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Ética y estética: una coleta ante las urnas

El vicepresidente segundo y líder de Unidas Podemos, Pablo Iglesias

Vengo tiempo pensando en qué grado de responsabilidad, culpabilidad o éxito se le puede atribuir a la longitud del cabello de Pablo Iglesias, formato coleta o recogido, en el resultado en las urnas desde que se presentó por primera vez a las elecciones al Parlamento Europeo y en las posteriores elecciones legislativas y autonómicas. Porque el ciudadano, salvo el militante o simpatizante fiel de un partido, el votante medio, ese porcentaje que conforma una masa electoral suficiente para inclinar los resultados a un lado u otro del espectro ideológico, vota en muchas ocasiones por pulsiones emocionales, en este caso estéticas, más que por argumentos políticos.

Imaginemos que Iglesias, tras el repentino e inesperado triunfo en las elecciones europeas de 2014, apenas tres meses después de la inscripción de su formación política, con la que cosechó cinco escaños, hubiera decidido cortarse la coleta y sentarse en el Parlamento Europeo con una estética estándar de profesor universitario, su verdadera profesión, pelo relativamente corto, pantalón vaquero, chaqueta desabrochada y camisa sin corbata. Atuendo casual, como se dice ahora. Misma indumentaria para las siguientes elecciones en territorio nacional en mítines, entrevistas y platós televisivos. Sin duda su discurso, rico en referencias intelectuales, rigor y datos objetivos, ayudado por su vocalización y tonalidad cuidadosamente trabajadas, habría tenido mayor calado en una audiencia que estaba mediatizada, distraída, por la estética de ese joven desgarbado con ideas disruptoras.

Los platós de todas las cadenas se rifaban a Iglesias por la novedad que suponía para el gran público presentar el espectáculo de un melenudo diciendo que venía a asaltar los cielos, a terminar con el bipartidismo y a llegar al poder de la mano de los cientos de miles de indignados, incluso millones, que el 15M sacó a la luz. Tenía tirón mediático y lo veían como algo exótico. Pero pronto empezaron a cambiar las cosas conforme se iba viendo que sus seguidores y potenciales votantes crecían como la masa madre. Los resortes del poder comenzaron a verle con posibilidades y fueron saltando las alarmas una por una. Las intervenciones de los periodistas se transformaron en interpelaciones hostiles, desprecio por su indumentaria, sus camisas arremangadas “made in Alcampo”, sus pendientes o su coleta. Vimos cómo algunos periodistas le decían “mira, chaval”, “tú de qué vas” y lindezas similares y en las redes sociales comenzó a estilarse la expresión de “perroflauta” para él y sus seguidores. Recientemente, Isabel Díaz Ayuso le ha llamado “caribeño con chándal”, expresando de paso una profunda xenofobia y aporofobia.

Porque, claro, alguien que pretende entrar en un parlamento y ocupar un asiento debe respetar ciertas reglas estéticas que a todo prohombre patrio se le suponen. Terno de buen paño, camisa y corbata, abrocharse la chaqueta cuando se levanta para hablar, pelo y barba cuidados, zapatos de cuero y calcetines ejecutivos. El contenido de sus discursos, los valores que defienda, los intereses que represente o su comportamiento privado pasan a segundo plano. Lo importante es saber estar, el decoro y la apariencia. En las Cortes franquistas, sus señorías lucían habitualmente las mejores vestimentas, uniformes militares modalidad de gala y sotanas bien planchadas para representar el papel que les había asignado la “democracia orgánica” del régimen en un intento de ocultar la hediondez que emanaba de la satrapía mugrienta y sangrienta que su “caudillo por la gracia de Dios” había regalado a los españoles.

En la actualidad, los diputados y senadores de los partidos “serios” van como pinceles a las sesiones parlamentarias y marcan tendencia con sus cabellos engominados, sus camisas tejido Oxford de cuello italiano y corbata azul, verde, naranja o roja, según marque su partido. Poco importa que el contenido de su discurso sea coherente, razonado o por el contrario desconsiderado, repugnante o vomitivo. Contrariamente, los parlamentarios de los partidos que la prensa de la caverna considera díscolos, antisistema, republicanos e indepes descuidan el aliño al uso que sus señorías siempre han mantenido con esmero. No hay más que ver de nuevo las caras de susto con las que algunos parlamentarios salían en las fotos viendo desfilar a los “advenedizos” que hacían fila hacia el estrado para la toma de posesión del cargo que acababan de ganar. La expresión de Rajoy mirando al diputado canario Alberto Rodríguez, con su altura y sus rastas, era todo un poema. Y es que parecerse al pueblo, vestir como se viste en la calle, no cotiza al alza en la sede de la representación precisamente del pueblo.

Es bien conocido que una buena parte de la población, sobre todo la que conforma esa España adormecida, necesita admirar a personajes públicos, especialmente por sus atributos externos: príncipes, cantantes, actores y actrices elegantes en grandes eventos y ceremonias, uniformes y glamour. Por eso triunfan los reality show televisivos y las revistas del corazón donde se exhiben las celebrities de todo pelo con sus mejores vestimentas. Cuenta más el continente que el contenido, el joyero que la joya, la estética que la ética.

Iniciada ya la precampaña para las elecciones anticipadas en la Comunidad de Madrid, se está poniendo ya de manifiesto, a juzgar por las declaraciones de varios actores políticos, que la batalla hay que darla frente a Pablo Iglesias, a quien le llegarán dardos desde las derechas pero también desde las izquierdas de la competencia. Es el único político que pone de acuerdo al resto de partidos políticos: todos contra el descamisado podemita. “Con este Iglesias, no”, dijo el sosegado candidato socialista Ángel Gabilondo, considerando radical a quien desde el Gobierno central ha impulsado algunas de las leyes más sociales de la última década (subida del SMI, ampliación de permisos parentales, ERTE, eutanasia, etc). ¿Con qué Iglesias sí, Sr. Gabilondo?. ¿Con uno algo más “aseadito” para su gusto?.

Volviendo al inicio de este escrito, tal vez la percepción subjetiva de político radical y todos los epítetos que la adornan (bolivariano, filoetarra, separatista, etc.) habrían sido diferentes si sus hábitos indumentarios hubieran sido los de, por ejemplo, su compañero de gabinete Alberto Garzón. ¡Hasta le habrían perdonado lo del “casoplón” de Galapagar!.

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Miguel López es militar retirado y miembro del Foro Milicia y Democracia (FMD).

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