Hace justo un año escribí en estas mismas páginas un artículo titulado Welcome to Spain. Decía entonces que, en algunos rincones de nuestro país, empezábamos a sentirnos extranjeros en nuestra propia casa. Que entrábamos en un restaurante y el camarero nos recibía en inglés por defecto. Que nuestro idioma parecía convertirse en una opción mientras el del visitante adquiría categoría de norma. Algunos pensaron que exageraba. Puede ser. Las columnas de opinión también sirven para exagerar un poco y poner un espejo delante de la realidad. Un año después, tras terminar unos días de vacaciones en Mallorca, suscribo cada una de aquellas palabras. Todas. Y, de hecho, voy un paso más allá.
Antes, reiteremos lo evidente. España vive, en buena medida, del turismo. Lo sabemos, lo repetimos y lo celebramos. Da trabajo a millones de personas, sostiene economías enteras y, especialmente en verano y en la zona costera, nos convierte en un motor económico imprescindible. Cuestionar algunos excesos no supone cuestionar el turismo. Todo lo contrario. Precisamente porque el turismo es tan importante merece que hablemos de él sin complejos.
Hay una escena que se repite constantemente y que dice mucho más que cualquier estadística. El camarero te recibe con un "Good evening". Tú respondes “Buenas noches”. De repente, cambia el gesto. Sonríe distinto. Se relaja. Y empieza a hablar contigo como si estuviéramos en peligro de extinción. Somos anfitriones, y a mucha honra. Pero no figurantes con acento.
Durante años, hacer temporada era una mezcla de trabajo, independencia y aventura. En mi caso, en un acogedor restaurante de carretera que conectaba con los Pirineos. Se ganaba un dinero extra, te curtías un poco y volvías a casa con un puñado de anécdotas y aprendizajes. Hoy, sobre todo en las islas, aquello empieza a parecer más un Erasmus que un verano en España. Exagerando ando. Pero quizá no tanto.
Una cosa es abrir las puertas de casa para que cualquiera se sienta bienvenido. Otra muy distinta es terminar siendo extranjeros en nuestra propia casa
Y aquí es donde voy un paso más allá. Porque ya no se trata únicamente de que te hablen en inglés por defecto. Eso, dentro de lo discutible, podría interpretarse como una costumbre adquirida por la enorme presencia de turismo internacional. Lo verdaderamente llamativo es comprobar que hay establecimientos donde algunos trabajadores ni siquiera hablan español. No es que decidan dirigirse a ti en inglés; es que esa es la única lengua en la que pueden atenderte. Entiendo que porque los propios hoteles o establecimientos no lo consideran indispensable. Pero también porque directamente apenas lo necesitan. Ni deben de tener mucho interés, todo hay que decirlo. Total, están en casa. Exagerando un poco más, por momentos uno tiene la sensación de encontrarse en una especie de protectorado turístico donde el idioma del país anfitrión empieza a parecer casi anecdótico. No estamos hablando de cortesía, estamos hablando de identidad.
Y no es solo el idioma. También los horarios. Estos días he terminado confundiendo la merienda con la cena. Adaptarse al turista es hospitalidad. Adaptarse más al turista que a uno mismo empieza a ser otra cosa.
Incido de nuevo en este tema porque hay ideas que necesitan ser repetidas. Vivimos obsesionados con la novedad, como si volver sobre un asunto significara no tener nada nuevo que decir. Yo empiezo a pensar exactamente lo contrario. La pedagogía consiste muchas veces en insistir. En señalar una realidad hasta que deja de parecernos paisaje. En recordar que lo normal no siempre es lo deseable. Si hace un año escribí aquello y hoy vuelvo a escribir sobre lo mismo es, precisamente, porque sigue ocurriendo. Porque algunas convicciones merecen ser defendidas más de una vez.
Exageremos juntos una vez más. España no necesita parecerse más al mundo para seguir siendo un destino extraordinario. El mundo viene precisamente porque somos España. Por nuestra lengua, nuestras costumbres, nuestra gastronomía, nuestra forma de entender la vida y hasta nuestros horarios. Si para recibir al visitante tenemos que dejar de parecernos a nosotros mismos, quizá haya llegado el momento de recuperar un poco de amor propio. El turismo puede convivir perfectamente con la defensa de lo nuestro. No son excluyentes. Porque una cosa es abrir las puertas de casa para que cualquiera se sienta bienvenido. Otra muy distinta es terminar siendo extranjeros en nuestra propia casa.
_____________________
Alberto Fandos Portella es periodista y director de comunicación y marketing.
Hace justo un año escribí en estas mismas páginas un artículo titulado Welcome to Spain. Decía entonces que, en algunos rincones de nuestro país, empezábamos a sentirnos extranjeros en nuestra propia casa. Que entrábamos en un restaurante y el camarero nos recibía en inglés por defecto. Que nuestro idioma parecía convertirse en una opción mientras el del visitante adquiría categoría de norma. Algunos pensaron que exageraba. Puede ser. Las columnas de opinión también sirven para exagerar un poco y poner un espejo delante de la realidad. Un año después, tras terminar unos días de vacaciones en Mallorca, suscribo cada una de aquellas palabras. Todas. Y, de hecho, voy un paso más allá.