Seis rasgos de mentalidad regresiva en el sistema educativo

En la centralidad del sistema educativo interactúan organizaciones cuyas culturas poseen características regresivas. Me referiré a las seis que creo de mayor relevancia. 

Declarar una cosa y hacer la contraria. Muy propia de Administraciones Educativas que ejercen sus competencias con tono de (aparente) neutralidad normativa y, en realidad, es un ejercicio burocrático-patriarcal al estilo del despotismo ilustrado del XVIII. Suelen declarar como objetivo lograr la excelencia, mas solo hipotética porque únicamente aprecian determinados resultados académico-conceptuales, medidos según estándares sumativos, y porque sus políticas acaban perjudicando la equidad al no poner medios suficientes en escuelas infradotadas para la compleja intervención socio-educativa que requiere la integración de las diferencias y la superación de handicaps. Su misión real consiste en proveer demandas del estratificado (y depredador) mercado laboral que nutrirá y acrecentará desigualdades de por vida. 

¡Sálvese quien pueda!”. La carencia de responsables pedagógicos en las comunidades escolares capaces de orientar, armonizar, supervisar, valorar y corregir la dinámica de los proyectos educativos convoca al “¡Sálvese quien pueda!” que condena a l@s docentes a trabajar aislad@s, sin comunicación entre pares ni coordinación entre ciclos y etapas, en un clima de falta de confianza mutua y de diálogo, de mera evitación de los conflictos. En soledad, cunde el cansancio y las penalidades estructurales –formación inicial didácticamente mejorable, remuneración muy por debajo del mérito, consideración social discutida– pesan más, la resiliencia se debilita. 

Al margen de ellos (...), millares y millares eligen lugares periféricos del sistema para ejercer su labor de modo que el ‘mainstream’ y la guerra cultural no les impida trabajar como desean

No es fácil aprender a cooperar cuando te enseñan a competir. Es loable que ciertas congregaciones religiosas o sus fundaciones titulares de centros ejerzan idearios de inspiración cristiana con intenso compromiso moral y fraternal y voluntad de actualización didáctica, si bien abundan otras tendencias que van del integrismo dogmático a la tradición sexista. Sin embargo, la competitividad entre sí y dentro de cada institución caracteriza su praxis. Para destacar entre ellas, tratan de acreditarse como espacios de atención personalizada y metodologías activas (inteligencia emocional, aprendizaje cooperativo…), rasgos cualitativos de frágil implementación cuando su marketing vende, ante todo, resultados académicos medidos cuantitativamente (% de aprobados en la EVAU). Tal contexto no acaba de ser coherente con el propósito de una educación integral ni de enseñar-aprender valores de solidaridad o escucha del otr@. No es fácil aprender a cooperar cuando te enseñan a competir. 

Educar para el futuro sin formar para la responsabilidad compartida en el presente. En el panorama de (suculentos) negocios privados también se dan casos singulares de enseñanza para la comprensión, mas preponderan las culturas organizativas que proclaman educar para el futuro sin formar para la responsabilidad compartida en el presente, que valoran más la reproducción del conocimiento que el pensamiento crítico. ¡Ah!, y en tal paisaje figuran familias aspirantes a que l@s hij@s comiencen a formarse como ingenier@s de telecomunicaciones o brokers financieros desde los 2 ó 3 años. 

“Enseñar como aprendimos”. La Academia, esa nebulosa con abundantes recursos a su disposición, integrada por instituciones de la alta cultura, cátedros de dudosa contemporaneidad, organizaciones profesionales corporativistas, incluso think-tanks de la educación superior, aporta su carácter elitista a la cultura sistémica: “Enseñar como aprendimos, que nos ha ido muy bien” es su lema. 

Decir que hacemos –pero sin hacerlo–”. Anidadas a la Academia intervienen un póker de editoriales de libro de texto no universitario que dominan el 70% de un mercado milmillonario. Introducen su propio matiz característico en el estilo del sistema educativo: “Decir que hacemos –pero sin hacerlo–”, apropiándose del lenguaje, el sentido y los propósitos de quienes sí hacen o tratan de hacer una escuela inclusiva y didácticamente actualizada. Aplican en sus productos una pátina de metodologías activas y participativas pero solo un poquito, que no interfieran mucho en la forma de enseñar-aprender de toda la vida (retentivo-memorística con medición cuantitativa). 

Estos rasgos culturales contribuyen a configurar la mentalidad regresiva actualmente dominante –esa que tanto juego da a algunos medios y redes, y que no se sabe a cuándo propone volver: ¿a mediados del XX, al XIX, al XVIII…?–. Al margen de ellos, l@s mejores profesionales –educador@s, maestr@s, profesor@s, tutor@, orientador@s, personal de administración y servicios–, no un@s cuant@s, no, millares y millares eligen lugares periféricos del sistema para ejercer su labor de modo que el mainstream y la guerra cultural no les impidan trabajar como desean. 

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Luis Arizaleta (Pamplona, 1960) ha sido educador literario, autor de “La lectura, ¿afición o hábito?” (Anaya, 2003) o “Circunvalación. Una mirada a la educación literaria” (Octaedro, 2009).

En la centralidad del sistema educativo interactúan organizaciones cuyas culturas poseen características regresivas. Me referiré a las seis que creo de mayor relevancia. 

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