Ficción y asesinato Joaquín Jesús Sánchez

Recuerdo la primera vez que fui consciente de que en mi casa no había todo el dinero que hacía falta. Cuando era pequeña los libros de texto no estaban becados en casi ningún lugar. Mi madre era autónoma. Agosto nunca era un buen mes, y menos aún septiembre. Aquel año no tuve libros de texto nuevos al comenzar el curso. Mi madre me pidió que hablara con alguna compañera de clase para hacer fotocopias y así poder ahorrar algo de dinero. Hubo otras. En mi casa, el colegio se escogió porque tenía comedor y jornada partida. Lo que facilitaba mucho la vida a quien nos tuviera que cuidar ese día a mi hermano y a mí. No solo a mi madre, sino la mayoría de las veces a mis tías, a mis abuelas o a las señoras que cuidaban a su vez de mis abuelas cuando lo fueron necesitando y a sus hijas, que no eran capaces tampoco de cuidar de ellas porque no les daba la vida (de esta vuelta al cole ya ni hablamos).
Aunque ni siquiera he hecho la comunión, el colegio que reunía esas condiciones cerca de dónde vivíamos fue uno católico y concertado, un colegio de monjas en el que había que llevar uniforme. El uniforme consistía en un pichi gris con camisa azul clara que debía acompañarse con ropa de abrigo y calzado azul marino. Como sucede con el resto de la ropa, ésta dice mucho de las decisiones que te puedes permitir. Qué poco uniformizan los uniformes. Recuerdo con terror el momento de comprar el uniforme y comprobar un verano más que no me servía el del curso anterior. A mi madre echando compulsivamente crema azul en los zapatos y blanca en las zapatillas de deporte. Alguien de mi familia regalándonos mágicamente en nuestros cumpleaños (qué suerte, caían al inicio del curso) los complementos necesarios para la vuelta al cole: mochila, estuche, calculadora y compás. Llegué a pedir con entusiasmo sincero material de papelería para clase a los Reyes Magos. Me parecía que ser rico tenía que ser poder tener corticoles de El Corte Inglés.
Nada de esto lo cuento por pena, sino con todo el orgullo de venir de la familia y la clase de la que vengo. El mismo orgullo con el que ahora escucho a mis amigas que son madres los suplicios que pasan en la dichosa vuelta al cole. Por ellas, por mi madre, mis tías, mis abuelas y todas las mujeres que están y han estado hoy con el agua al cuello con este asunto (fueran o no sus hijos los que empezasen esta semana el colegio) escribo sobre este asunto.
Vamos a ser claras. La vuelta al cole en España depende del dinero que tengas en el banco. Esto sucede porque sigue sin haber políticas efectivas de conciliación. Considero un error grave que los políticos y tertulianos centren sus esfuerzos estos días en dilucidar si el sistema educativo responde o no a las necesidades de las familias. Esa no es la pregunta de hoy. El sistema educativo está diseñado para responder al derecho constitucional a la educación, y ahí tenemos mucho que mejorar en España. Cuesta pensar que la educación que hemos recibido y recibirán todos los ciudadanos y ciudadanas de este país garantiza el respeto a los principios democráticos de convivencia y a los derechos y libertades fundamentales cuando algo tan básico como que España es un Estado aconfesional o que la educación sexual debe ser obligatoria, siguen siendo poco más que horizontes deseables. Es fuerte que en España siga generando menos conflicto aprender que la virgen María se quedó embarazada de una paloma que follar sin consentimiento está mal.
El debate sobre la vuelta al cole no es solo sobre el modelo educativo sino, y sobre todo, sobre políticas de conciliación y corresponsabilidad. Es un debate sobre género y clase social
Claro que es preocupante que la educación que reciben niños, niñas y niñes sea accesible. Sabemos que depende del código postal, del color del gobierno de turno, de sus capacidades e incluso de su país de origen, género e identidad sexual. Son preocupantes las condiciones laborales del profesorado o la ausencia de educación pública, gratuita y universal desde los 0 años. Pero esto no es lo que dificulta la vuelta al cole. Y lamentablemente, estos también son asuntos que influirán en la educación que perciban los más jóvenes.
Lo que dificulta el regreso de la actividad lectiva es el vía crucis que va a suponer para muchas familias en términos de conciliación y corresponsabilidad. Quiero defender en este artículo que éste no es solo un debate sobre modelo educativo, sino y sobre todo sobre políticas de conciliación. Este es un debate sobre género y clase social. Y sobre esto algunas ideas clave:
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Ángela Rodríguez es exsecretaria de Estado de Igualdad.
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