No van a ganar las elecciones el año que viene

Cuando empiezo a escribir esta columna se me ha pasado una miaja el miedo. Lo he sentido desde hace y durante mucho tiempo. Aún a ratos está ahí, como una señal de precaución defensiva frente a un peligro desconocido. O al revés: claramente conocido. A lo mejor es que le he hecho caso a Mario Benedetti y el miedo se ha convertido en coraje. O he acabado estando seguro de que las victorias llegan poco a poco, pero llegan, como también decía el gran poeta uruguayo. Vengo de muy atrás, del tiempo en que vivir era difícil. Para mucha gente, imposible. De cuando mi abuelo Claudio, en la casa junto al río en Gestalgar, nos contaba a los nietos por las noches historias de muertos y desaparecidos. No sabíamos que esos muertos y esos desaparecidos eran de verdad pero estaba prohibido pronunciar sus nombres.

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Vengo, de entre otros muchos sitios, de aquel ya lejano 1 de Mayo en que con Pep y Rodri decidimos que Rodri fuera a la mani y Pep y yo a echar una mano a un amigo que se quería tirar por un balcón. Nosotros le ganamos la partida al peso de la gravedad. A Rodri lo infló a hostias la policía en un portal del centro de València. O cuando el teléfono sonaba a todas horas, fuera de noche o de día,  y lo tuvimos intervenido la tira de meses por orden judicial y ahora —casi 40 años después— sé que lo peor no es que suene el teléfono fijo —o el móvil— y te ofrezcan cambiarte la tarifa de la electricidad o preguntarte a quién vas a votar en las próximas elecciones. Tantos años después sé que lo peor no es que alguien te hable al otro lado del teléfono aunque sea para venderte la moto, sino que digas "diga" y es como si al otro lado hubiera un muerto. O alguien que reconoce la voz y sabe que se ha equivocado. O un fascista.

O sea, y discúlpenme ustedes por este preámbulo tan personal como seguramente también intransferible: no sé si el miedo lo es, intransferible quiero decir. Pero lo nombro. En muchas ocasiones es difícil no sentirlo. Aunque no estemos solos, como el melancólico protagonista de Balada de otoño, esa machadiana canción de Joan Manuel Serrat que me conmueve profundamente cada vez que la escucho. Este país ha tenido que cargar a lo largo de su historia con toneladas y toneladas de miedos a la espalda. Ahora estamos en el regreso de la bestia. Ha sido poco a poco. Muchos años blanqueando al PP ha supuesto el avance de su ala ultra con el beneplácito de quienes desde la propia izquierda siempre consideraron la tropa de Fraga y Aznar parte imprescindible de la democracia. No sé por qué. Lo que sé es que ahora poca gente defiende esa condición. Sencillamente porque desde hace muchos años –sobre todo desde que está al mando Núñez Feijóo– no hay ninguna diferencia entre el PP y Vox. Ninguna diferencia es ninguna. En mi tierra valenciana gobiernan juntos, aunque quieran hacer el paripé de que no. Ya pueden decir lo que les dé la gana: el PP valenciano después de Mazón es el mismo que cuando mandaba el caradura del Ventorro. Ahora se llama Pérez Llorca el sustituto, pero el amor que siente por la extrema derecha es el mismo que el que profesaba abiertamente y sin tapujos su antecesor. Arrasan con todo lo que no consideran de su exclusivo interés y el de los suyos. Adelante con el machismo, con la supresión de las ayudas a la recuperación de la Memoria Democrática, abajo los impuestos a los ricos, persecución del valenciano como lengua propia, ejercer la censura como en los tiempos más oscuros de la dictadura, prevaricar como ha sucedido en el reparto de vivienda pública en el Ayuntamiento de Alicante, criminalizar la inmigración bajo la batuta asquerosamente criminal de Abascal y sus falanges fascistas…

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Este país ha tenido que cargar a lo largo de su historia con toneladas y toneladas de miedos a la espalda. Ahora estamos en el regreso de la bestia

No usaré el término "derecha" cuando me refiera al PP: hablaré de "extrema derecha" directamente. Menos líos. Y sí: me da miedo muchas veces que gobierne la extrema derecha. No quiero regresar a los tiempos de antes, a ese pasado que como decía Faulkner nunca acaba de pasar y es siempre presente. No quiero que las amenazas de los ultras tengan el sello oficial de las instituciones democráticas. Lo que quiero es que haya un gobierno progresista y de izquierdas. Eso quiero.

Por eso está bien que se hable de la necesaria unidad de las izquierdas. Necesaria no quiere decir que todo vale con tal de evitar la vuelta del franquismo. Que se discutan la iniciativa de Gabriel Rufián y otros miles de iniciativas que serán bienvenidas (ahí Mónica Oltra) si consiguen articular una realidad en que incluso las voces discrepantes puedan unirse sobre lo que nos junta a las izquierdas más que sobre lo que nos separa. Eso ha de ser posible. Este país no se merece la vuelta de los fascistas a ningún gobierno. A ninguno. Pero una vez dicho esto: ¿por qué no dedicamos aunque sea unas líneas al PSOE? Es que parece que todo lo dicho, todo lo discutido sobre la unidad de las izquierdas no vaya con ese partido. Me hace gracia cuando escucho voces socialistas diciendo que necesitan la unidad a su izquierda. La pregunta del millón: ¿para qué la necesitan? ¿Para quedarse siempre sin dar el último paso que asegure sin trampa ni cartón políticas de izquierdas? ¿Para preferir la Monarquía a la República? ¿Para que la Constitución se quede como está y muchos de sus derechos fundamentales hechos unos zorros? ¿Para que en cuestiones como la inmigración –a pesar de los avances con las últimas regularizaciones– siga mareando la perdiz y no apueste definitivamente y de forma contundente por la igualdad de derechos? ¿Para que siga manejando datos de la macroeconomía en vez de entrar en las casas y comprobar que es imposible llegar ya no a fin de mes sino de la primera semana? ¿Para que sigan los desahucios ya no como antes sino más cada día con una impunidad para los fondos buitre que aterra? ¿Para que disponer de una vivienda digna, en propiedad o alquiler, siga siendo, como el pollo de Carpanta en los tebeos de mi infancia, un sueño imposible? ¿Para eso necesita el PSOE una izquierda fuerte a su izquierda: para seguir actuando con miedo a la derecha y sus poderes económicos a la hora de aplicar de verdad políticas de izquierda? Por descontado que dar la cara como lo está haciendo en la política internacional se merece un respeto. Pero aquí…

