Luces Rojas

Alicia en el país de las miserias

Luz Rodríguez

Con apenas dos días de diferencia, la semana pasada conocimos los datos de crecimiento económico y de condiciones de vida de nuestro país. Que España haya crecido en el último trimestre un 0,8% y en el último año un 3,4% parecen datos altamente positivos. A este lado del espejo la vida empieza a volverse confortable: dejamos atrás el largo y duro invierno de la crisis económica, empezamos a crear riqueza y todo parece apuntar a una primavera de crecimiento que hace tiempo deseamos.

¿Y si cruzamos al otro lado del espejo? En La idea de la justicia, Amartya Sen, premio Nobel de Economía en 1998, nos alienta a saltar del otro lado. Medir la riqueza por décimas o puntos de PIB no nos dice nada de la clase de vida que conseguimos vivir ni tampoco de la libertad que tenemos para elegir entre diferentes estilos o modos de vida. Es el impacto del crecimiento económico en la vida y la libertad de las personas lo que realmente nos ayuda a conocer qué sucede del otro lado del espejo.

Pues bien, crucemos.

Aunque el empleo ha crecido un 3,2% en el último año, todavía no hemos recuperado los niveles de ocupación de 2011. Según la Encuesta de Población Activa, tenemos 123.400 ocupados menos que cuando el Gobierno del Partido Popular llegó al poder. Es verdad que el número de personas en situación de desempleo ha descendido desde entonces en 495.900. Pero también lo es que este descenso se debe más a la pérdida de población activa (hemos perdido 619.300 activos) que a la creación de empleo neto. No quiero amargar la primavera a nadie. Pero creo que a este otro lado del espejo debemos poner las cosas en su sitio.

Se ha incrementado la precariedad en el empleo (en un solo año hemos pasado del 23,6 al 25,04% de temporalidad) y han bajado los salarios (en torno a un 5%). Las diferencias salariales entre hombres y mujeres (que hoy se sitúan en un 24%) y entre los que más y menos ganan crecen (3,7 millones de personas ganan 153 euros al mes, mientras que 128.000 ganan más de 12.400 euros al mes, en un abanico salarial de 1/80) y también lo hacen los accidentes de trabajo (algo más del 7% en el último año). Finalmente, entre el 2011 y el 2015 hemos perdido 1.405 convenios colectivos y casi 3,5 millones de trabajadores han dejado de estar al resguardo de la negociación colectiva.

Todos estos cambios en nuestro mercado de trabajo provocados por la crisis pero también por las políticas de empleo del Partido Popular tienen un primer efecto que reflejan muy bien las cifras de crecimiento del PIB. Estamos creciendo al 3,4%, pero este crecimiento no impacta de la misma forma en la vida de los trabajadores y los empresarios. De acuerdo con los datos de la Contabilidad Nacional, en el último trimestre los salarios han bajado un 0,3% en tanto que los beneficios empresariales han subido un 2,5%.

De este modo, a pesar de los crecimientos de nuestra economía nos estamos volviendo un país más pobre. Así lo ratificaba la semana pasada la Encuesta de Condiciones de Vida relativa a 2015. Los ingresos medios por hogar han descendido en nuestro país un 6% desde el año 2011, pasando de 27.747 euros a 26.092 euros al año, lo que significa que desde que Gobierna el Partido Popular la renta de los hogares ha caído anualmente en torno a un 2%. Sube desde el 20,6 al 22,1% el riesgo de pobreza de la población residente en España y hasta un 28,8% el riesgo de pobreza en los menores de 16 años. Lo que significa que 3 de cada 10 niños y niñas de nuestro país viven en una situación muy vulnerable. Una hipoteca para el futuro, como dice José Moisés Martín Carretero en España 2030: gobernar el futuro, mucho más pesada que la de la deuda pública.

