Cuando recibí mi primera amenaza de muerte el antifeminismo aún no gobernaba el mundo

La primera vez que recibí una amenaza de muerte me dio vergüenza. Supongo que no ayudó que el policía nacional que se sentaba en mi despacho para decidir si necesitaba escolta o no se quedase en absoluto silencio mientras me daba un ataque de ansiedad. Era Secretaria de Estado de Igualdad y contra la Violencia de Género, a la izquierda no le iba del todo mal y la ofensiva contra el feminismo aún no gobernaba el mundo. Después de aquel mensaje, y tantos otros a tantas otras mujeres, vinieron muchos otros más y el antifeminismo ha terminado comenzando guerras que amenazan directamente al futuro de la humanidad. La situación es tan grave que ya no solo llega con contar que sufrimos amenazas de muerte, sino que urge preguntarnos en qué momento a la sociedad de nuestro país esto le empezó a dar igual

Aquel mensaje no tuvo que ver con un argumento, ni con una crítica política. No respondía tampoco a las leyes que aprobamos o la forma que teníamos de ocupar el espacio público. Aquellos mensajes fueron advertencias, balizas que se iluminaron en rojo para señalar que algo no terminaba de ir del todo bien. Entonces aún podía pensarse que ese tipo de violencia pertenecía a los márgenes, a los extremos ruidosos de internet o a la furia de unos pocos. Hubo incluso quien sostuvo en animadas charlas y tertulias madrileñas que aquellos mensajes tenían que ver con el comportamiento que las feministas teníamos. El antifeminismo existía, pero no gobernaba el mundo. Hoy esa certeza es más difícil de sostener.

Esta semana, España ha vuelto a enfrentarse a una secuencia de noticias que algunos preferirán leer por separado pero que juntas no ofrecen lugar a la interpretación. Después de conocer nuevos casos de agresiones sexuales por parte de políticos y policías, después de que dos hombres fueran detenidos por amenazar de muerte a Ione Belarra; seguido todo ello de las denuncias públicas de amenazas y hostigamiento hechas por Irene Montero, Rita Maestre, Tesh Sidi, Laura Arroyo o Sarah Santaolalla; después de todo ello, conocíamos un nuevo asesinato machista en Barbastro y días antes, tres mujeres asesinadas en Miranda de Ebro por un agresor reincidente, que vienen a sumarse a un histórico de feminicidios que amenazan con hacer del 2026 un año históricamente violento. Y después, después de todo ello y como cifra de todo lo anterior, el juicio celebrado contra Cristina Fallarás por publicar el testimonio anónimo de una mujer que relataba una agresión sexual. Después de la violencia, la violencia por contar la violencia

Cada uno de estos episodios y todos los otros que no caben en un texto como este tienen su contexto y sus dolores, y con todas y cada una de las mujeres que sufren ese miedo y ese dolor me quiero solidarizar. Hacer política o periodismo, ser madres, amigas, hijas, novias; vivir nuestras vidas como nos dé la puñetera gana y  ser amenazadas o asesinadas por ello no puede ser lo normal. Sin embargo, todas estas historias juntas dibujan algo que ya no puede explicarse como una simple coincidencia o un sumatorio de casos. Negar la existencia de violencia estructural contra las mujeres, presentar el feminismo como una amenaza ideológica y convertir a mujeres feministas que denuncian lo anterior en objetivos de hostilidad pública no son fenómenos separados. Forman parte de la misma ofensiva antifeminista. Una ofensiva que no surge de la nada ni de individuos aislados sino que tiene actores reconocibles y que es urgente y ético señalar. Para ello va este breve relatorio de los hechos. 

La ofensiva que ha reaccionado a los avances de nuestros derechos y que legitima la violencia contra las mujeres tiene partidos y liderazgos de la nueva derecha que han descubierto que el antifeminismo es una bandera electoral rentable. Tiene un ecosistema mediático que ha tratado el rechazo al feminismo como una opinión más dentro del pluralismo democrático. Tiene plataformas y algoritmos que amplifican el odio porque el odio genera atención. Y, por mucho que duela, tiene también las ambivalencias de sectores progresistas, incluido el Gobierno de coalición que, por cálculo o fatiga, empezaron a tratar el feminismo como un tema incómodo. Cuando estos cuatro actores coinciden, el resultado es un cambio de clima político y cultural que facilita enormemente que la impunidad y por tanto la inseguridad que ésta provoca no dejen de crecer.

La situación es tan grave que ya no solo llega con contar que sufrimos amenazas de muerte, sino que urge preguntarnos en qué momento a la sociedad de nuestro país esto le empezó a dar igual

Durante años el feminismo consiguió algo que parecía impensable e irreversible: transformar la violencia contra las mujeres en una evidencia política. No en un asunto doméstico ni en una cuestión privada o pasional, sino en un problema estructural que exigía políticas públicas y nuevos liderazgos y formas de relacionarnos. Ese ciclo tuvo un momento de especial intensidad en la última década. Las movilizaciones feministas masivas, el movimiento #MeToo, las huelgas del 8 de marzo, los cambios legislativos y, en España, la creación del Ministerio de Igualdad como culminación institucional de décadas de lucha.

