“Si existe la música es para agitar sentimientos. Punto”, dice Carolina Sarmiento en su nuevo libro Las fronteras, y eso es lo que ocurre siempre que escuchamos música en buenas condiciones: se nos abre o se nos cierra una herida; se despiertan recuerdos que creíamos dormidos para siempre; se olvidan penas que impedían respirar; se libera la garganta de las piedras que no permitían hablar y una suerte de aire cálido envuelve el entorno.
Desgraciadamente el consumo de música en directo ha cambiado mucho en los últimos tiempos. Los conciertos ya no están diseñados para ti ni para gente que podría considerarse normal —sea eso lo que sea—. Alrededor de los conciertos hay especulación y grandes beneficios para unos cuantos que se constituyen en monopolios.
Detrás de las imágenes de estadios repletos, récords de recaudación y colas virtuales de millones de personas para ver a las superestrellas globales, se está produciendo una transformación silenciosa del negocio de la música en directo. Los conciertos nunca habían sido tan rentables ni tan populares, pero tampoco había sido tan difícil para el público acceder a las entradas en condiciones justas.
La experiencia se repite de manera constante. Las localidades se agotan en cuestión de minutos. Miles de usuarios denuncian errores en las plataformas, posiciones imposibles en las colas virtuales o incrementos inesperados e injustificados del precio durante el proceso de compra. Horas después, las mismas entradas reaparecen en plataformas de reventa a precios que multiplican varias veces su valor original. Y para el asombro general, las entradas se venden.
El responsable de este fenómeno es un ecosistema complejo en el que intervienen bots capaces de realizar compras masivas en segundos, revendedores profesionales que gestionan grandes volúmenes de entradas, intermediarios tecnológicos especializados y plataformas digitales que controlan buena parte de la distribución. La combinación de estos actores ha convertido la venta de entradas en un mercado altamente sofisticado donde la tecnología suele jugar a favor de quienes buscan maximizar beneficios y no necesariamente de los aficionados ni de los músicos que están fuera del circuito terrenal.
Recordemos, se trata de celebrar la vida, algo que nos viene muy bien a todos y a todas
Ya, ya. Siempre ha habido reventa, sí, es cierto. Pero no a esta escala. Las herramientas automatizadas permiten monitorizar lanzamientos, saltarse limitaciones impuestas a los usuarios corrientes y adquirir cientos de entradas antes de que la mayoría de los compradores consiga acceder a la plataforma. Posteriormente, esas entradas se redistribuyen en mercados secundarios donde la escasez artificial dispara los precios.
A esta dinámica se suma la creciente concentración empresarial del sector. Un número reducido de compañías controla la organización de conciertos, la gestión de recintos y la venta de entradas en numerosos mercados. Esta integración vertical ha generado críticas por la falta de competencia y por la opacidad de determinados mecanismos de fijación de precios.
Y mientras tanto, las figuras más influyentes de la industria musical baten récords de asistencia y facturación; las plataformas, insaciables, incrementan sus ingresos por comisiones y los revendedores encuentran nuevos nichos de negocio. El gran perjudicado suele ser el aficionado, que se encuentra precios cada vez más elevados, es sometido a procesos de compra frustrantes y a una sensación creciente de que asistir a un concierto se ha convertido en un privilegio más que en una experiencia cultural accesible. Ansiedad incontrolable.
Pero volvamos al principio: a ese aire cálido que envuelve la música en vivo cuando nos alejamos de los gigantes materiales y nos rodeamos de titanes morales. Es el caso de los pequeños festivales, humildes, hechos con el corazón y desde el amor. El amor a la música, a la comunidad y a las personas. Como el LipeRock, que el 27 de junio celebrará la vida en Villaviciosa (Asturias) rindiendo homenaje a las personas queridas que ya no están físicamente pero que seguirán siempre a nuestro lado mientras las recordemos y honremos.
La maliaya Asociación Cultural Dakefalar, de reciente creación, ha sido la generadora de esta iniciativa en honor a Felipe Miravalles, Lipe, y rápidamente se han unido varias personas para ampliar el tributo a otros amigos y amigas que se han ido recientemente: Ñete, Xavi, Rosina, Paxa, Merino, El Tigre, Oscarín, El Leji…
Los organizadores han conseguido reunir a los mejores del rock astur, que emplearán el día entero para que este recuerdo quede engarzado en oro.
La jornada comenzará con una sesión vermú a cargo del rock underground de Jorge Explosión en el Café del Sol; por la tarde podremos disfrutar del genuino rock & roll de Robbie Savoy y sus "Rocking Robins" en el Rice; después, a partir de las siete, en el Parque del Pelambre, Pin Carter ofrecerá su pop eléctrico; le seguirá Pablo Und Destruktion presentando su último disco, Te quiere todo el mundo. Tras él, ROZA, la banda liderada por Kike Suárez y que cuenta además con Ramón G. Morán, Kike Planelles, Kiki Dee y para cerrar la noche el escenario será de Rafa Kas, figura imprescindible del panorama nacional.
Tinta Artificial, Dmasd Soluciones Electrotécnicas, Bypower y el ayuntamiento de Villaviciosa son algunos de los patrocinadores que apoyan este homenaje para el que no hay que comprar entradas, aunque sí se puede colaborar comprando papeletas para una rifa de las de toda la vida, porque, recordemos, se trata de celebrar la vida, algo que nos viene muy bien a todos y a todas.
__________________________
Asun Gómez Bueno es periodista y vicepresidenta del Comité de Informativos de la Unión Europea de Radiodifusión.
“Si existe la música es para agitar sentimientos. Punto”, dice Carolina Sarmiento en su nuevo libro Las fronteras, y eso es lo que ocurre siempre que escuchamos música en buenas condiciones: se nos abre o se nos cierra una herida; se despiertan recuerdos que creíamos dormidos para siempre; se olvidan penas que impedían respirar; se libera la garganta de las piedras que no permitían hablar y una suerte de aire cálido envuelve el entorno.