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El colchón de la mayoría del PP se estrecha, el BNG sigue en ascenso y Sumar se queda a las puertas

De izquierda a derecha, los candidatos Alfonso Rueda (PP), Ana Pontón (BNG), José Ramón Gómez Besteiro (PSdeG), Marta Lois (Sumar) e Isabel Faraldo (Podemos).

Rafael Ruiz

El análisis independiente de Logoslab de los datos internos del estudio preelectoral sobre las elecciones gallegas del Centro de Investigaciones Sociológicas deja tres titulares: 1) el PP, con 39-40 escaños, aguanta la mayoría con escaso margen, con toda la campaña aún por delante; 2) Sumar se queda a 1 punto de entrar en A Coruña y Pontevedra, y sin estos dos escaños el vuelco es muy difícil; 3) el BNG viene fuerte, continúa su escalada de la mano de Ana Pontón y se podría ir hasta los 23-24 asientos, doblando a un PSdG que se queda con 12.

Vamos por partes.

Empecemos por lo que sabíamos hasta la publicación del CIS preelectoral. Todas (o casi todas) las encuestas difundidas sobre las elecciones gallegas hasta la fecha daban la victoria al PP con una horquilla que iba desde los 38 a los 42 escaños. Más allá del titular sobre el triunfo de Alfonso Rueda, lo que todas estaban reflejando en distinto grado es que la distancia entre el éxito y el fracaso en estas reñidas elecciones podía ser más corta de lo habitual, cuando ya de por sí las elecciones gallegas habían estado marcadas históricamente por el equilibrio entre bloques en número de votos –que no siempre de escaños–. El CIS lo corrobora.

El PP (46,6%) retrocedería hoy en el conjunto de Galicia 1,4 puntos respecto a 2020, lo que se traduciría en la pérdida de 2 o 3 plazas en A Coruña, Lugo y quizás Pontevedra. Dicho de otro modo, el colchón de seguridad de Rueda se ha reducido a 2 escaños, si bien es cierto que las opciones de la izquierda para lograrlos son escasas y pasan en buena medida por la formación de Yolanda Díaz (3,4%).

La otra bala que puede jugar la izquierda es la de concentrar el voto en un BNG que va lanzado (29,5%, 5 puntos más que en el 2020 y 21 más que en 2016). Las elecciones serán difíciles para el PSdG (16%, 3,4 puntos menos que en 2020) y para Vox (2,0% cuando hace 4 años logró 3,3%).

En Ourense, Democracia Ourensana se queda lejos del último escaño en juego, que está situado en el 6,1%. Podemos ver la estimación y el reparto de escaños por provincias en el cuadro siguiente.

Sin Sumar no hay aritmética posible

De nada sirve para la izquierda estrechar los márgenes con la derecha si por el camino se deja un 3,9%-4,0% de los votos, que es lo que podrían obtener hoy Sumar y Podemos. Los últimos comicios de 2020 se produjeron en un contexto pandémico de baja participación que benefició al PP, con más afluencia del público mayor, como ha quedado probado estadísticamente por los estudios postelectorales. El resultado final fue un engañoso 42 vs 33 escaños, cuando la distancia en votos fue de 50% vs 47,1%. En A Coruña y Pontevedra la coalición formada por Podemos-EU-Anova se quedó con 4,4% y 4,6%, respectivamente, a las puertas de obtener 2 asientos que hubieran restado al PP. Es lo que está sucediendo ahora con Sumar, que detrae a la izquierda cerca de 50.000 votos CER que no se traducen en escaños. Con el agravante de que en esta ocasión esos 2 diputados autonómicos podrían suponer el cambio de gobierno. Se da la circunstancia de que la derecha podría quedar por debajo de la izquierda en número de votos (48,6% vs 49,4%) y sin embargo alcanzar la mayoría. Podemos verlo en el gráfico siguiente. 

Rueda no es Feijóo, pero tampoco necesita serlo

Desde las elecciones de 2020 han pasado muchas cosas. La primera de ellas la mudanza de Alberto Núñez Feijóo a Madrid y la llegada de un nuevo líder a la presidencia de la Xunta que es, según el CIS, el mejor valorado por sus propios votantes (7,9) seguido de Ana Pontón (BNG, 7,6). Ambos, a mucha distancia de José Ramón Gómez Besteiro (PSOE, 6,4), Álvaro Díaz-Mella (Vox, 6,2), Marta Lois (Sumar, 5,6 entre los que optaron por Galicia en Común) e Isabel Faraldo (Podemos, 4,7 también entre los que votaron Galicia en Común). Si bien en el caso de Faraldo se ve perjudicada por un nivel de conocimiento inferior al del resto.  

Rueda no alcanza los valores que obtenía Feijóo en su etapa de presidente autonómico, con notas que superaban el 8,5, pero ha sabido consolidar la imagen de líder fiable en los últimos meses en el feudo gallego mientras que en cambio la de Feijóo se ha debilitado. El resbalón popular en las generales, quedándose a las puertas de La Moncloa, derribó el mito de sus mayorías absolutas y de la noche a la mañana pasó de imbatible a ser sospechoso, cuando no culpable, de no haber alcanzado la meta. En este país sin grises ni matices todo puede pasar del blanco al negro en un abrir y cerrar de ojos. Además, en Galicia la derecha en su conjunto (PP+Vox) retrocedió casi 2 puntos respecto a las autonómicas celebradas 3 años antes, del 50% al 48,3%. En ambas elecciones el candidato era Feijóo, cuya valoración se ha desplomado en el conjunto de España del 5,1 de abril de 2022 al 4,3 del mes pasado, y entre sus votantes, del 7,3 al 6,7, la nota más baja de toda la serie histórica.

