Paradojas digitales en el mundo de ayer

Gaspar Llamazares Trigo | Miguel Souto Bayarri

Una de las cosas más llamativas de la revolución digital es la paradoja de que en dicha situación somos nosotros mismos quienes determinamos el grado de vigilancia que queremos padecer, sometidos por el nuevo panóptico (con nombres muy eufónicos, por cierto: Alexa, Siri), celebrando incluso como un gran avance todos los daños colaterales que resultan de la misma y considerando como cosas pequeñas las mentiras que nos encontramos en el proceso de búsqueda de cualquier información.

También, la complicidad con la que en sitios tan dispares como la administración o la banca, se da por bueno el "vuelva usted mañana" en versión moderna, en un proceso imparable de deshumanización de los puestos de trabajo mientras se promueve la desatención telemática en cualquiera de sus versiones frente al fomento de las relaciones humanas y sociales de la atención personal.

A la forma de racionalidad que prescinde de la comunicación, Byung-Chul Han la denomina racionalidad digital. En ella, el discurso se sustituye por los datos. La cuestión es que los "influencers" de las ideas Red, los "dataístas", afirmarían incluso que la inteligencia artificial escucha mejor que los humanos: "La racionalidad digital sustituye el aprendizaje discursivo por el machine learning".

Nuestro punto de partida ha de ser que el impulso digitalizador que la pandemia ha producido en los sistemas sanitario y educativo era difícil de evitar, incluso fue beneficioso en algún aspecto. Pero algunos de sus estigmas más significativos deberían poder revertirse a medida que nos encaminamos hacia tiempos de relativa normalidad. El hipertecnologismo, el uso masivo de las nuevas tecnologías, que hay que recordar que forma parte, también, de los postulados de la "nueva pedagogía", donde se le asocia con el abandono de los libros en general y de los libros de texto en particular, era inaceptable antes del covid y lo sigue siendo ahora, cuando un importante número de alumnos, aún sin cuantificar, han quedado rezagados en el sistema educativo por la brecha digital o directamente por razones relacionadas con el miedo al contagio.

Ya se sabe que la sanidad y la enseñanza públicas mantienen un importante liderazgo en la sociedad. Pero no hay que olvidar que durante la pandemia se han establecido rutinas que dificultan las relaciones personales y agrandan las distancias entre los ciudadanos y la administración. Y hay un peligro claro de acentuar la deshumanización en la medicina, sustituida por la tenaza que supone quedar atrapados entre el "coaching" y la robótica. Por eso, la urgencia de superar la crisis de la atención primaria y la salud mental.

Paralelamente, no hay que olvidar otro dato preocupante, y es que la revolución digital coincide en el tiempo con una contrarrevolución reaccionaria contra los ideales y valores de las democracias occidentales, liderada por personajes siniestros como Putin y Trump, que está poniendo en peligro no solo nuestro modo de vida, sino también la propia existencia del planeta.

La globalización capitalista junto a la conexión en red han socavado los controles democráticos de los Estados-nación, sustituyendo el pluralismo y el diálogo por los metadatos y la simplificación populista de la complejidad y la incertidumbre

Estas primeras décadas del siglo XXI hemos vivido, además, una gran expansión, ahora en un cierto retroceso, de una globalización capitalista desenfrenada que, junto a la conexión en red, ha socavado de una manera importante los controles democráticos de los cada vez más sobrepasados y superados Estados-nación, sustituyendo el pluralismo y el diálogo por los metadatos y la simplificación populista de la complejidad y la incertidumbre.

Dentro de un tiempo, con el paso de los años, los analistas del futuro estudiarán nuestra época y determinarán las secuelas que habrá dejado esta hipertecnológica sociedad actual, que los grandes autócratas utilizan en su beneficio para que su poder se base en manipular la historia con una reescritura falsa de los hechos. Seguramente la inteligencia artificial, que ya empieza a determinar muchas de las decisiones que nos afectan diariamente, seguirá siendo una tecnología necesaria para ayudar a resolver los problemas para los que sea creada, y ojalá sea para el beneficio de todos. Pero, preguntémonos cómo explicarán dentro de un tiempo lo sucedido en las décadas pasadas, y esperemos que lo analicen todo desde la óptica de los que son hoy críticos con la deriva individualista y antisocial propiciada por las nuevas técnicas. Desde la mirada de hoy no es fácil saber si será fácil remontar el vuelo y dar un giro radical a una andadura que parece que nos va llevando hacia el abismo. Es posible, también, que una ciudadana del futuro de cualquier país que intente hacerse una idea de lo que pasaba en nuestra época, piense que estábamos ante algo muy parecido al mundo a punto de despeñarse que describió Zweig en uno de sus grandes libros: El mundo de ayer. Lo cierto es que la inestabilidad se va haciendo protagonista mientras las ideas democráticas, las democracias y la democracia como idea misma, que pasan por uno de sus períodos más difíciles, van perdiendo terreno y se afianza en el imaginario la sensación de que algo muy grave puede ocurrir en cualquier momento.

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Gaspar Llamazares Trigo y Miguel Souto Bayarri son médicos y autores, junto a la psicóloga Gema González López, del libro 'Salud: ¿derecho o negocio? Una defensa de la sanidad pública'.

Una de las cosas más llamativas de la revolución digital es la paradoja de que en dicha situación somos nosotros mismos quienes determinamos el grado de vigilancia que queremos padecer, sometidos por el nuevo panóptico (con nombres muy eufónicos, por cierto: Alexa, Siri), celebrando incluso como un gran avance todos los daños colaterales que resultan de la misma y considerando como cosas pequeñas las mentiras que nos encontramos en el proceso de búsqueda de cualquier información.

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