¿Se encaminan los Estados Unidos hacia la tiranía?

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Emilio Menéndez del Valle

¿Tiene allanado el camino hacia la tiranía un país cuya democracia está condicionada/determinada por los hechos y datos que a continuación expongo? Sabido es que el país es líder en técnicas demoscópicas. Un amplio estudio de 2018 mostró que muchos votantes son incapaces de aprehender la distinta naturaleza de los partidos Demócrata y Republicano. A menudo yerran al estimar la composición partidaria de uno o de otro. Por ejemplo, los encuestados opinaban que el 32% de los demócratas son gays, lesbianas o bisexuales (cuando solo el 6,3% lo es en realidad), al tiempo que estimaban que el 38% de los republicanos ganan más de 250.000 dólares anuales, cuando solo el 2,2% se incluyen en ese modelo. Por otro lado, quienes se declaran republicanos sobrestiman la proporción de demócratas que son negros o ateos, mientras, curiosamente, los demócratas sobrestiman el número de republicanos mayores de 65 años.

Este panorama es un caldo de cultivo en el que un demagogo (hoy mucho más peligroso que un demagogo) como Donald Trump se mueve sin el menor pudor. Impulsor del asalto al Capitolio el 6 de enero de 2021 que llevaron a cabo manifestantes de extrema derecha con el fin de congelar la transición política y mantenerle en el cargo a pesar de su obvia derrota electoral, no ha dudado en servirse y fomentar acciones aún más violentas. Me refiero a la denominada conspiración QAnon, que mentes racionales pueden calificar de ridícula, estrambótica o absurdamente perversa. Juzgue el lector: destacados miembros y varias corrientes del Partido Republicano (los primeros, generosos financiadores y los otros entusiastas practicantes y divulgadores) sostienen que Trump está defendiendo al mundo de una vasta red de pedófilos satánicos –miembros del Partido Demócrata, estrellas de Hollywood y otros incluidos– que controlan el Gobierno. Un vendaval está en marcha para barrer a las élites y restaurar (en 2024) al legítimo y justo dirigente del país. Los patriotas norteamericanos tendrán posiblemente que recurrir a la violencia para salvar al país.

La fuerza de QAnon es creciente. Un estudio reciente (GRID, abril 2022) revela que en 2022 hay 78 candidatos a puestos de elección en 26 Estados de la Unión afiliados a QAnon. Aspiran a gobernadores y a escaños en el Senado y en la Cámara de Representantes a nivel nacional y en distintas legislaturas estatales.

Otro dato: The Washington Post publicó un concienzudo estudio en enero de 2022 que concluía que el 40% de los ciudadanos norteamericanos encuestados apoyaría un golpe de Estado en determinadas circunstancias. El periódico destacaba las conclusiones alcanzadas por el Instituto Internacional por la Democracia, sueco, que el 22-11-2021 incluyó a los EEUU en la lista de Estados considerados “democracias en retroceso”. El estudio del Post resalta como preocupante el hecho de que el número de ciudadanos dispuestos a tolerar un golpe pasó del 28% en 2017 al 40% en 2021. Significativo en relación a la subversión promovida por QAnon y apoyada por el propio Trump es que en 2017 el número de republicanos a favor del golpe era del 31%, y 29% el de los demócratas, mientras que en 2021 el porcentaje republicano es del 54%, frente al 31% demócrata. En este sui generis caldo de cultivo en el que EEUU se halla inmerso no es baladí que ese porcentaje de demócratas encuestados estén dispuestos a tolerar una insumisión contra las instituciones democráticas y constitucionales. Aun así, el estudio certifica que en 2021 el 79% de los demócratas manifiesta su confianza en las elecciones, frente a solo un 27% de los republicanos (obvia consecuencia de las campañas de QAnon y Trump).

Chris Cillizza, una estrella de la CNN, recuerda que “solo” el 32% de los ciudadanos afirma que Biden ganó fraudulentamente ( cuando venció a Trump por más de siete millones de votos), pero pensar, dice, que el asalto al Capitolio fue un incidente aislado no se compadece con el hecho de que uno de cada tres norteamericanos cree firmemente que a su ídolo se le robó la presidencia y con idéntica firmeza se niega a aceptar hechos objetivamente verificables que desmienten la fantasía que viven. Se trata de una receta para el desastre.