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Dígase lo que se diga, la extrema derecha de PP y Vox da miedo. Sentir miedo, decirlo a las claras cuando te están amenazando a ti y a gente que conoces, es reconocerte en lo más profundo y noble de lo humano. Hace unas semanas, sin ir más lejos, cuatro individuos disfrazados para el ataque no se atrevieron a reventar la presentación de mi última novela en València: como había mucha gente, se limitaron a unas risotadas, un leve pataleo y el portazo del cabreo por la ocasión perdida. No lo soy y tal vez por eso me repugnan los valientes estilo legionario, como esos nazis que siempre van en manada para disimular su cobardía, como esos mamarrachos con las mangas de la camisa por encima del codo que se retratan, pecho al aire y obsceno trapo con el aguilucho por bandera, delante de las cámaras y los micrófonos de los youtubers fachas, como esos mismos youtubers fachas que se saben protegidos por buena parte de la policía y sobre todo por la mayoría de los jueces en este país que cada vez ve más disminuida su fortaleza democrática. Pero lo que más miedo me da es que dejemos el paso libre a esa gentuza para que el matonismo fascista campe a sus anchas por las calles y en los despachos oficiales.

De eso se trata, precisamente. De que la democracia —aun esta nuestra que arrastra demasiado peso del franquismo— no acabe hecha polvo en manos de los herederos de quienes se cargaron la República hace casi noventa años. Los golpes de Estado ya no necesitan tanques ni aviones. Tienen los medios de la democracia para atentar contra ella. Lo están haciendo desde hace mucho tiempo. No se esconden. Lo dicen abiertamente: les gusta la dictadura franquista. Quieren volver a ella para que los demás nos escondamos en el silencio como en los tiempos de sus antepasados vencedores de la guerra. La izquierda —las izquierdas— no nos podemos permitir tenderles ese puente de plata hacia la vuelta del fascismo. No seré yo quien diga —entre otras cosas porque no lo sé— cómo hemos de hacerlo. Pero hemos de hacer posible que el miedo cambie de bando, que vean cómo hemos convertido nuestro miedo en una inequívoca señal de coraje, que no lo van a tener fácil para ganar las elecciones el año que viene, que Feijóo, Abascal y sus falanges antidemocráticas, como ya pasó en julio de 2023, se van a quedar una vez más con dos palmos de narices.

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La unidad de los partidos democráticos es necesaria. No sé cómo se consigue eso en poco más de un año. Pero hay que intentar que esa unidad sea posible. Sin que se diluya lo que cada cual es cuando se junten las siglas de sus partidos. Sabiendo que en algunos sitios será fácil, en otros difícil y tal vez en otros imposible. Pero creo que hay que intentarlo, que al menos hay que intentarlo. Que las hostias que le arrearon a Rodri aquel lejanísimo 1 de Mayo no regresen de nuevo a manos de los herederos de las porras, las malditas pelotas de goma, los botes de humo y las pistolas fascistas. Y desde luego, una pregunta que repito para acabar este relato seguramente demasiado personal y casi seguro que intransferible: ¿y el PSOE? ¿Qué dice el PSOE? Lo pregunto porque no lo sé. Porque siempre se queda en el penúltimo paso antes de dar el paso definitivo hacia políticas de izquierdas. A ver ahora…

Ojalá disculpen este rollo tan personal que les he soltado. Pero algo he conseguido: escribiendo del miedo he acabado por no sentirlo. A lo mejor es porque sé que ustedes están ahí y que, como cantaba mi paisano y amigo Raimon, «somos muchos más de los que ellos quieren y dicen». Y por eso estoy casi seguro de que el año que viene las extremas derechas no ganarán las elecciones. Como el 23 de julio de 2023 más o menos. ¿Que soy el premio Guinness de todos los ilusos? Pues a lo mejor. Pero qué quieren que les diga: me siento bien con ese premio. Seguro que además habrá mucha gente que quiera compartirlo. No sé. A ver…

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Alfons Cervera es escritor. Su último libro, recién publicado, es 'Singapur', editado por Piel de Zapa.

Cuando empiezo a escribir esta columna se me ha pasado una miaja el miedo. Lo he sentido desde hace y durante mucho tiempo. Aún a ratos está ahí, como una señal de precaución defensiva frente a un peligro desconocido. O al revés: claramente conocido. A lo mejor es que le he hecho caso a Mario Benedetti y el miedo se ha convertido en coraje. O he acabado estando seguro de que las victorias llegan poco a poco, pero llegan, como también decía el gran poeta uruguayo. Vengo de muy atrás, del tiempo en que vivir era difícil. Para mucha gente, imposible. De cuando mi abuelo Claudio, en la casa junto al río en Gestalgar, nos contaba a los nietos por las noches historias de muertos y desaparecidos. No sabíamos que esos muertos y esos desaparecidos eran de verdad pero estaba prohibido pronunciar sus nombres.

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