Díselo, Carmen Romero

Ella, Carmen Romero, sindicalista, militante, diputada y eurodiputada socialista, aparece cuando se la necesita. Estuvo en Ferraz apoyando a Pedro Sánchez cuando se tomó sus días de reflexión. Ahora se ha dejado ver con María Jesús Montero. Su biografía incluye haber sido la esposa de Felipe González durante su época de presidente de gobierno, aunque nunca ejerció de tal. Ver su fotografía en la portada de este periódico me ha emocionado. Me ha recordado lo que sentimos una mayoría muy cualificada de ciudadanos cuando el partido socialista, con Felipe González a la cabeza, ganó las elecciones generales con mayoría absoluta en 1982. A partir de ahí, Isidoro se fue diluyendo, pero Carmen siguió enriqueciendo su personaje con la fuerza de la coherencia. El poeta Javier Egea vio el devenir del líder con toda claridad. “Díselo, Carmen Romero” (Coplas de Carmen Romero). Todavía, en justicia, tenemos mucho que agradecerle. Y en justicia, todavía, tenemos mucho que reprocharle. En aquellos años de ilusión hubiera sido imposible siquiera imaginar al Felipe González de hoy, tan cercano a la derecha mediática, política y económica. La emoción que produce ver a Carmen Romero defendiendo sus valores se convierte en decepción al ver a su exmarido traicionando los suyos. ¡Suerte que los viajes en el tiempo son imposibles! Nos hubiera dado un síncope. 

El primer presidente del gobierno socialista ha sufrido una transvaloración que se vende como natural. Para explicarla, a veces se recurre a la frase, de autoría incierta —la IA me dice que su autor más probable es Clemenceau—, que interpreta el ser de izquierdas como un pecado de juventud, una debilidad perdonable de una época de la vida que prioriza el corazón sobre la cabeza. Quién a los cuarenta lo sigue siendo. Los dichos que se popularizan o son vacíos o representan la posición de los poderosos. Las personas sensatas, se nos advierte, se hacen de derechas cuando llegan a su madurez. Carmen Romero, como tantas y tantos, nos recuerda que eso no es así. 

Las grandes causas, las que han hecho avanzar a la humanidad, son obra de individuos libres, libres de miedos, libres de peajes. Y la libertad personal se conquista; no se regala; no se compra. Es edificante reconocer en la Carmen Romero de ahora a la mejor versión de lo que fue, una persona que no ha perdido el rumbo, que sigue defendiendo lo que defendió en su época de sindicalista. Una mujer libre. Hay personas que crecen en dignidad con el paso de los años. Las necesitamos. Estas personas nos recuerdan que, a pesar del pesimismo generalizado que atenaza a las izquierdas, los valores conquistados no se pueden perder. Hay que pelearlos, eso sí. Pero es que, en la vida, como en el amor, no avanzar es retroceder.  

El modo de vida que publicitan es una inmensa estafa piramidal en la que, para mantenerte a flote, tienes que hundir a los incautos que te siguen

Hay altruismo en la juventud y en la edad madura. Hay mezquindad en la juventud y en la edad madura. Solo que en la juventud es más perdonable. A los streamers que, desde Andorra, alardean de no pagar impuestos no podemos atribuirles el mismo grado de responsabilidad que tienen los políticos, de izquierdas y derechas, que protagonizan la actualidad judicial. El “infierno fiscal” como lema de campaña no es achacable a la ignorancia sino al cinismo. El argumento del reemplazo es directamente maldad. El musulmán el que no bote es una triste consecuencia de mucho cerebro lavado. Confiemos en que sus portadores aprendan con el tiempo que el rechazo del diferente no es más que una manifestación del miedo. Contra el miedo, conocimiento.

Quizás esos treintañeros con pantallas que popularizan discursos de odio crean de verdad que el capitalismo insolidario es una forma de rebeldía, de red pill política. Siento aguarles la fiesta. Es todo lo contrario. El modo de vida que publicitan es una inmensa estafa piramidal en la que, para mantenerte a flote, tienes que hundir a los incautos que te siguen. Una especie de Juegos del Hambre extendidos en el tiempo. La solidaridad, por el contrario, es el único camino para avanzar juntos.

Seguramente las Carmen Romero, que hay muchas, no están preocupadas por sus condiciones materiales. Su testimonio, su lucha, es por el bien de los que vienen, incluidos YouTubers insolidarios y TradWifes desnortadas. Porque están liberadas de lo urgente, pueden dedicarse a lo importante. No queremos héroes. A quien teme perder el trabajo, no poder pagar el alquiler, enfermar sin cobertura sanitaria, no poder mandar a los hijos a la universidad no hay que exigirle que dé la cara. Quien en estas circunstancias lo haga, merece nuestro profundo agradecimiento, pero el avance de una sociedad no puede depender de inmolaciones personales. No todo el mundo está dispuesto a tener su casa asediada por abusadores y energúmenos. Y nadie debería de pasar —de haber pasado— por ahí. Por eso, la filosofía y la política han sido tradicionalmente ocupaciones de quienes tienen la vida resuelta —la estrategia contemporánea de dedicarse a la política precisamente para resolvérsela parece un peligroso fenómeno reciente. 

Necesitamos a las Carmen Romero. Cada edad tiene su función; cada persona su papel. Nadie es imprescindible, pero no podemos prescindir de nadie. Necesitamos referentes en los que mirarnos, figuras cargadas de dignidad que nos recuerden el camino. El culto a la juventud (de ellas, por supuesto) y a la desmemoria (de todos) terminará, tarde o temprano, en resaca. Y cuando todo pase, seguiremos necesitando sanidad y educación, cultura y cuidados, calidez y solidaridad. Díselo, Carmen Romero. Dile que está destruyendo su legado, su crédito y nuestra memoria. Dile que las adulaciones son interesadas y que quienes alguna vez soñamos con sus promesas seguimos soñando sin él. Él ya no está. Pero tú sigues sosteniendo nuestros sueños.

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María José Frápolli Sanz es catedrática de Lógica y Filosofía de la Ciencia en la Universidad de Granada.

Ella, Carmen Romero, sindicalista, militante, diputada y eurodiputada socialista, aparece cuando se la necesita. Estuvo en Ferraz apoyando a Pedro Sánchez cuando se tomó sus días de reflexión. Ahora se ha dejado ver con María Jesús Montero. Su biografía incluye haber sido la esposa de Felipe González durante su época de presidente de gobierno, aunque nunca ejerció de tal. Ver su fotografía en la portada de este periódico me ha emocionado. Me ha recordado lo que sentimos una mayoría muy cualificada de ciudadanos cuando el partido socialista, con Felipe González a la cabeza, ganó las elecciones generales con mayoría absoluta en 1982. A partir de ahí, Isidoro se fue diluyendo, pero Carmen siguió enriqueciendo su personaje con la fuerza de la coherencia. El poeta Javier Egea vio el devenir del líder con toda claridad. “Díselo, Carmen Romero” (Coplas de Carmen Romero). Todavía, en justicia, tenemos mucho que agradecerle. Y en justicia, todavía, tenemos mucho que reprocharle. En aquellos años de ilusión hubiera sido imposible siquiera imaginar al Felipe González de hoy, tan cercano a la derecha mediática, política y económica. La emoción que produce ver a Carmen Romero defendiendo sus valores se convierte en decepción al ver a su exmarido traicionando los suyos. ¡Suerte que los viajes en el tiempo son imposibles! Nos hubiera dado un síncope. 

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