Al contrario, el actual presidente gallego mantiene un índice de popularidad alto, como acabamos de ver, con un nivel de crítica externa e interna relativamente bajo. Hasta un 44% de votantes populares dicen que votarán por el candidato más que por el partido, cosa que no sucede en ninguna otra formación (¿una nueva campaña escondiendo las siglas?). Sólo un 7% de votantes del PP califica la gestión de los últimos años como mala o muy mala. Y esta cifra se reduce al 3% cuando el evaluado es Alfonso Rueda al frente de la Xunta en el tiempo que lleva como presidente. Por último, sólo un 19% de gallegos ve la situación económica o política de su comunidad peor de la que había hace 4 años. Y lo que es más significativo, hasta un 33% de votantes del PSOE cuestiona la oposición que ha hecho su propio partido en este tiempo.

El BNG se come al PSOE y el PP se enreda con la “nacionalización” de la campaña

Pese a los números que acabamos de ver, la precampaña ha estado más marcada por lo nacional que por lo gallego y no está nada claro a quién va a beneficiar esta circunstancia si sigue por los mismos derroteros.

En el carril estrictamente gallego, con los números en la mano, las cosas parecen bajo control para el PP. Mayoría ajustada pero suficiente. Para un 70% de gallegos serán más importantes los temas propios de Galicia que los generales de España a la hora de decidir por quién votar. En el carril nacional y el plebiscito a Feijóo entran en juego otros factores.Todo lo que ha rodeado a la investidura de Pedro Sánchez y la formación del actual gobierno de coalición ha amplificado la impresión de país ingobernable, roto en dos lados irreconciliables y esto, en una sociedad poco amiga de los cambios como la gallega, está pasando factura al PSdG, cuyos electores se muestran desorientados y son los que más dudas tienen. A esto se unen los problemas endémicos que vive allí la formación. Si no estuviera el BNG muchos de esos votantes acabarían en la abstención, pero la efervescencia de Pontón cambia las circunstancias.

El resultado es un PSdG que apenas aguanta a 6 de cada 10 votantes. La mayoría restante salta al BNG –un 24%– y al PP –un 6%–. Sirva de dato un botón del momento de fragilidad que viven las siglas en Galicia: hay más votantes del PP que optarían hoy por el BNG (3,7%) que por el PSdG (2,2%).

Sabedores de las dificultades de los socialistas, el PP decidió adelantar las elecciones bajo la premisa de sacar rédito del contexto nacional y la amnistía, con un planteamiento que pasa por “nacionalizar” la campaña, como por cierto ya se hiciera en Madrid con éxito y en Castilla y León con resultados funestos para Alfonso Fernández Mañueco, que conservó la presidencia de milagro y a costa de ceder mucho poder ante Vox, que salió en su rescate. 

En términos de movilización/desmovilización por bloques el resultado hasta el momento respecto a 2020 es un saldo positivo para la izquierda en 29.000 votos. El PP tiene un punto y medio de margen. Pero no mucho más. Podemos ver todos los movimientos entre partidos en el gráfico siguiente.

La movilización, los nervios y el fin del voto rogado

De las últimas generales el PP se lleva el aprendizaje de no vender la piel del oso antes de haberlo cazado. Si en julio el mensaje de campaña era que la victoria estaba hecha y esto desactivó la tensión electoral de una porción pequeña pero decisiva de su electorado, ahora se lanza el mensaje contrario, que la victoria está en peligro, fijando en la retina de los gallegos la idea de que estamos ante una contienda abierta. Hay corrección y hay también nerviosismo. Feijóo se juega mucho. De un extremo al contrario. Sólo así se explica la petición a Vox de que no se presente para no poner en riesgo la mayoría, lo que da carta de naturaleza al sí se puede de una izquierda que tiene ante sí el reto de esquivar la melancolía histórica de quien ha visto pasar mayoría tras mayoría de la derecha, contando como en el lejano 2005 fueron capaz de voltear efímeramente la Xunta. El propio CIS nos dice que el 80% de gallegos opina que el PP ganará las elecciones.

Ana Pontón: “Se palpan las ganas de cambio en Galicia, un puñado de votos decidirá el futuro”

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De lo que no hay certezas es de los posibles resultados entre los residentes ausentes tras el fin del voto rogado. Es un tema del que se ha hablado muy poco y puede ser decisivo. Existe un margen importante de desviación, no recogido por las encuestas, por la posible incidencia del voto de residentes ausentes. En las elecciones de Galicia podrán votar 2,6 millones de personas, de los cuales 1 de cada 6 votantes gallegos reside en el extranjero (476.000 personas). En 2020 aproximadamente 5.700 gallegos votaron, la cifra más baja de todas las elecciones. Y en 2016 fueron algo menos de 11.000, a años luz de los 101.708 votos registrados en las lejanas elecciones de 2009 (sobre un censo de 335.000). Si bien es cierto que en las pasadas generales, ya con la supresión del voto rogado en vigor, el CERA no modificó el reparto de escaños en ninguna provincia gallega, sí lo hizo por ejemplo en Madrid, dando un escaño muy importante al PP. Es un factor difícil de controlar que añade una dosis extra de incertidumbre. El 13 de febrero es el último día para entregar el voto CERA, una fecha marcada en rojo por todos los partidos. 

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Rafael Ruiz es consultor y analista de datos en asuntos públicos en Logoslab.

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