El retrato de 'ZP Gray' y la lapidación de Begoña Gómez

Las joyas nos fascinan. No por su belleza, por su deslumbrante brillo o por la rareza de sus materiales. Tampoco por el desorbitado precio que alcanzan en su exclusivo mercado. No. Las joyas nos fascinan porque transmiten una misteriosa fuerza. Una energía oculta que, desde los tiempos más remotos, se intento canalizar en talismanes que sanaran el cuerpo y protegieran el alma. Pero también una fuerza negra, capaz de desatar la más terrible maldición, como la que envolvió al famoso diamante Hope, del que se cuenta que llenó de ruina y muerte a quienes lo poseyeron: entre otros, los guillotinados Luis XIV y María Antonieta; o el joyero holandés Wilhelm Fals, asesinado por su propio hijo -que tras el parricidio acabó suicidándose- para robarle la joya.

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Fue Oscar Wilde quien nos iluminó sobre el origen de este magnetismo. O más bien Dorian Gray, ordenando y reordenando en sus estuches, durante días enteros, las preciosas piezas de su colección: ese crisoberilo verde oliva que enrojecía a la luz de una lámpara; aquella envidiada turquesa de la vieille roche, o el partido arcoíris del ópalo lechoso. También deleitándose con la lectura de las más extraordinarias historias escritas sobre joyas, libros que despertaban en él una embriagadora admiración. La razón última de esa obsesión no era otra que la certeza que poseía Gray de estar contemplando en aquellas hermosas piezas la esencia misma del pecado. Ese pecado que, como le enseñó lord Henry, era el único elemento de color que quedaba en la vida moderna. Ese mismo pecado que iba corrompiendo su imagen en el retrato oculto.

Por ello las joyas son guardadas en cajas fuertes; no solo por temor a que sean robadas, sino sobre todo por el afán de encerrar bajo siete llaves la materialización de nuestros pecados. El secreto lo sabían Gray y Wilde. Pero también el juez Calama, como evidenció al mostrar más interés por las joyas descubiertas en el despacho de José Luis Rodríguez Zapatero que por la legalidad de unas grabaciones americanas llegadas con cinco años de retraso, pero en el momento justo. Y, sobre todo, fue consciente de ello la mano interesada que se apresuró a difundir las imágenes de aquellas alhajas. Esas pésimas fotografías, tomadas torpemente por algún policía, fueron demoledoras. Pero su fuerza no residía en su potencial carga probatoria. Su auténtico poder emanaba de esa capacidad para reflejar el pecado. En realidad, lo que se nos quería mostrar no eran joyas: era el lienzo maldito y escondido de Dorian Gray que dejaba desnudo ante el mundo el pecado del expresidente.

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La operación fue perfecta. Y su refutación imposible porque el “caso Zapatero” dejó de ser percibido desde parámetros judiciales. Para el imaginario colectivo, la investigación, comprensible y necesaria, de un presunto delito, pasaba a segundo plano una vez contemplada la imagen misma del pecado. Por eso la presunción de inocencia dejó de tener sentido, pues en nuestro fuero más interno sabemos de sobra que todos somos pecadores. Las leyes, en definitiva, ya no tienen nada que decir después de que se haya impuesto el marco mitológico de lo sagrado. Los informes de Washington, las pruebas periciales, los expedientes policiales, los interrogatorios. Todo eso ya es irrelevante, más allá de su aprovechamiento como carnaza de titular mediático. Lo importante está visto. Y la condena divina pesa ya sobre Zapatero.

La extravagante instrucción protagonizada por el juez Peinado no se explica sin la seguridad absoluta que le otorgaba el saber que, desde el primer momento, el tema se enmarcaba en el ámbito extrajudicial de la moral

Algo similar ocurre con los asuntos que afectan al hermano del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. Y, especialmente, con el calvario al que ha sido sometida su esposa, Begoña Gómez, por parte de Juan Carlos Peinado. La extravagante instrucción protagonizada por el juez, que ha culminado en su delirante auto de procesamiento, no se explica sin la seguridad absoluta que le otorgaba el saber que, desde el primer momento, el tema se enmarcaba en el ámbito extrajudicial de la moral. Porque, en última instancia, Peinado se sabía beneficiado por esa sentencia clásica que obligaba a la mujer del César no solo a ser honrada sino a parecerlo. El Código Penal se sustituyó así por un código moral que invalidaba nuevamente la presunción de inocencia. La actividad profesional de Begoña Gómez se transmutaba en un caso de adulterio universitario donde las pruebas eran irrelevantes y la mera sospecha justificaba el castigo.