La razón de que tengamos niños y niñas pobres guarda relación inmediata con el mercado de trabajo. Son pobres porque sus progenitores no tienen empleo, a veces ni siquiera protección por desempleo, y otras veces empleos muy devaluados. Como país, hemos recuperado una categoría que no veíamos desde la larga noche de la dictadura: los trabajadores pobres. Casi un 15% de nuestros trabajadores lo son. La precariedad, el trabajo a tiempo parcial y los bajos salarios están detrás de esta terrible realidad. Pero la situación es todavía peor cuando los trabajadores han perdido su empleo. Hoy tenemos más de 3,3 millones de personas en paro sin ningún tipo de ayuda o protección y, respecto de los que la tienen, el gasto medio mensual por beneficiario ha caído en 112 euros desde que gobierna el PP. No es de extrañar, por tanto, que cerca del 45% de las personas en situación de desempleo estén también en riesgo de pobreza.

Todo esto conforma una sociedad que evoluciona hacia la decadencia. Se ve perfectamente en el último Informe de la Fundación FOESSA. En 2007, antes de que empezara la crisis, la mitad de la población (50,1%) tenía una integración plena, el 36,6% una integración precaria y el 16,3% de la población una situación de exclusión moderada o severa. En 2013, último dato disponible, solo un tercio de la población española (34,3%) goza de una situación vital que podemos calificar de integración plena, mientras que un 40,6% se halla en situación de integración precaria y el 25,1%, esto es, una de cada cuatro personas que viven en nuestro país, en situación de exclusión moderada o severa. Lo que significa que la mayoría de la población española (el 65,7%) –algo más de 30 millones de personas- está en una situación precaria o muy vulnerable.

Este es el otro lado del espejo de un país que crece económicamente al 3,4%. Y la pregunta que tenemos que hacernos es ¿es este el país que queremos? ¿es este el modelo de sociedad que deseamos para nosotros y nuestros hijos? Yo conozco mi respuesta, que creo compartir con millones de compatriotas. La respuesta es no. Por justicia social. Pero también por eficiencia económica.

Hay muchas cosas por hacer. Indignarse es una de ellas. Pero la indignación por sí sola no cambia el status quo. Debemos convertir cada uno de esos datos negativos en razones para la acción y actuar. Es verdad que este estado de cosas no va a cambiar de la noche a la mañana, ni tocando una sola pieza del puzzle. Pero hay que saber por dónde empezar. Y hay que empezar por el mercado de trabajo, porque es en él donde se obtiene la fuente de subsistencia de la mayor parte de la población. Cuando se apela, como propuesta política, al cambio radical de las normas laborales dictadas por el Partido Popular –o a la “derogación” de las reformas laborales si es que se prefiere esta expresión- y a la elaboración de un nuevo Estatuto de los Trabajadores no se hace por puro eslogan o marketing político. Se hace porque procurar la estabilidad en el empleo, subir el salario mínimo y fortalecer la negociación colectiva son precondiciones para que una cierta pre-distribución de las rentas vuelva a funcionar en nuestro país. Debe recuperarse también un nivel suficiente de protección por desempleo e inyectar una renta mínima de subsistencia en las más de 700.000 unidades familiares que no perciben ningún tipo de ingresos. Estas medidas no arreglan todos los problemas que tenemos, porque está por construir un nuevo modelo territorial y un nuevo modelo de economía y de empleo. Pero son el punto de partida para ir acercando la realidad de los dos lados del espejo. Una España que crece económicamente, de un lado; y una España que, como consecuencia de ello, permite una vida más digna y más libre a todos sus habitantes, del otro.

_____________________Luz Rodríguez (Valladolid, 1964) se incorpora como colaboradora a Luces Rojas, la sección de análisis político de infoLibre. Rodríguez es profesora titular de Derecho del Trabajo en la Universidad de Castilla-La Mancha, miembro de la Ejecutiva del PSOE y exsecretaria de Estado de Empleo (2010-2011).

Luz Rodríguez (Valladolid, 1964) se incorpora como colaboradora a Luces Rojas, la sección de análisis político de infoLibre. Rodríguez es profesora titular de Derecho del Trabajo en la Universidad de Castilla-La Mancha, miembro de la Ejecutiva del PSOE y exsecretaria de Estado de Empleo (2010-2011).

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