La intensificación de las amenazas militares de Estados Unidos contra Irán reabre una pregunta incómoda para Beijing: si Washington decide golpear, ¿qué hará China? La cuestión no es retórica. En un contexto en el que Donald Trump ha recuperado una estrategia de presión máxima y en el que Benjamin Netanyahu mantiene una línea dura frente a Teherán, un eventual ataque podría alterar significativamente el equilibrio regional y afectar intereses chinos de manera directa.
Para China, el escenario más desfavorable no es necesariamente el bombardeo en sí, sino su éxito político. Si una acción militar estadounidense desembocara en un cambio de régimen –ya sea abrupto o gradual–, el resultado probablemente iría en detrimento de sus intereses estratégicos. Irán es hoy un socio incómodo pero útil: sancionado, necesitado de inversión, políticamente distanciado de Occidente y, por tanto, más permeable a la cooperación con China. Un Teherán reconfigurado bajo tutela o influencia estadounidense reduciría ese margen.
En ese sentido, los reveses internacionales de China se cobrarían una nueva e importante pieza. Tras la guerra en Gaza y la reactivación del protagonismo estadounidense en Oriente Medio, una derrota estratégica iraní ilustraría las limitaciones –al menos a corto plazo– de China para encarar un entorno internacional que Washington todavía puede modificar a su antojo y en su beneficio. Nada de ello afectaría a las ventajas estructurales de China en términos industriales o comerciales, pero tampoco sería neutral: todo desplazamiento del equilibrio regional hacia Estados Unidos erosiona, aunque sea indirectamente, la ambición china de configurar un orden más multipolar.
¿Cuán importante es Irán para China?
Irán no es un aliado formal de China, pero sí un socio relevante en varios planos. En el ámbito energético, ha sido un proveedor significativo de petróleo, especialmente en contextos de sanciones en los que los descuentos compensan riesgos reputacionales. No obstante, conviene relativizar este hecho ya que China ha diversificado su matriz energética y ningún proveedor individual resulta indispensable. La relación es importante, pero no existencial.
Más significativa es la dimensión geopolítica. El acuerdo de cooperación estratégica a 25 años firmado en 2021 simboliza una convergencia política frente a la presión occidental. China considera a Irán una potencia relevante en Oriente Medio, con capacidad de influencia regional y peso demográfico y militar propios. Beijing apuesta por la estabilidad de esa relación y, sobre todo, no está interesada en abrir el melón de una desestabilización profunda que pueda incendiar el Golfo o afectar las rutas marítimas.
En el plano militar, la cooperación existe pero es cuidadosamente calibrada. Para Teherán, la defensa es la prioridad absoluta; para Beijing, el cálculo es más frío. China evita compromisos que puedan desencadenar sanciones secundarias masivas o tensiones directas con Estados Unidos. Apoya diplomáticamente, comercia cuando puede, pero se abstiene de asumir riesgos estratégicos mayores.
El interés iraní por China
Desde la perspectiva iraní, China representa tres cosas: mercado, inversión y legitimidad internacional. En un entorno de sanciones, vender petróleo a China es vital. En términos simbólicos, mantener una relación estratégica con una potencia global alternativa ofrece a Teherán la narrativa de que no está aislado.
Sin embargo, esa dependencia es asimétrica. China necesita a Irán; Irán necesita mucho más a China. Esta asimetría condiciona cualquier respuesta futura.
¿Intervendrá China si EE.UU. ataca?
La respuesta más probable es que no, al menos no en términos militares. China condenaría el uso de la fuerza, apelaría a la soberanía y a la estabilidad regional, y activaría canales diplomáticos. Pero no está en disposición –ni parece tener voluntad– de confrontar militarmente a Estados Unidos por Irán. La lógica china sería no arriesgar recursos militares en un conflicto ajeno, proteger sus lazos con Irán mediante diplomacia y economía y evitar tensiones que perjudiquen su comercio internacional.
Una derrota estratégica iraní ilustraría las limitaciones de China para encarar un entorno internacional que Washington todavía puede modificar a su antojo y en su beneficio
Un ataque estadounidense pondría de relieve las limitaciones del poder político chino en la región. La mediación exitosa entre Arabia Saudita e Irán generó expectativas sobre un “nuevo actor clave” en Oriente Medio. Sin embargo, la guerra en Gaza y la reactivación estratégica de Washington devolvieron a China a su zona de confort destacando como gran actor económico, inversor relevante, pero con capacidades políticas limitadas.
Los datos lo confirman. Oriente Medio representa una fracción relativamente modesta del comercio exterior chino y una proporción aún menor de su inversión directa global. Su presencia es real, pero no decisiva. Y en un entorno de tensión, pocos países de la región dejarán de calcular el coste que tendría para ellos un alineamiento económico profundo con China si ello deteriora su relación con Washington.
¿Impacto en la cumbre Trump-Xi?
Un conflicto abierto podría afectar a la cumbre entre Xi Jinping y Trump anunciada para finales de marzo. Existen dos escenarios plausibles.
El primero: la escalada imposibilita o retrasa el encuentro, en un clima de recriminaciones mutuas. China denunciaría el unilateralismo estadounidense; Washington acusaría a Beijing de respaldar indirectamente a Teherán.
El segundo, más pragmático: Trump, necesitado de mostrar logros diplomáticos antes de las elecciones de noviembre, podría buscar un entendimiento parcial con China -comercial o financiero- que contribuya a aislar aún más a Irán. En ese caso, la presión sobre Teherán sería un elemento de negociación indirecta.
Ambos escenarios revelan la misma realidad: China no controla los tiempos ni la dinámica de la crisis, pero debe adaptarse a ellos.
BRICS y la fragilidad de la alternativa
El episodio también pondría a prueba de nuevo la cohesión de los BRICS. Si el bloque aspira a proyectarse como alternativa sistémica, su silencio o ambigüedad frente a crisis sensibles debilita esa pretensión. Las divergencias internas y las prioridades nacionales prevalecen sobre cualquier narrativa común.
El trasfondo doméstico chino
Este escenario, con su creciente complejidad internacional, estará inevitablemente presente en las “Dos Sesiones” de marzo, tras el Año Nuevo chino, el macroencuentro parlamentario que define la agenda. La política exterior china atraviesa un momento delicado, con un ministro de Exteriores en funciones desde 2023 tras la abrupta caída del efímero Qin Gang. La estabilidad, principio rector del discurso oficial, se enfrenta a un entorno cada vez más volátil.
En definitiva, si Estados Unidos ataca Irán, China no entrará en guerra. Pero podría perder margen, influencia y quizá parte de la narrativa de ascenso inexorable que ha cultivado en la última década. Su poder económico permanecerá intacto; su capacidad política quedará nuevamente bajo escrutinio; su peso estratégico, cotizando a la baja. Y, una vez más, Oriente Medio recordará que la arquitectura de seguridad regional sigue dependiendo, en última instancia, de Washington más que de Beijing.
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Xulio Ríos es asesor emérito del Observatorio de la Política China.
La intensificación de las amenazas militares de Estados Unidos contra Irán reabre una pregunta incómoda para Beijing: si Washington decide golpear, ¿qué hará China? La cuestión no es retórica. En un contexto en el que Donald Trump ha recuperado una estrategia de presión máxima y en el que Benjamin Netanyahu mantiene una línea dura frente a Teherán, un eventual ataque podría alterar significativamente el equilibrio regional y afectar intereses chinos de manera directa.