El retrogradar de Donald Trump y don Sindulfo García

Enrique Gaspar y Rimbau es, con su novela El Anacronópete, uno de los pioneros del género de ciencia ficción. Concebida como zarzuela y publicada finalmente como novela en 1887, su título alude al nombre de una máquina voladora que permitía a sus tripulantes, los “anacronóbatas”, hacer realidad el sueño de viajar en el tiempo. El escritor español se anticipaba así varios años a H. G. Wells en imaginar un artefacto tan fantástico. Pero no solo. Su carácter visionario iba a ir más allá de la literatura para proyectarse al ámbito político. Así, al menos, lo pone de manifiesto la agresión militar de Estados Unidos a Venezuela y el secuestro de Nicolás Maduro y Cilia Flores.

Porque si algo explica el día después de esta intervención es el deseo íntimo exclamado por el protagonista del relato, don Sindulfo García: “¿Quién pudiera transportarse a aquella época, mal llamada de oscurantismo, en que el respeto y la obediencia a los superiores constituían la base de la sociedad? ¡Si yo pudiese retrogradar en los siglos!”. Este anhelo impulsará al sabio zaragozano a inventar su máquina del tiempo con el objetivo declarado de descubrir la fórmula de la inmortalidad, un codiciado secreto que le llevará desde la antigua China a las tierras de Noé en vísperas del diluvio. Pero detrás, don Sindulfo ocultaba otra intención inconfesable: encontrar en el pasado una época cuyas costumbres y leyes le permitieran obligar a su joven sobrina a casarse con él.

Retrogradar, ese es hoy el nuevo espíritu del tiempo. El deseo de don Sindulfo se ha convertido en el prosaico Zeitgeist de nuestros días, que con impostada provocación repiten tertulianos ultras, influencers postfascistas y políticos patriotas. Y retrogradar es, en última instancia, la lógica que marca los designios de un Donald Trump que le advierte al mundo que él controla los mandos de un nuevo anacronótepe modernizado por Elon Musk. ¿Pero a qué siglos nos quiere llevar el empresario de la Casa Blanca?

Retrogradar es la lógica que marca los designios de un Trump que advierte al mundo que él controla los mandos de un nuevo 'anacronótepe' modernizado por Elon Musk

Estos días los analistas políticos no dejan de repetir que Trump nos devuelve a la doctrina Monroe, a un siglo XIX que erradica el derecho internacional, el multilateralismo, el respeto a los derechos humanos. El diagnóstico es acertado, pero ingenuo. Porque el hecho de que el retrogradacionismo no ejerciera su brutal hegemonía actual, no significa que este viaje al pasado no comenzara hace tiempo. De hecho, en muchos aspectos, el siglo XIX nunca se fue, del mismo modo que la doctrina Monroe no dejó de planear sobre el Chile de Allende, la Centroamérica de los 80 o la Honduras de Manuel Zelaya en 2009. Más inocente resulta el candoroso llanto por la legalidad internacional y los derechos humanos tras las experiencias acumuladas en la guerra de Irak, la cárcel de Guantánamo, la invasión de Ucrania o la eterna sangría palestina.

No, a Donald Trump, el siglo XIX le resulta demasiado cercano. Ni siquiera el siglo XVIII, pues hace tiempo que erradicó la Ilustración. Su objetivo temporal es más lejano: en concreto, 1651. Aquel año, Thomas Hobbes publicó su ensayo Leviatán. El filósofo inglés tenía una visión pesimista del hombre, al que concebía como un lobo para los otros hombres. Por ello defendió la necesidad de un pacto por el cual los individuos aceptaban una autoridad absoluta que garantizara la harmonía social y les mantuviera a salvo de su propio salvajismo. Las bombas sobre Caracas pretendían extirpar del tiempo aquel libro. Y lo ha logrado. Por eso Trump comparece ahora para anunciar al mundo: “La Delta Force ha neutralizado a Leviatán. Ahora mandamos los lobos. Y yo soy el macho de la manada”.

Los lobos mandan en el nuevo orden mundial. Por eso, a diferencia de don Sindulfo o las viejas democracias, Trump no necesita objetivos “declarados” que enmascaren los “inconfesables” y muestra sus deseos sin hipocresía: quiero el petróleo venezolano; puedo atacar Colombia, Cuba, México; puedo invadir Groenlandia. Los lobos mandan en el nuevo mapa de la geopolítica. Y los lobos mandan también en nuestras calles. Los lobos inmobiliarios, que nos dejan sin viviendas; los lobos empresariales, carroñeros de lo público; los lobos tecnomultimillonarios de Silicon Valley, que exprimen nuestros datos más íntimos; los lobos hambrientos de comisiones, legales o ilegales. Ya no hay reglas; ni entre países, ni entre personas. Sólo impera el colmillo más afilado.

Los lobos mandan en el nuevo mapa de la geopolítica. Y los lobos mandan también en nuestras calles. (...) Ya no hay reglas; ni entre países, ni entre personas. Sólo impera el colmillo más afilado

Frente a este panorama desolador, los líderes europeos han optado por seguir el ejemplo de María Corina Machado: encerrarse en la Casa de los Gemelos para divertir al lobo feroz con la exhibición de sus humillaciones. También para tratar de apaciguar la voracidad de los lobeznos interiores, esos “patriotas” que muestran sus dientes a los pobres mientras ejecutan extravagantes genuflexiones de sumisión ante el gran lobo de Washington. Aunque hay alguna excepción. España, por ejemplo, ha mantenido una actitud de dignidad que hay reconocer. ¿Con contradicciones? Claro, como cualquier posicionamiento político en un contexto como el actual. Porque llama la atención que quienes critican a la diplomacia española por limitarse a simples declaraciones y gestos, inocuos a su juicio, sean los mismos que sienten satisfecha su coherencia antiimperialista con la redacción de un ocurrente tuit.

Retrogradar, este es hoy el verbo que conjuga la marcha de nuestro ahora. Trump ha tomado los mandos del anacronópete para empujarnos en una vertiginosa marcha atrás. Y los viajes en el tiempo son muy peligrosos. Como bien intuyó Enrique Gaspar en su novela, el viajero al pasado corre el riesgo de rejuvenecer hasta la inexistencia si traspasa su fecha de nacimiento. Por eso, fiel al humor de su obra, hizo que don Sindulfo inventara una sustancia, bautizada con su propio apellido, que evitara ese proceso que conduce inevitablemente a la nada. Aquella sustancia se llamaría como su protagonista: el fluido García. En este periplo invertido en que nos ha metido Trump, también deberemos afrontar el mismo problema; pero con una diferencia: la cuenta atrás que ha comenzado a lo que lleva inexorablemente es a la desaparición de la democracia. Y nos tocará a nosotros, “anacronóbatas” a la fuerza, descubrir el fluido García que pueda evitarlo.

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José Manuel Rambla es periodista.

Enrique Gaspar y Rimbau es, con su novela El Anacronópete, uno de los pioneros del género de ciencia ficción. Concebida como zarzuela y publicada finalmente como novela en 1887, su título alude al nombre de una máquina voladora que permitía a sus tripulantes, los “anacronóbatas”, hacer realidad el sueño de viajar en el tiempo. El escritor español se anticipaba así varios años a H. G. Wells en imaginar un artefacto tan fantástico. Pero no solo. Su carácter visionario iba a ir más allá de la literatura para proyectarse al ámbito político. Así, al menos, lo pone de manifiesto la agresión militar de Estados Unidos a Venezuela y el secuestro de Nicolás Maduro y Cilia Flores.

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