¿Ante qué mundo nos encontraríamos con la presencia de tres grandes potencias, China y Rusia hoy y –esperemos no sea el caso– Estados Unidos mañana, carentes de marchamo democrático y escaso respeto por los derechos humanos?

Desde 2020, con tácito o explícito apoyo, según los casos, de sus líderes nacionales, distintos operativos estatales republicanos han estado preparando un sistema de alteración de los resultados electorales (una de las virtudes de la todavía existente democracia norteamericana es que esto lo publican los medios). Funcionarios estatales de Arizona (donde QAnon tiene la mayor presencia), Texas, Georgia, Pennsylvania, Wisconsin, Michigan, entre otros, han estudiado sistemáticamente la estrategia trumpista para revertir el resultado de los comicios de 2020, con el propósito de evitar un nuevo fracaso en 2024. Trump y el Partido Republicano han convencido, vía QAnon, a un abrumador número de estadounidenses de que la democracia está corrompida, que las alegaciones de fraude son ciertas, que sólo un nuevo engaño puede impedir su victoria en las urnas de 2024, que la tiranía (¡ellos osan hablar de tiranía!) ha usurpado al Gobierno y que la violencia es una respuesta legítima.

De ahí que no sea descabellado sostener que de aquí a 2024 el empeño en subvertir la democracia se ha puesto en marcha, incluso de una manera más inteligente, más fuerte, mejor organizada y por supuesto mucho mejor financiada. Diversos analistas mantienen que la emergencia democrática es un hecho ya en Estados Unidos y de que hay serios riesgos de que la democracia, tal como la conocemos, puede desaparecer en 2024. Gane o no gane Trump.

Normalmente, la democracia está basada en la convicción de que quien pierde acepta el resultado, se retira y trabaja para lograrlo la próxima vez. Evidentemente esa no es la convicción de Trump. Ha entrado el país de los padres fundadores en la fase en que demasiada gente no confía en el proceso por ellos iniciado. Ello, claro está, supondría un peligro en el momento en que una mayoría rechazara la vía electoral como el único método legítimo y pacífico para reemplazar una autoridad determinada. De todo esto puede deducirse que, efectivamente, EEUU se halla ante una emergencia democrática capaz de facilitar una situación de tiranía. Hay quien piensa que, teniendo en cuenta todo lo anterior, existe un serio riesgo de que la democracia, tal como la conocemos (esto es, un sistema político cuyos dirigentes respetan las tradiciones democráticas y la correspondiente Constitución, a cuyas reglas los anteriores mandatarios se atuvieron) pueda llegar a su fin si un personaje como Donald Trump gana o si, perdiendo legítima y legalmente, no acepta la derrota y acusa de nuevo al sistema de fraude contra él. Estaríamos en ese caso ante un colapso democrático. Por si fuera poco, hay en esta historia una derivada de naturaleza internacional: ¿ante qué mundo, ante qué relaciones internacionales nos encontraríamos con la presencia de tres grandes potencias, China y Rusia hoy y –esperemos no sea el caso– Estados Unidos mañana, carentes de marchamo democrático y escaso respeto por los derechos humanos?

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Emilio Menéndez del Valle es embajador de España

¿Tiene allanado el camino hacia la tiranía un país cuya democracia está condicionada/determinada por los hechos y datos que a continuación expongo? Sabido es que el país es líder en técnicas demoscópicas. Un amplio estudio de 2018 mostró que muchos votantes son incapaces de aprehender la distinta naturaleza de los partidos Demócrata y Republicano. A menudo yerran al estimar la composición partidaria de uno o de otro. Por ejemplo, los encuestados opinaban que el 32% de los demócratas son gays, lesbianas o bisexuales (cuando solo el 6,3% lo es en realidad), al tiempo que estimaban que el 38% de los republicanos ganan más de 250.000 dólares anuales, cuando solo el 2,2% se incluyen en ese modelo. Por otro lado, quienes se declaran republicanos sobrestiman la proporción de demócratas que son negros o ateos, mientras, curiosamente, los demócratas sobrestiman el número de republicanos mayores de 65 años.

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