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A partir de estos supuestos, Peinado pudo darse el placer de activar los atavismos misóginos más irracionales, reforzado además por un Consejo General del Poder Judicial (CGPJ) que, como mucho, se limitaba a mostrar una tímida incomodidad ante sus extravagancias. Por eso se regodeó en convertir la instrucción en un espectáculo de escarnio ya que, como marcan los códigos medievales, la mujer adultera debe sufrir la vergüenza pública. Y como dicta el Antiguo Testamento, a la criminosa no le cabía otro destino que la lapidación, aunque hoy, para llevar a cabo esa ejecución simbólicamente, se sustituyan las puertas de la ciudad por la sala de un juicio oral y los guijarros afilados por el dardo envenenado de un jurado popular. La reciente apertura por el CGPJ de un expediente contra Peinado por afirmar que las fuerzas de seguridad podrían colaborar en la fuga de la esposa del presidente, lejos de cuestionar su actuación, la confirma: al máximo órgano judicial solo le preocupa el honor mancillado de la policía, no el trato inquisitorial aplicado a la reo.

Esa capa metafísica trascendental con que se han recubierto los casos de Zapatero y de Begoña Gómez es, precisamente, lo que explica el uso que la derecha y la ultraderecha –parlamentaria, mediática y sociológica– hacen de ellos para atacar al gobierno de coalición progresista y minar los ánimos de una izquierda desconcertada. Para ellos son el arma decisiva, mucho más letal que la munición –nada despreciable, por otro lado– que les puedan ofrecer affaires como los de Santos Cerdán, Ábalos o Leire Díez. Y ello es debido a que, en su opinión, nada se les puede equiparar. Tras ser elevados a la sublime esfera de la infinitud, todo intento de comparación con Zapatero y Begoña Gómez queda, a su juicio, condenado de antemano al fracaso. 

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Porque, frente a la exhibición del pecado, cualquier otra cuestión, por controvertida que sea, se empequeñece y trivializa a la fuerza. Se convierte, en última instancia, en algo mundano. Como los negocios de Alberto González Amador con el grupo Quirón, por ejemplo. Líos de cuentas, que dirían nuestros abuelos. En fin, él sabrá. Problemas contables que nada tienen que ver con Isabel Díaz Ayuso. Porque ella ¡qué va a saber! Los negocios son cosas de hombres. Y las mujeres listas lo mejor que pueden hacer es ver, oír y callar. O ni eso siquiera. Cuantos menos sepas, mejor. Isabel es una mujer lista, fíjate dónde ha llegado. Y sabe perfectamente –como bien le aconseja su amigo, Miguel Ángel Rodríguez– que no hay que meterse en cosas de hombres. Ni en los negocios de su pareja, ni en los de su hermano, ni en los de su padre.

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José Manuel Rambla es periodista.

Las joyas nos fascinan. No por su belleza, por su deslumbrante brillo o por la rareza de sus materiales. Tampoco por el desorbitado precio que alcanzan en su exclusivo mercado. No. Las joyas nos fascinan porque transmiten una misteriosa fuerza. Una energía oculta que, desde los tiempos más remotos, se intento canalizar en talismanes que sanaran el cuerpo y protegieran el alma. Pero también una fuerza negra, capaz de desatar la más terrible maldición, como la que envolvió al famoso diamante Hope, del que se cuenta que llenó de ruina y muerte a quienes lo poseyeron: entre otros, los guillotinados Luis XIV y María Antonieta; o el joyero holandés Wilhelm Fals, asesinado por su propio hijo -que tras el parricidio acabó suicidándose- para robarle la joya.

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