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El síndrome de la opulencia

Ana Santos Sainz

Una vez tuve una reunión con un nuevo director de una empresa con la que colaboraba. Quería conocerme. Estuvimos hablando de todo un poco y llegó un momento en que me preguntó: y además de esto (el trabajo que realizo con ellos) ¿qué más haces? Mi mente se disparó mientras mantenía una gran sonrisa. Yo pensaba: pero si ya no llego a nada, voy siempre corriendo. El trabajo con unos plazos de entrega de locura, mis hijos, la casa y encima que qué más hago.

Veía que esa pregunta estaba esperando una respuesta cargada de diversidad, variedad, en definitiva de cantidad. De más es más y mejor. De mucho hiper, mega o maxi.

¿Y qué respondí para intentar satisfacer a mi interlocutor? Para decorar la situación, se me ocurrió hablarle de mis intereses en diversos campos de la sociología. Pero, eso sí, dándole una gran retahíla de autores, teorías y contenidos diversos para responder a su apetito de cantidad y exceso.

Salí bien del paso, pero creo que si le hubiera dicho que, además de ese trabajo, también era fotógrafa, profesora en una universidad, tenía una pequeña empresa de organización de eventos culturales y un canal de cocina en Youtube… hubiera saciado en mayor medida su ansia derivada del síndrome de la opulencia.

Esta opulencia profesional es sólo un ejemplo de los muchos ámbitos de nuestra vida cotidiana cargados por la fiebre del más y del exceso. Donde ya nada parece suficiente.

Ya desde pequeños se va inculcando este concepto de opulencia vital. Por ejemplo en las actividades extraescolares que realizan algunos niños. Son tantas que ya no paran ni en casa. O cuando van a celebrar un cumpleaños, que invitan a toda la clase, a lo grande y como generalmente en casa no cabe tanto niño, se va a un sitio enorme, con multiactividades y con megaprecio.

La opulencia es un término en sí positivo y aspiracional. Desde su propia esencia tiene un lado de exageración y exceso, que remite a algo desmesurado y ostentoso

Luego viene la etapa de estudios. En el ámbito académico, la opulencia se refleja en la idea de que cuantos más estudios tengas, mejor. Dobles grados, varios másteres, cursos diversos... Una colección de títulos que no caben ni colgados en una pared.

También está la opulencia personal que se refleja en no parar de hacer cosas todo el día. Ser súper productivo. Cuantas más cosas consigas hacer en un día, más contento estás de ti mismo.

Y la opulencia digital, en las redes sociales… cuanto más y más… mejor. Conseguir más likes, más seguidores, más amigos, colgar más historias… en definitiva pasarte horas y horas.

O la opulencia gastronómica. Hay algunos restaurantes que te sirven unos platos repletos de comida que es imposible terminarlos. Es una puesta en escena que resulta hasta ordinaria. Una muestra de puro despilfarro y derroche.

También está la opulencia televisiva, donde hay familias que tienen contratadas 2 o 3 plataformas y no sé muy bien cómo pueden ver tantas películas. Yo para elegir una una plataforma tardo a veces media hora, y acabo mareada de ver tantos títulos.

Así, el listado de opulencias varias por doquier es interminable.

Este síndrome de la opulencia, expresión de la cultura capitalista, se manifiesta por todos los ámbitos de nuestra vida cotidiana. Está instaurado como una forma de vida y una manera de entender el mundo. Es una visión superlativa de cualquier aspecto.

La opulencia se ha convertido en el objetivo vital. Esta filosofía de la abundancia cultiva una vida de excesos continuos en diversos ámbitos. Donde acabas siendo un coleccionista de títulos académicos, de trabajos, de tareas, de hobbies, de viajes, de amigos…

Estamos en una espiral absurda y obsesiva que se retroalimenta. Siempre se quiere más. Una perspectiva exagerada que muchas veces roza lo rocambolesco y lo cómico.

Pero claro, la opulencia es un término en sí positivo y aspiracional. Significa riqueza, abundancia y sobra de bienes. Está asociado a estatus, prestigio, poder y triunfo. Desde su propia esencia tiene un lado de exageración y exceso, que remite a algo desmesurado y ostentoso.  

En lenguaje de a pie, es esa idea de ir de sobrado y mostrarlo a lo grande.

El antónimo de opulencia sería la austeridad. Que significa sencillez, moderación, sin excesos.

Aunque el concepto de austeridad está denostado. No tiene el aura aspiracional de la opulencia. Cuando emergen problemas económicos en los países, empieza la impuesta etapa de la austeridad como un mal sobrevenido. Un castigo. Una época oscura de sufrimiento y sacrificio.

Las etapas de austeridad emergen para contrarrestar una etapa irracional de megaopulencia. Actuando como corrector del trayecto y reinstaurador del equilibrio.

Entonces ¿No es un gran error de enfoque tener la opulencia como objetivo vital? ¿No debería ser la austeridad el gran objetivo? Pero una austeridad no entendida como un sacrificio continuo sino como una perspectiva comedida, moderada y equilibrada de vivir, de consumir, de relacionarte.

Este otoño que se plantea como una época de recortes y obligada austeridad es una gran oportunidad para reflexionar y plantearse una filosofía de vida más comedida y acorde con los recursos propios de cada individuo y con los recursos naturales existentes.

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Ana Santos Sainz es socióloga.

 

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