Fanatismo climático

A pesar de que muchas personas nos preocupamos por cómo adaptarnos a las variaciones climáticas consolidadas que debemos soportar, la conciencia colectiva enmudece con una frase pronunciada por el portavoz del partido Vox: el fanatismo climático no debe existir. Su presidente, el señor Abascal, dijo en los días previos a las elecciones andaluzas, y así queda recogido en su web, que “el fanatismo climático, que arruina nuestra población y que mata, como mató en la DANA y como mató también en el apagón, es un acto de corrupción”. Como nos podemos encontrar entre los que tilda de fanáticos climáticos querríamos explicarle, con el debido respeto, algunos detalles de nuestras preocupaciones, por ver si así se ablanda su intransigente postura, carente de fundamentos científicos.

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Sentimos el dolor de las más de mil muertes impulsadas por las altas temperatura y las olas de calor (663 por este motivo) en junio. Nos estremece pensar lo que puede suceder en los meses venideros; cuando España cierra el segundo junio más caluroso de su historia, por ahora. Los días 22 y 23 de junio fueron los dos más cálidos registrados en un mes de junio desde, al menos, 1950. Por cierto, en los últimos 10 años, la media era de 330 fallecimientos cada junio (en general por el agravamiento de ciertas patologías). No es el calor de siempre, es el cambio climático: la ola que achicharra Europa habría sido imposible hace solo 50 años. Que se lo pregunten a los franceses, alemanes, checos, polacos, etc., que se han torrado en junio.

No nos inventamos los fallecimientos sino que los hemos recogido del sistema MoMo (Sistema de Monitorización de la Mortalidad Diaria), desarrollado por el Centro Nacional de Epidemiología del Instituto de Salud Carlos III de Madrid. Su objetivo es identificar desviaciones en la mortalidad diaria por todas las causas. Los resultados, variaciones significativas entre la mortalidad observada con respecto a la mortalidad esperada debe comunicarlos al Ministerio de Sanidad a los efectos oportunos. Hay que subrayar que MoMo utiliza datos de defunciones diarias y temperaturas de cada día para medir/analizar las olas de calor y su incidencia en la salud pública. Este sistema forma parte del Plan Nacional de Actuaciones Preventivas frente a los efectos de los excesos de temperatura en la salud ciudadana; así se pueden activar medidas concretas para mitigar sus efectos.

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No es fanatismo constatar que los incendios extremos de 2025 marcaron un punto de inflexión tras arrasar más de 524.000 hectáreas

Nos duele conocer que el calor extremo ha disparado las emergencias médicas de personas con demencia y podría acelerar su deterioro cognitivo. Un estudio de casi una década con más de 13.680 pacientes con demencia subraya la urgencia de implementar medidas preventivas contra el calor extremo, sobre todo en el caso de personas mayores y con enfermedades neurodegenerativas, según se dijo por parte de la Academia Española de Neurología.

No son fanáticos climáticos quienes alertan de las temperaturas soportadas a finales de junio en Cantabria y el País Vasco (tradicionales refugios veraniegos). La Plataforma ClimaMeter (alojada en el Instituto Pierre Simon Laplace, sostenido por varias universidades francesas) afirma que el cambio climático ha “inyectado” hasta 4 grados a la ola de calor que atraviesa Europa y ha aumentado el riesgo de un episodio extremo. También recoge las olas de calor que asolaron la India en abril y la que padece la Antártida en su invierno (hasta + 3 °C de lo habitual).

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Sepan quienes nos tildan de fanatistas climáticos que las noches tropicales o tórridas se provocan porque las temperaturas nocturnas (suelo y aire) no tienen tiempo de bajar antes de volver a subir. Las noches tropicales por año cada vez se dan antes y llegan a producirse más tarde. Es más, si hasta 1997 apenas eran 20 días por año, en los últimos 22 superan los 30. Mucho peor, desde 2022 se aproximan o superan los 50 días/año. En las noches ecuatoriales o tórridas la temperatura no desciende de los 25 °C. A todo esto hay que sumarle, en la ciudad, la isla de calor que provoca ella misma, con enclaves donde las temperaturas medidas esos días de olas de calor ponen en peligro las condiciones mínimas del aire saludable.

La caldera de Pedro Botero que es ahora el mar Mediterráneo, tras muchos años de continuadas altas temperaturas, nos previene de las posibles danas que descargarán lluvias torrenciales en el camino hacia el otoño. Lo expresa bien el sistema Copernicus de la UE, que suponemos no estará entre los fanáticos. Cómo estará el asunto del calor marino que en ese portal de investigación/información han debido cambiar los modelos cartográficos porque antes solamente medían intervalos entre +5 y -5 °C con respecto a la media; ahora se superan hasta 10 grados en verano. El agua mediterránea se ha convertido en un reservorio de calor de influencia considerable en el clima de Europa, el continente que más calentamiento soporta.

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No es fanatismo constatar que los incendios extremos de 2025 marcaron un punto de inflexión tras arrasar más de 524.000 hectáreas. Un estudio elaborado por investigadores de la Universidad de León concluye que la interacción entre la sequía prolongada, los fuertes vientos y la elevada carga de vegetación seca generó unas condiciones excepcionales que favorecieron la propagación de grandes incendios. Zamora y León sufrieron la peor parte de esta catástrofe ambiental sin precedentes. Me pregunto qué papel habrán jugado los defensores de una alerta climática en la generación de estos episodios. Quizás el monte se ha rebelado contra su ideología.

En síntesis, con el debido respeto, rogaríamos que aquellos que hablan de fanatismo climático sean conscientes de la negativa influencia que generan en sus seguidores, en la ciudadanía en general. A los cuales eximen de toda posibilidad de comprensión particular; así toda la culpa es del clima y sus fanáticos predicadores. Siendo que los perjudicados por estos lemas hirientes son las personas, no el innegable cambio climático en el que estamos inmersos que, recordemos, es bastante nuestro por acción u omisión.

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Carmelo Marcén Albero es doctor en Geografía por la Universidad de Zaragoza y especialista en educación ambiental.

A pesar de que muchas personas nos preocupamos por cómo adaptarnos a las variaciones climáticas consolidadas que debemos soportar, la conciencia colectiva enmudece con una frase pronunciada por el portavoz del partido Vox: el fanatismo climático no debe existir. Su presidente, el señor Abascal, dijo en los días previos a las elecciones andaluzas, y así queda recogido en su web, que “el fanatismo climático, que arruina nuestra población y que mata, como mató en la DANA y como mató también en el apagón, es un acto de corrupción”. Como nos podemos encontrar entre los que tilda de fanáticos climáticos querríamos explicarle, con el debido respeto, algunos detalles de nuestras preocupaciones, por ver si así se ablanda su intransigente postura, carente de fundamentos científicos.

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