Si Donald Trump pretendía llegar a la cumbre con Xi Jinping exhibiendo la derrota estratégica de Irán y el debilitamiento de uno de los principales socios de China en Oriente Medio, difícilmente podría haberle salido peor la jugada. El desenlace del conflicto no solo ha preservado al régimen iraní, sino que ha puesto de relieve algunas de las fortalezas que distinguen la aproximación china a la región.
Irán constituye una pieza esencial de la presencia china en Oriente Medio. Más allá de su importancia energética, forma parte de una red de relaciones que Beijing ha ido tejiendo pacientemente durante años sobre la base de la cooperación económica, la conectividad y la no injerencia. Esa estrategia, aparentemente limitada al terreno comercial, ha terminado generando una influencia política nada desdeñable.
La paz alcanzada tiene un origen inmediato en la mediación pakistaní, pero resulta difícil desvincularla de la iniciativa de cinco puntos presentada conjuntamente por China y Pakistán el pasado 31 de marzo, basada en el alto el fuego, la apertura de negociaciones, la protección de las infraestructuras civiles y la restauración de la seguridad marítima en el Estrecho de Ormuz. Aunque Beijing evitó situarse en primera línea, su peso diplomático estuvo presente en todo el proceso.
La guerra también ha dejado una enseñanza incómoda para los países del Golfo. Durante décadas, la presencia militar estadounidense fue presentada como la principal garantía de estabilidad regional. Sin embargo, el conflicto mostró el reverso de esa lógica pues las bases norteamericanas se convirtieron en potenciales objetivos de represalia y la interrupción del tráfico en el Estrecho de Ormuz puso en riesgo los intereses económicos de todos los Estados de la zona.
La consecuencia más importante puede ser política. La imagen de Estados Unidos ha sufrido un desgaste apreciable mientras que China emerge asociada a los esfuerzos de mediación y a la búsqueda de una salida negociada. Para las monarquías del Golfo, cada vez resulta más evidente que la seguridad regional no puede descansar exclusivamente en la protección militar estadounidense y que conviene diversificar alianzas y equilibrios.
Paradójicamente, Washington pudo haber contribuido a resolver uno de los problemas estratégicos que afrontaba Beijing. Desde el inicio de la guerra de Gaza, China había quedado en una posición delicada. Su apoyo histórico a la causa palestina contrastaba con su limitada capacidad para influir sobre los acontecimientos, mientras Israel parecía ampliar su margen de actuación sin encontrar contrapesos efectivos. El conflicto con Irán alteró esa dinámica y devolvió protagonismo a las iniciativas diplomáticas impulsadas desde Asia.
Contener la influencia china
En realidad, detrás de la ofensiva estadounidense e israelí subyacía también el propósito de contener la creciente influencia china en Oriente Medio. No debe olvidarse que Beijing había logrado algunos éxitos diplomáticos significativos en los últimos años, desde la reconciliación entre Arabia Saudí e Irán hasta los intentos de aproximación entre las distintas facciones palestinas. La consolidación de China como actor político regional comenzaba a desafiar un espacio tradicionalmente dominado por Washington.
China no ha ganado necesariamente poder directo, pero sí algo quizá más importante a largo plazo: legitimidad como actor diplomático
Lo ocurrido refuerza, además, una narrativa que Beijing lleva años promoviendo al insistir en que los problemas de Oriente Medio no tienen solución militar duradera. La guerra ha demostrado, una vez más, que la fuerza puede alterar temporalmente los equilibrios, pero difícilmente resuelve las causas profundas de los conflictos. La negociación, el desarrollo económico y la construcción de consensos siguen siendo las herramientas más eficaces para alcanzar una estabilidad sostenible. Es el contraste entre la “paz mediante la fuerza” de Trump y la “paz mediante el desarrollo” que reivindica Beijing.
Si el objetivo era debilitar la influencia china en Oriente Medio, el resultado parece haber sido el contrario. La guerra ha vuelto a demostrar que Washington sigue siendo indispensable para desencadenar conflictos, pero cada vez menos para resolverlos. Y es precisamente en ese espacio, el de la reconstrucción diplomática posterior, donde China encuentra hoy las mejores oportunidades para ampliar su influencia.
Washington sigue siendo la potencia indispensable para hacer la guerra; Beijing aspira a convertirse en la potencia indispensable para gestionar la paz. La verdadera disputa estratégica en Oriente Medio ya no gira únicamente en torno al poder militar, sino alrededor de quién ofrece un orden regional más viable para el futuro.
Desde esa perspectiva, China sale fortalecida. No porque haya sustituido a Estados Unidos como potencia dominante en la región, algo que aún está lejos de suceder, sino porque su fórmula de "paz y desarrollo" aparece hoy más alineada con las necesidades y preocupaciones de unos actores regionales cansados de guerras interminables y cada vez más interesados en la estabilidad como condición indispensable para su prosperidad.
China no ha ganado necesariamente poder directo, pero sí algo quizá más importante a largo plazo: legitimidad como actor diplomático. Y en Oriente Medio, donde la influencia suele medirse tanto por la capacidad de mediar como por la de proyectar fuerza, ese puede ser un activo estratégico de enorme valor.
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Xulio Ríos es asesor emérito del Observatorio de la Política China.
Si Donald Trump pretendía llegar a la cumbre con Xi Jinping exhibiendo la derrota estratégica de Irán y el debilitamiento de uno de los principales socios de China en Oriente Medio, difícilmente podría haberle salido peor la jugada. El desenlace del conflicto no solo ha preservado al régimen iraní, sino que ha puesto de relieve algunas de las fortalezas que distinguen la aproximación china a la región.