervisión vaticana a la que rendir cuentas porque quien ya no es prelado, tampoco puede ser obispo –antes el Dicasterio para los obispos, ahora el del clero–; y tres, la obligación de rendir su informe o memoria anualmente, no cada lustro como venía siendo habitual. Todo esto se traduce en menos potestades y privilegios (menos poder) y mayores exigencias de transparencia y obediencia (más rendición de cuentas).  

Dos años después de aquella orden, el Papa Francisco I recibió al aún prelado Fernando Ocáriz, quien le presentó un primer informe –que no proyecto de Reglamento– sobre la adecuación de los Estatutos con las instrucciones papales. Sin más. 

TQuiero pensar que León XIV ha dialogado y dialogará con todas las partes interesadas, no solo con los órganos de gobierno, antes de tomar una decisión sobre si aprobar, enmendar o rechazar la reforma de los Estatutos del Opus

Lo siguiente relevante en esta historia que os cuento es que el Opus Dei había convocado su X Congreso general, esas reuniones que desde que es Prelatura personal ocurren en Roma “cada ocho años para hacer balance del trabajo realizado y señalar algunas orientaciones sobre la acción evangelizadora de los miembros del Opus Dei, sacerdotes y laicos (hombres y mujeres, casados y solteros)”, los días 23 de abril al 5 de mayo de 2025. Debió de ser un movidón inaugurarlo dos días después del fallecimiento del Papa Francisco I que decretó atarles en corto. Todo a la vez en Sede Vacante.

Apenas transcurridos diez días de la proclamación de León XIV el 8 de mayo, tras cuatro votaciones y apenas dos días de cónclave, el nuevo Papa, estadounidense de nacimiento y hasta el momento anti trumpista, recibió a Ocáriz, a quien le preguntó por el avance de los trabajos de reforma de su Reglamento interno. Como no los llevaba encima en esa audiencia papal, el interpelado repitió la visita un mes después ya con los documentos requeridos, que presentó para el análisis y, en su caso, aprobación vaticana.

Esa audiencia Papa-Prelado se repitió de nuevo hace poco más de un mes, en febrero, esta vez en formato maratón, y fue Ocáriz en esta ocasión el interesado por el avance de los trabajos de revisión vaticana del proyecto de Estatutos. Se le informó de que siguen en ello y que no hay fecha de aprobación a la vista.

Lo que ha motivado que escriba esta tribuna revisitando aquella del 21 de abril de 2025 que titulé OPUS vs DEI es que hace unos días, el 17 de marzo, el Papa León XIV recibió por petición propia, y durante más de 40 minutos, al periodista Gareth Gore, autor de la obra OPUS que León XIV calificaba como “un trabajo riguroso”. Un gesto, todo él, teniendo en cuenta los antecedentes y el contexto, bastante inédito, por lo que he podido leer, e ilusionante, en mi opinión. Quiero pensar que León XIV ha dialogado y dialogará con todas las partes interesadas (incluidas las víctimas), no solo con los órganos de gobierno, antes de tomar una decisión sobre si aprobar, enmendar o rechazar la reforma de los Estatutos de la organización.  

Opus vs Dei

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Entre tanto, la obra prepara los fastos de conmemoración de su centenario, que anuncian que se extenderán hasta 2030. Ojalá lleguen a tiempo para celebrar, además del hecho de que la empresa sigue viva a pesar de troceada y subordinada, que han sido capaces de adoptar unas reglas de organización y funcionamiento “como dios manda”. 

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Verónica López Sabater es economista y consejera de la Cámara de Cuentas de Madrid.

Me gustaría poder afirmar con rotundidad que corren malos tiempos para una oscura organización multinacional de origen español a la que solo cabe limitar su poder, disolverla de ser posible y exigir la reparación a las víctimas de sus acciones. Lo afirmo sin rotundidad aún porque algo parece estar moviéndose, afortunadamente. Sigo el asunto de lejos, con distancia emocional. No me obsesiona ni me sorprende a estas alturas todo lo gore e indigno que durante décadas fueron rumores y ya no. 

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