Cambio climático

20 grados en febrero: ¿hay que redefinir lo que consideramos 'buen tiempo'?

Una mujer toma el sol en un prado de narcisos en el día más caluroso de la historia de Reino Unido en febrero.

El anticiclón persistente que estas últimas dos semanas está subiendo las temperaturas máximas registradas en toda España es, por qué no decirlo, agradable: a quién no le parece bien de primeras disfrutar de 20 grados en pleno febrero, y de las ventajas que trae asociadas: terrazas, manga corta, playa, paseos… sin embargo, el fantasma del cambio climático aparece detrás de cada fenómeno atmosférico inusual en duración e intensidad. Las consecuencias del calentamiento global afectarán, como ya se sabe, a todos los órdenes de nuestra vida, y no precisamente de manera positiva: y aunque el calor en invierno se considere buen tiempo, puede ser síntoma de lo que está por venir… o lo que ya ha llegado.

Los anticiclones, situaciones de bloqueo provocado por altas presiones que alejan las precipitaciones y atraen la estabilidad, no son exclusivos del cambio climático: los ha habido cada invierno, los hay y los habrá. Lo que sí apunta a la mano invisible del calentamiento global son las extraordinarias temperaturas máximas de las que disfrutamos estas semanas no solo en España, sino en todo el continentedisfrutamos: países como Reino Unido o Bélgica, con inviernos habitualmente fríos y húmedos, están batiendo récords en sus termómetros.

El portavoz de la Agencia Estatal de Meteorología (AEMET), Rubén del Campo, recuerda que siempre "es difícil atribuir al cambio climático" un evento concreto. Solo se pueden hacer estudios a posteriori en los que se establece una probabilidad: un porcentaje de que una ola de calor, una sequía o una tormenta suceda en un escenario de cambio climático. Sin embargo, en cuanto a fenómenos anticiclónicos, hay que diferenciar entre su duración y las variaciones térmicas. Que un anticiclón dure más de una semana es relativamente normal, apunta: no tanto que en España, el sábado, se registraran temperaturas de hasta 10 grados por encima de la media en el noroeste peninsular.

 

Anomalía de las temperaturas registradas el pasado 23 de febrero.

"Desde el miércoles comenzó una situación intensa, debido a la llegada de masas de aire cálido, que han hecho que se registren récords en ciudades como Zaragoza, Ourense o Soria. A lo largo de la semana veremos romperse récords en otras zonas", pronostica. El fenómeno está acompañado de una gran variabilidad térmica, debido a que en esta época del año los días duran más, pero las noches siguen siendo largas, lo que baja el termómetro. Destaca la zona del valle del Ebro, donde las amplitudes están llegando casi a los 25 grados, algo poco habitual.

Tanta diferencia cuadra con un escenario de cambio climático donde la normalidad se sale de los registros. No se trata solo de que, en general, haga más calor: sino que los fenómenos atmosféricos son largos, intensos y con características inéditas. Todo ello, pese a que –insiste Del Campo– "los anticiclones forman parte de nuestro clima de manera natural y persistente", desemboca en, a falta de los últimos días, un febrero de 2019 catalogado como el cuarto más cálido desde el año 1965.

La estabilidad durante más de una semana en todo un continente tiene, además, otra consecuencia negativa: el empeoramiento de la calidad del aire. La ausencia de viento y precipitaciones dispara la acumulación de partículas y compuestos contaminantes en la atmósfera. En gran parte de Francia y Reino Unido, como se puede ver en el mapa, ha dejado de ser una circunstancia adscrita a los grandes núcleos urbanos y se generaliza. En España, Madrid activó el martes su protocolo ante episodios de contaminación.

 

Un problema a nivel comunicativo

Que el calentamiento global pueda provocar febreros excepcionalmente cálidos plantea un problema a nivel comunicativo para la acción climática. Uno más, dado que el activismo siempre choca con circunstancias inherentes al fenómeno que no facilitan la movilización: la invisibilidad, la concienciación de problemas que afectarán en el largo plazo, o la amnesia ambiental, que hace que asumamos como normales variaciones climatológicas inéditas. A todas esas barreras se añade que es difícil convencer a gran escala de que los 20 grados de confort térmico son una mala noticia y un terrible presagio en un mes típicamente desapacible como febrero.

Todos los activistas climáticos que estos días están advirtiendo en redes de la relación entre el cambio climático y las altas temperaturas que se viven en Europa durante estas semanas apuntan a lo mismo: hay que redefinir el concepto de buen tiempo. Llamar buen tiempo a 20 grados en febrero implica dejar de ver las amenazas aun cuando están delante.buen tiempo El ambientólogo y divulgador de la acción climática, Andreu Escrivá, tiene, sin embargo, sus discrepancias. Cree una batalla perdida, y gravemente contraindicado, intentar que la gente no disfrute de los inviernos cálidos. "¿Que si mola tomarse una birra en una terraza en febrero? Claro que mola. Una cosa es que sea un indicador de lo que está por venir y otra es que el hecho en sí, aislado, mole mucho", explica. 

"Hay que tener cuidado. Tenemos derecho a disfrutar de estos días. Ya que los tenemos... es también una estrategia de adaptación", profundiza. Escrivá es abiertamente crítico con las instituciones, las Administraciones y los medios que utilizan estas anormalidades climáticas para vender su producto: por ejemplo, las campañas turísticas de las zonas costeras que presumen de que en invierno se puede disfrutar de los 20 grados. Para la divulgación climática, cree que hay que encontrar un equilibrio: ni funcionar como un charlatán que anuncia el Apocalipsis –"¡arrepentíos!"– ni banalizar el fenómeno. La clave, asegura, está en, sin criminalizar el disfrute, aprovechar estos días para hacer entender que el cambio climático es un pack indivisible: tendremos febreros cálidos, pero también olas de calor, huracanes, subida del nivel del mar, crisis en los sectores primarios, falta de agua... "Asume que estás disfrutando por condiciones anormales", resume. 

Sin embargo, y como ante los problemas complejos no existen las soluciones sencillas, Escrivá cree que esta receta comunicativa también tiene una contraindicación: que se instale en el subconsciente la idea de que el cambio climático es algo positivo, por el gustazo de la terraza en invierno. Por ello, considera, hay que insistir: los beneficios son anecdóticos comparados con los inmensos perjuicios, sobre todo en un país mediterráneo como España, proclive a copiar, en unas décadas, el clima semidesértico del norte de África. La única salida es seguir insistiendo, explicando y convenciendo: desde los Gobiernos de todos los colores y niveles, desde las redes, desde la calle, desde el Parlamento, desde los medios... incluso, por qué no, también desde el humor. 

 

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