Fue sin duda el momento de mayor consolidación del feminismo en el espacio público y así lo decían todas las encuestas, desde aquellas que medían la violencia que se ejerce contra las mujeres o los factores económicos que sirven de caldo de cultivo para las mismas, hasta las que medían las percepciones sociales en torno a la idea de que la igualdad de género era inseparable del progreso. Pero como ha ocurrido antes con otras transformaciones profundas del poder, este avance también produjo su reacción y hoy esa ofensiva ya no se limita a titulares provocadores o a mensajes virales. La ofensiva antifeminista que antes ponía mensajes en redes insultándonos, hoy gobierna países, gana elecciones, marca agendas políticas y desplaza el debate público y amenaza con arsenales nucleares. El antifeminismo ha dejado de ser un reflejo marginal para convertirse en un proyecto político global. La cosa emepezó con tuits y hoy va de torpedos. 

Y conviene señalar que lo más peligroso de este cambio ha sido el silencio con el que se ha dado, esa inversión siniestra de la causalidad que parece terminar haciendo culpables a las mujeres incluso de la propia violencia que sufren: "¡Algo habréis hecho!" Mientras se repetía que el feminismo había ido demasiado lejos por pedir cosas como poder abortar o no ser violadas, el machismo se fue convirtiendo en el aliado ideológico perfecto para aquellos que no salían bien parados con ese cambio de bando de la vergüenza. Pero, y aquí está la clave del asunto, ese machismo ideológico que ahora gobierna el mundo no nos echó a golpes, sino que lo hizo convenciendo a nuestros aliados de que si nosotras estábamos ahí, para ellos era peor. El triunfo del machismo ha sido por tanto camuflarse de sentido común. Y ahora que lo ocupan todo, amenazar, insultar, empujar, pegar, violar y asesinar vuelve a hacerse sin ningún pudor. Por eso, no solo tenemos que preguntarnos por las amenazas de muerte que sufrimos, sino en qué momento esto nos empezó a parecer lo normal. Porque es ahí, y no antes, en el preciso instante en el que la violencia, y no el feminismo, fue demasiado lejos

El juicio contra Cristina Fallarás es paradigmático precisamente por todo esto. La periodista publicó el testimonio anónimo de una mujer que relataba una agresión sexual, como lleva haciendo años, sirviendo de canal y altavoz para aquellas que no pueden tomar la palabra. Aunque era un testimonio anónimo, un hombre tremendamente ofendido por la posibilidad de ser señalado de forma anónima como agresor ha iniciado una demanda reclamando una indemnización millonaria por vulneración del honor. Sí, sí, has leído bien. No el honor de la mujer agredida, no el honor de la periodista que lo cuenta, sino el honor del hombre que agrede. Fallarás lo explicaba ayer con claridad al salir del juzgado. No es un juicio contra ella, sino contra el movimiento testimonial de mujeres, contra la posibilidad misma de que las mujeres contemos lo que nos ha ocurrido. Es un juicio contra nuestra palabra, contra la posibilidad de contar y relatar lo que somos. ¿Qué nos queda si nos quitan eso?

Y aquí está la clave. Y para que no queden dudas. Ni la mujer de Barbastro o las de Miranda de Ebro fueron asesinadas por culpa de un debate político ni de un proceso judicial. Pero sí fueron matadas en una sociedad donde el feminismo vuelve a ser cuestionado como si fuera un exceso, y en la que sin embargo contar los excesos del patriarcado se paga con la violencia o la amenaza de la misma. Cuando una sociedad empieza a discutir sobre el derecho de las mujeres a nombrar la violencia que sufren, es precisamente una señal de que la violencia ha encontrado otra sibilina y cómoda forma de aparecer: nuestro silencio. Por ello, cuando demasiadas mujeres pueden responder a la pregunta “¿cuándo fue tu primera amenaza de muerte?”, el problema ya no es solo la violencia, sino el régimen político que la tolera.

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Ángela Rodríguez 'Pam' es ex secretaria de Estado de Igualdad.

La primera vez que recibí una amenaza de muerte me dio vergüenza. Supongo que no ayudó que el policía nacional que se sentaba en mi despacho para decidir si necesitaba escolta o no se quedase en absoluto silencio mientras me daba un ataque de ansiedad. Era Secretaria de Estado de Igualdad y contra la Violencia de Género, a la izquierda no le iba del todo mal y la ofensiva contra el feminismo aún no gobernaba el mundo. Después de aquel mensaje, y tantos otros a tantas otras mujeres, vinieron muchos otros más y el antifeminismo ha terminado comenzando guerras que amenazan directamente al futuro de la humanidad. La situación es tan grave que ya no solo llega con contar que sufrimos amenazas de muerte, sino que urge preguntarnos en qué momento a la sociedad de nuestro país esto le empezó a dar igual

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