Plaza Pública

Elogio del Orgullo

Varias personas con banderas del colectivo trans frente al Congreso.

Jesús Generelo Lanaspa

El armario es una institución social, uno de los pilares que sustentan al patriarcado. Basado en la presunción de cis-heterosexualidad (toda persona es cis y heterosexual hasta que se demuestre lo contrario) y en la cis-heterosexualidad normativa (lo normal y obligado es ser cis y heterosexual) coloca a las personas disidentes sexuales en el lugar que nos corresponde: fuera de la norma social.

Destroza la autoestima y hace que numerosas personas nos despreciemos a nosotras mismas y creamos que la ocultación es la respuesta, la única respuesta posible, a los riesgos de mostrarnos y sufrir las consecuencias de dicha osadía. Consecuencias emocionales pero también físicas, palpables.

Frente a esto, el Orgullo LGTBI es una estrategia de supervivencia y de resiliencia. Es el mecanismo que empleamos esas personas a las que la sociedad ha despreciado y enseñado a autodespreciarse. Aquellas a las que se nos ha dicho desde siempre, desde antes de poder nombrar, tú no perteneces a nuestro club privado, estás fuera de lugar, y no existe ningún otro lugar. Aquellas personas, como escribió el filósofo francés Didier Eribon, para quienes “en el principio, fue la injuria”. La injuria que lleva incorporada una vergüenza infinita por el pecado original de haber nacido diferentes.

Hemos pasado tanta, tanta vergüenza, que sin el Orgullo no habríamos sido capaces de vencerla, de doblegarla. Es nuestro mecanismo personal de superación.

Y no olvidemos que lo personal es político.

Cada Orgullo, miles de personas en el mundo, fundamentalmente jóvenes, descubren el arcoíris detrás de la tormenta. Adquieren el estímulo, se contagian de la energía y la luminosidad que los rodea, rompen sus cadenas y salen del armario. Y el potencial que arrastran es imparable. Cada salida del armario es un camino de baldosas amarillas sin retorno.

El Orgullo es también una estrategia sociopolítica. Desde que saltara la chispa en un no tan lejano 28 de junio de 1969, el fuego libertador se ha ido extendiendo por cada rincón del planeta, incorporando a más y más gente, hasta conformar una marea humana contagiosa e imparable, capaz de defender a unas minorías del abuso y los privilegios de algunas mayorías.

En España, el Orgullo fue creciendo de manera exponencial durante los años 90. De 500 personas manifestándose se pasó a 1.000, después a 5.000, a 30.000, a 100.000, a medio millón, a un millón… 2005, el año en el que se aprobó el Matrimonio Igualitario, se produjo un salto cualitativo. La manifestación estatal del Orgullo ya no fue un espacio casi exclusivo de personas LGTBI gritando por sus derechos. Familiares, amistades, colegas, aliadas, innumerables personas implicadas en la lucha por la igualdad y por la democracia plena se sintieron implicadas en ese Orgullo. Y años después, cuando el Orgullo Mundial se celebró en Madrid, esa marea orgullosa ya había inundado toda la capital y todas y cada una de los ciudades españolas.

El movimiento LGTBI conoce perfectamente el poder de esta herramienta. De esta arma de defensa masiva. Y sabe cómo utilizarla para levantar la cabeza o la voz cada vez que alguien intenta someterlas. El Orgullo fue prácticamente el único dique de contención a la tremenda ofensiva de homofobia que desplegó el gobierno de Aznar. Con la mayor parte de los poderes públicos en contra, el Orgullo fue un oasis de libertad y de defensa de tantos y tantos derechos vulnerados.

Ahora, consolidado como ese mecanismo defensivo, todos esos poderes han aprendido a temer al Orgullo y se dan de codazos por encontrar un hueco en su interior. Paradigmático es el caso de un PP que en 2017 se puso de rodillas para conseguir su plato de lentejas orgullosas en el World Pride.

Este año, 2021, tras meses de negociaciones infructuosas por lograr una Ley Trans que otorgue a las personas trans la dignidad de la despatologización y del derecho a su autodeterminación, solo la proximidad del Orgullo –que este año ha cerrado filas en torno a la T– ha conseguido desenmarañar la muy enredada madeja. Sin el Orgullo, probablemente no habría llegado un anteproyecto de Ley Trans al Consejo de Ministros. Con toda seguridad, al menos no un texto que reconoce el derecho a la autodeterminación de género.

Todo este poder es de sobra conocido, por eso tiene furibundos detractores, aquí y, por supuesto, fuera de nuestras fronteras: porque conocen y temen el poder del Orgullo.

Pero por muchos detractores que tenga, y por mucho camino que le falte por recorrer (Orgullo para las personas LGTBI mayores, las menores, aquellas con discapacidad, las intersexuales…), el Orgullo es indomable. Podrán intentar boicotearlo, limitarse las manifestaciones públicas, su alcance masivo. Pero el Orgullo lo llevamos dentro. Lo hemos cambiado, insisto, por la normalización de la culpa que traemos de fábrica. Y eso es una fuente de transformación personal y social imparable.

Imparable.

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Jesús Generelo Lanaspa es consejero técnico del Ministerio de Igualdad y expresidente de la FELGTB.

Las drag, protagonistas del pregón del Orgullo en Madrid: "Se jugaban la vida, o las llevaban a la cárcel o al manicomio"

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